Imagen superior: Lee Morley, "Bullying", CC

Pere Borrell del Caso, "Dos niñas", colección particular, 1880

Resulta curioso que Tomorrowland se estrene casi al mismo tiempo que la última –y muy celebrada– entrega de Mad Max, una saga que creó su propio modelo de entorno futurista desolador (eso que llaman “distopía”).

Imagen superior: Studio Roosegaarde, "Lotus 7.0-side-Daan Roosegaarde-WEB", CC

No es difícil lograr que el público se aterrorice ante la visión de un loco que tortura y mata a algún desgraciado. O causar pesadillas mostrando a una dulce niña poseída por un demonio que la transforma en un monstruo. Lo que sí es difícil es conseguir que mucha, MUCHA gente adquiera una fobia nueva y absurda a la “niebla” de la televisión sintonizada en un canal sin señal.

No es porque las películas históricas me pongan, ni porque necesite de héroes legendarios, ni siquiera porque encuentre en la lucha algún divertimento. No. Es por esa tristeza oculta, ese aire abandonado, esa marginación sin culpa alguna, ese fuego en los ojos, en las manos. Así descubrí al Cid en la pantalla, como un hombre perdido y acosado, un hombre que podía tenerlo todo y todo lo perdía sin recobrarlo.

Abrí el libro despacio, con cierta prevención. La poesía tiene un click y, si no suena, la cosa tiene poco arreglo. Volatilidad del verso, como el perfume de la flor del magnolio que se apaga cada noche y cada amanecer reverdece. Abrí el libro, sí. La cubierta es de color albero, el color de Sevilla, y el interior, con páginas de rugosa textura amarillenta, parece confortable. Como si pudieras descansar en él quién sabe qué cansancio o qué desdicha.

Hace años, Jordi Mollà y Javier Bardem se jactaban de haber rechazado ofertas de George Lucas y Steven Spielberg para intervenir en Star Wars y Minority Report, respectivamente.

Imagen superior: Brad Flickinger, CC

Imagen superior: Barcex, "Fiestas de la Paloma, Madrid", CC

Es imposible amar a medias.
Quien ama lo sabe.
El amor exige dedicación, sacrificio desinteresado, una ilusión constante y una energía infinita. Exige afán de superación, ganas de descubrir, de compartir, de sublimarse a uno mismo por encima de nuestra mejor versión.

Imagen superior: Lee Marvin en "Código del hampa" ("The Killers", 1964)

La opera prima de Javier Muñoz nos vuelve a traer una figura recurrente y siempre atractiva en el género negro: el asesino a sueldo.

Con esa astucia narrativa que se filtra a través de la arena y los gases de combustión, George Miller retorna al páramo donde ideó la mítica saga que viene a completarse con esta sensacional película: un rally feroz, anclado en las fantasías apocalípticas de los ochenta.

Otra modélica edición de Francisco Fuster nos ayuda a redescubrir a Camba. En esta oportunidad, estamos invitados a leer la fascinante colección de artículos que el periodista dedicó a su tierra natal.

Existe una etiqueta para presentar a narradores como Robert Bontine Cunninghame Graham (1852-1936). Se la debemos a un editor y periodista ilustre, Frank Harris, quien definió a Cunninghame Graham como un amateur genial. Sinceramente, hoy no se me ocurre una categoría más precisa para describir su prosa.

Imagen superior: Tito Lessi, "Galileo Galilei già cieco parla con Vincenzo Viviani nella villa di Arcetri", 1892

Hay una lentitud cansada en la película, un ritmo sostenido pero lleno de silencios forzosos. Es como si la respiración se detuviera en aquellos pasajes que más encogen el alma, como si no pudiéramos con la vida a veces.

En las próximas líneas, voy a intentar interesarles por Neal Stephenson (31 de octubre de 1959, Fort Meade, Maryland).