Cubierta de "Achtung! Cthulhu Investigator´s guide to the Secret War", publicado por Modiphius Entertainment © Javier Fernández Carrera (Pintureiro). Reservados todos los derechos.

Hay un enclave español en el que el flamenco se escribe con mayúsculas. Cuando llega el mes de agosto el aire se torna denso, especial, inenarrable. Las plazas y las calles se dirigen todas al mismo objetivo. El sueño desaparece y es reemplazado por un duermevela constante en el que irrumpen de improviso los sonidos del pasado. Es La Unión. Y es el tiempo del Cante de las Minas.

En las tardes largas del invierno a veces se iba la luz. Sin aviso alguno, la electricidad desaparecía y entonces había que recurrir a las velas, delgadas y amarillentas, que estaban guardadas en un cajón de la cocina. Alrededor de las velas, rodeados de ese extraño resplandor, oíamos historias antiguas, relatos familiares, leyendas, cuentos de miedo, argumentos de cine. El cine era el mayor depósito de historias, de personajes y de recursos. En el cine estaba nuestra distracción más segura, el antídoto contra el aburrimiento, contra el miedo.

La aceptación del concepto de “ciencias ocultas” como cajón de sastre para diferentes disciplinas sin conexión aparente ha supuesto una tergiversación de la historia del conocimiento, dice el historiador holandés Wouter J. Hanegraaff.

En el cuarto capítulo de la cuarta temporada de la teleserie "Lost", emitido en febrero de 2008, Sawyer (Josh Holloway) aparece leyendo “La invención de Morel” © Bad Robot Productions, ABC Studios. Reservados todos los derechos.

Hartwig HKD, "The Magic Door", CC

La dimensión actoral de Robert Downey, Jr. y Robert Duvall, más allá de la diferente textura de sus interpretaciones, proporciona la faceta más interesante de este melodrama judicial de corte clásico. La oferta es difícil de resistir: al carisma de Downey se suma la colosal madurez de Duvall, una de las últimas referencias en activo del Hollywood más genuino.

Los escritores Osip Mandelstam, Korney Chukovsky y Benedikt Livshits, junto al artista Yuri Annenkov, en 1914. Mandelstam y Livshits perdieron la vida durante la purga estalinista.

Imagen superior © Afreecom / Idrissa Soumaré. Cortesía de European Commission DG ECHO, EU Humanitarian Aid and Civil Protection.

Dancing Colours © Fabian Oefner
Los humanos somos animales primordialmente visuales. Por eso a veces no nos damos cuenta de lo importante que resultan los estímulos que recibimos de nuestros otros sentidos, y de cómo enriquecen nuestra experiencia sensorial. A menos que los perdamos, claro.

Jaron Lanier, uno de los pensadores más influyentes de la actualidad, es autor de la obra fundamental sobre internet, Contra el rebaño digital (Editorial Debate, 2010), y padre de la realidad virtual.

Copyright © Andrey Nazarov
Aturdidos frente al horror cósmico, cuya tiniebla se filtra en cada pesadilla, estos artistas han decidido acceder a un conocimiento prohibido. Gracias a ellos, las conjeturas de H.P. Lovecraft se convierten en un repertorio de alucinantes imágenes, tan desconcertantes y aterradoras como esos monstruos obscenos que nacieron cuando la tierra aún era joven.

Deténganse a observar sus obras. Les presento un nuevo huésped de esta galería. Nació en Polonia, en 1972, y en su trayectoria artística se acoge a la espesura de dos corrientes, el surrealismo y el simbolismo, que nutren un catálogo fascinante y turbador.

Para los espectadores que no vivimos en aquel país, es normal dejarnos llevar por los prejuicios y la mala memoria, y asociar el cine argentino a El hijo de la novia y sucedáneos, pero Relatos salvajes se carga de una patada esa imagen simplificada.

James Wan es sinónimo de rentabilidad. Hace muchas películas por no demasiado dinero y al público le encantan. A lo mejor usted es como yo, y piensa que sus filmes, con un poco de pulido, serían mejores, pero no es un director malo y su éxito no molesta.

«Gooble Gobble, one of us, we accept her». Si reconocen las palabras anteriores como la letra que se canturrea en Freaks (1932), dirigida por Tod Browning, en una de las escenas más difíciles de describir de la historia del cine –en ella se mezcla la comedia, el drama, el patetismo y lo trágico; de ahí que resulte icónica para los amantes del cine de terror–, el Freak Show de Ryan Murphy se les quedará corto y encontrarán cierto parecidos que sobrepasan el homenaje. Al menos, según lo que hemos podido ver en el primer capítulo.

El chico tiene los ojos muy grandes. Parece que ha llorado. Parece que llorar forma parte de su biografía. Ojos grandes y asustados. O quizá tiene miedo. O es un sádico que sabe disimular muy bien su realidad. O está acostumbrado a mentir. Quizá es un asesino. Si. Eso tiene que ser. Un asesino. Hay pruebas o indicios o comoquiera que se llame en el lenguaje legal. Ha matado a su padre. Debe haberlo matado porque, en caso contrario, ¿quién puede haberlo hecho?

Esta historia que voy a contarles comienza en la Junta de Voto, un municipio cántabro del Valle de Aras, animado por el curso de dos ríos, el Clarín y el Clarión. Se trata de un bello pueblo ganadero, asentado en un paisaje donde los innumerables matices del verde –sobre todo para quien venga de tierra de secano– son el argumento más seductor.

No hace mucho tiempo que en España se volvió a discutir sobre las claves de nuestra guerra incivil, y en particular, sobre la conveniencia de silenciar o de subrayar algunas de ellas. La escenificación de aquella tragedia nos dejó un suelo con puntas de vidrio, y a partir de ahí, nunca han faltado los cronistas empeñados en recurrir a eufemismos cada vez que evocan los totalitarismos fascista y comunista, polos de aquella guerra en la que salió a relucir nuestro perfil más venenoso y cainita.

Águila bicéfala en Persépolis (Autor: Adam Jones, CC)