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Hubo un tiempo en el que los espectadores nos aventurábamos en los cines en busca de horrores primordiales. Me refiero a historias que nos dejaban perdidos en laberintos infernales, oyendo las pisadas de alguna aberración que no debería existir, pero que parecía verosímil en la pantalla.

Hace dos siglos se publicó la novela de Mary Shelley Frankenstein o El moderno Prometeo. Con esto de los mixturados gabinetes de ministros, la palabra ha cobrado una inesperada actualidad, seguramente efímera como suelen ser las actualidades.

Primera o segunda cadena. Poco importa si en color o en blanco y negro: el caso es que aquella televisión de nuestra infancia y juventud resume un viaje audiovisual fascinante, que nos llevó de la dictadura a la libertad, y desde una programación digna de un despotismo ilustrado ‒la de los primeros años de la democracia‒ hasta una oferta bastante más frívola, despojada por completo de pedagogía.

A pesar de sus continuos cambios de reparto y volantazos argumentales, la serie Andrómeda demostró ser uno de los programas televisivos de ciencia-ficción más resistentes de comienzos del siglo.

Hay autores que encarnan un modo de hacer cómic, que simbolizan toda una forma de narrar historias. Su maestría se convierte en ejemplo e influencia para generaciones de artistas posteriores, que imitan su estilo o incorporan algunos de sus hallazgos a sus respectivas técnicas. Joe Kubert (1926-2012) fue uno de ellos.

Un curioso destino musical marca la región polaca de Lublin: el de ser una tierra de eminentes violinistas. Nuestro compositor, Karol Lipinski (1790- 1861) es una ilustre prueba de lo dicho.

Es sabido que la ópera sirvió de modelo a buena parte de la música del siglo XIX. Tanto que la influencia acabó siendo mutua y la orquesta sinfónica llenó el foso de los teatros a partir de Wagner.

Nacida del ingenio del caricaturista político Jeff MacNelly (1947-2000), Shoe fue una tira de humor inmensamente popular en Estados Unidos que comenzó a publicarse diariamente en los periódicos de ese país en septiembre de 1977.

Un buen homenaje a un autor, en este caso compositor, es programar una de sus obras en condiciones óptimas; un homenaje mejor aún es programar la obra de un colega contemporáneo de aquél, compuesta casi al mismo tiempo, basada exactamente en el mismo tema, y con resultados evidentemente mejores.

Muchos de los romances planetarios del siglo XVII pueden ser considerados utopías, un subgénero que requiere un análisis detallado e independiente. Las ficciones sobre sociedades ideales toman su nombre de la obra de Tomas Moro (1477–1535), Utopía, escrita en latín en 1516. El título es un juego de palabras derivado del griego: outopos significa en ninguna parte ; eutopos, un buen lugar ; y utopos, tierra con forma de U .

Mike Mignola es hoy famoso gracias a una creación propia, Hellboy, una serie de aventuras, terror sobrenatural y misterio en la que no sólo alcanzó la cima de su pericia artística y encontró la senda temática y conceptual que mejor casaba con sus intereses, sino que logró que el peculiar personaje traspasara los límites del medio gráfico, saltando a los videojuegos o el cine.

Tras diez años sin estrenar en el Teatro alla Scala de Milán (la juvenil Chiara e Serafina de 1822), a año y pico de distancia de haber triunfado en la ciudad lombarda con Anna Bolena, es cuando con Ugo, conte di Parigi Donizetti no obtiene, pese a tener aparentemente todas las bazas en la mano, la esperada acogida.

El Soldado Desconocido fue creado por el gran Joe Kubert en 1966, en el número 151 de una de las colecciones bélicas de DC, Our Army At War. Esta veterana colección estuvo en su última etapa monopolizada por el Sargento Rock de Kubert, por lo que el nuevo personaje hubo de buscar su lugar en otro título: Star Spangled War Stories, cabecera que llevaba publicándose casi quince años, pero que a comienzos de los años setenta acogió de forma regular al Soldado Desconocido.

Johannes Kepler fue concebido a las 4.37 horas del 16 de mayo de 1571, y nació prematuramente, el 27 de diciembre a las 14.30, tras un embarazo que duró 224 días, 9 horas y 53 minutos.

Gérard Lauzier nació en Marsella en 1932. Después de licenciarse en filosofía, estudió arquitectura durante cuatro años en la Escuela de Bellas Artes de París. En 1954 comenzó su carrera como ilustrador y humorista gráfico en cabeceras como Paris–Presse, Match o Candide.

Estamos habituados a considerar a Giovanni Paisiello, contemporáneo exacto de Mozart, aunque mucho más longevo, un ingenio del siglo XVIII: comedido, elegante, irónico, mundano, íntimo, amable y laico.

Glosar la importancia de Will Eisner dentro del mundo del cómic es algo que supera con creces un espacio dedicado a la ciencia-ficción como este. Su The Spirit de la posguerra –nada que ver con el bodrio cinematográfico que sufrimos en 2008– es una auténtica enciclopedia de las posibilidades narrativas del medio además de un magnífico estudio sobre la condición humana.

La visión de Kepler fue, durante un tiempo, única. La influencia de la narrativa caballeresca y de viajes a tierras exóticas y lejanas propia de siglos anteriores aún se reflejaba en las obras de viajes interplanetarios. Aunque tanto Dante en su Paraíso (1313-1321) como Ludovico Ariosto en su Orlando Furioso (1532) presentaban personajes que viajaban a la Luna, el segundo es a menudo mencionado como un precursor de la ciencia-ficción, mientras que el primero no.

Sin llegar a establecer cuestiones más propias de la teoría literaria, subrayaré en estas líneas una de las claves más sutiles de la obra de Jardiel Poncela: el poso autobiográfico.

Las líneas básicas de lo que voy a contar son habituales. Aparecen cada dos por tres en revistas como Variety y The Hollywood Reporter. Un hombre de negocios reflota una franquicia, y para dirigir el remake contrata a un veterano de la publicidad y del videoclip, a quien recomienda que mejore la comercialidad del asunto.