Tomo prestado este título que Agatha Christie usó en una de sus mejores novelas para encabezar el artículo sobre Niágara, una película extraña, extrema, exageradamente llena de emociones. Y, aunque la chica es alguien que te abruma, quiero comenzar deteniéndome en él.

¿Sabes esas veces en las que todo se aleja? Las palabras se esconden en la lámpara de Aladino y el genio ha huido. Los sonidos de las palabras se oscurecen, no hay tictac de relojes que anuncien nada, tampoco el tiempo significa alborozo. Se suceden las horas como si fueran una fila de hormigas andando encima de un trozo de papel blanco y liso.

El protagonista de esta película sería el orgullo de un profesor de empresariales, la pesadilla de uno de ética y el material lectivo de uno de psiquiatría.

Escrito en el año 2003 pero publicado en 2005 en lengua española, Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver, zarandeó un poco los cimientos sobre los que construimos nuestros modelos de relación a través de una novela epistolar que, entre muchas otras cosas, ponía sobre la mesa algunos de esos tabúes sobre la maternidad que se comentan, siempre, en voz baja. ¿Podemos no querer lo suficiente a nuestros hijos? ¿Podemos no quererles, simplemente? La maternidad vivida como agresión destructiva por la madre y, en consecuencia, tornándose en violencia destructiva para el hijo, era uno de los ejes centrales de la novela y probablemente lo que la hacía tan tremendamente dura y, a la vez, única.

Autorretrato, circa 1856
La vida de Charles Lutwidge Dodgson (Daresbury, Cheshire, 27 de enero de 1832 – Guildford, Surrey, 14 de enero de 1898), más conocido como Lewis Carroll, ha dado lugar a innumerables estudios. Tal vez uno de los trabajos más sólidos sea la biografía escrita por Morton N. Cohen (Lewis Carroll, traducción de Juan Antonio Molina Foix, Anagrama, Barcelona, 1998, 691 páginas).

Imagen superior: (OvO), CC

«Por mucho que la poesía dominara su propósito, el arte siempre fue un elemento importante en la vida de mi madre», escribe Frieda Hughes. Y esto es lo que queda patente en este volumen, donde se reúnen los dibujos que Sylvia Plath realizó a lo largo de 1956, junto a cuatro cartas que atestiguan la responsable y apasionada dedicación con que aquella joven, entonces recién casada, se dedicó a su práctica.

¿Quién de entre nosotros no ha soñado con alguna versión perfecta de nuestro sistema político, con algún nivel trascendente en el que no existan ni la corrupción ni la mediocridad? Frente al desgaste de la política tradicional, una parte de la ciudadanía opta por la ira, por el desdén o por el extremismo rupturista. En este espléndido ensayo, David Runciman nos recuerda que la política es una realidad fundamental en nuestras vidas, e insiste en que no solo se reduce a las instituciones de gobierno. Es algo más profundo: un instrumento de cambio y mejora en esta época que nos obliga a hacer cálculos con un porvenir tecnológico que va acelerándose sin tregua.

Paolo Uccello, "San Jorge y el dragón", National Gallery, Londres, 1456 c.

La magia y el glamour del cine hacen que aquello que vemos en las películas poco tenga que ver con la realidad. Quizá por eso nos gusta. Pongamos por ejemplo a los hackers: Keanu Reeves, Robert Redford, Carrie–Anne Moss o Hugh Jackman han encarnado a piratas informáticos atractivos, con clase y valientes. Son éstas cualidades que no definen especialmente a los hackers del mundo real, que suelen ser sociópatas cobardes, cuyo aspecto se podría definir como una abominable caricatura del ser humano. Y es que, por lo común, el hacker de tipo medio recuerda más a una larva de mosca que a un vertebrado, dicho sea desde el cariño.

Tenía razón T.S. Eliot cuando decía que la cultura puede ser descrita como aquello que hace que la vida merezca la pena de ser vivida. No obstante, hay un lugar donde la sentencia de Eliot se hace especialmente palpable. Me refiero ‒ya lo habrán imaginado‒ a las bibliotecas. Espacios consagrados a la sabiduría y la curiosidad, en los que hallamos la esencia de nuestra especie, en todas sus gradaciones.

Con motivo del estreno de ALMA SALVAJE el 30 de enero, sorteamos entre nuestros lectores 2 packs de novelas de Cheryl Strayed (cada pack incluye las novelas Alma salvaje y Pequeñas cosas bellas)

Chaykin ha trazado su propio camino. Devoró narrativa policiaca y fue amante del jazz antes de vender su primer cómic. Admiró a ilustradores como Robert Fawcett y Al Parker. Y sobre todo, siempre ha dejado que su estilo como dibujante se sitúe en el lado oscuro de la vida.

Los colores planos y la línea clara: este es el secreto de Malika Favre, una formidable artista francesa ubicada en Londres, capaz de convertir cualquier imagen en un trazo esencial.

Imagen superior: Fidel Castro con un grupo de escolares en 1959 ("New York Daily News", CC)

Cuando un músico de rock lleva cierto tiempo en el negocio y alcanza cierta edad tiene que hacerse un Lou Reed. O, dicho de otro modo, tiene que asumir que ya no tiene edad para el lado salvaje, dejarse de subterráneos aterciopelados, de vicios y de satélites de amor.

"Era como si el fantasma de Cortés ‒le escribía Norman Mailer a Fidel Castro en 1961‒ hubiera aparecido en nuestro siglo montando el caballo blanco de Zapata. Fue usted el primer y el mayor héroe que se conoció en todo el mundo después de la Segunda Guerra Mundial".

"Reptiles" (1943), de M. C. Escher
Durante diez años guardé un ejemplar de un libro, esperando conocer a alguien que pudiera apreciarlo debidamente. Se trataba de Gödel, Escher, Bach, una eterna trenza dorada, de Douglas F. Hofstadter (en la traducción original del Conacyt, hoy sustituida por la versión española de Tusquets).

El exitoso musical de Broadway llega finalmente a cine bajo el auspicio de Disney, una compañía dispuesta a apropiarse para su catálogo de todos los cuentos infantiles populares de la tradición universal.

Un libro ameno e inteligente sobre la geografía de Verne, el gran viajero literario. La omnipresencia de sus personajes en la Tierra ‒en su superficie, en las profundidades marinas e incluso en su núcleo‒ nos obliga a reconocer ese estatus del escritor, y en cierto modo, también nos obliga a reconocernos en su imaginario, descrito en el ensayo de Eduardo Martínez de Pisón como si fuera una formidable cartografía histórica.