En su tiempo, el físico y novelista C.P. Snow solía quejarse del muro existente entre las letras y las ciencias. Para el historiador Felipe Fernández-Armesto (Londres, 1950), ese muro existe para saltar sobre él, o en el mejor de los casos, para desbaratarlo con inteligencia e incontenible curiosidad. Quizá por ello se ha ganado ese elogio que lo presenta como un hombre del Renacimiento, con un irrefrenable interés por todos los ámbitos del conocimiento.

Las Matemáticas son consideradas tradicionalmente una materia árida, con un perfil marcadamente académico y hacia la que los estudiantes suelen manifestar una actitud de recelo por su complejidad. La división entre conocimientos es únicamente una forma de organizar los sistemas educativos pero, en la vida real, no solamente no existe sino que entorpece la aprehensión de los contenidos.

Que lo cotidiano es desconocido, que ignoramos nuestra inmediatez, es un tema que ha preocupado a más de un filósofo. Los vitalistas tienen una explicación contundente: en el momento actual, que es el que ocupamos para seguir vivos, estamos, justamente, pegados a nuestra vida. No podemos distanciarnos de ella, somos uno con ella y si no, nada somos. Sólo el pasado o el futuro se nos dan como objetos a descifrar. La memoria y el deseo, que suelen ir juntos, la una hacia atrás y el otro hacia delante.

En los albores del moderno cine de superhéroes, la escasez de oferta nos permitía desplegar un entusiasmo que ahora, gracias a la consolidación de este subgénero, podemos moderar en mayor grado. En este sentido, aunque X-Men: Apocalipsis sea una cinta entretenida y grata de ver, se ve condicionada por la proliferación de títulos de la misma naturaleza que se han ido acumulando en nuestra cartelera y en nuestra memoria inmediata.

El sueño de la inmortalidad se viene a pique con las revelaciones del calendario, y por supuesto, con la enfermedad. Esto, que viene a ser obvio para cualquiera, no evita una ambición bien definida por la ciencia: hacernos más longevos. Tanto como lo permita nuestro ADN.

El mundo de Shakespeare nos parece tan brillante y tan nuevo como debió de parecérselo a los lectores que nos precedieron, y que también cayeron bajo el hechizo del Bardo de Avon. Con los clásicos ocurre justamente eso: nos interpelan sin necesidad de justificar retrospectivamente su fecha de aparición.

Soy de los que piensan que Donald Trump no llegará a presidir los Estados Unidos. Lo digo desde  el respeto a la verosimilitud y Trump me parece, a la vez, como un mal personaje de novela, real e inverosímil. No me refiero a sus discursos, llenos de contradicciones sin resolver, sino a su retórica, es decir a su dispositivo de convicción. Trump no convence por lo que dice sino por lo que deja de decir. Un solo ejemplo: ¿cómo entender su enemistad a la globalización compatible con un superpacto global con Vladimir Putin?

No acababa de creerse Isabel, la reina virgen, el triunfo conseguido sobre su odiado Felipe. Y no acababa de creérselo porque no había hecho nada para merecerlo.

Con frecuencia, se considera que ésta es la cualidad anhelada por excelencia. Una cualidad cuya importancia queda señalada en el cine y la literatura, y que nos ha brindado toda suerte de fantasmagorías a lo largo de la historia. En esta caso, la ciencia tiene la última palabra, y aunque la invisibilidad sea una propuesta atrevida, este magnífico libro de Philip Ball nos invita a reflexionar sobre ella mirando de reojo al laboratorio.

En una entrevista concedida el mes de junio de 2008 al Diario ABC de Sevilla la bailaora Eva Yerbabuena ponía el dedo en la llaga en esa famosa duplicidad que impregna la discusión flamenca desde hace años.

Con motivo del estreno de TRIPLE 9, el esperado thriller de John Hillcoat, sorteamos entre nuestros lectores 4 cazadoras bomber de Schott.

Ha ganado las elecciones municipales de Londres el candidato laborista Sadiq Khan frente al conservador Zac Goldsmith. La cosa no saldría de lo normal si no se hubieran puesto en juego las respectivas religiones de los postulantes, musulmán el laborista y judío, el conservador. Muy poco parecieron igualmente importar los orígenes sociales de ambos, muy acordes con su coloración política: un hijo de la emigración paquistaní, obviamente más que modesta, y un millonario por su casa y sus negocios.

Si hay un científico fácilmente reconocible por el común mortal español ése es Santiago Ramón y Cajal. Premio Nobel de Medicina en 1906 por sus investigaciones sobre los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas, este aragonés universal aunó en su persona la excelencia investigadora, la pasión por la fotografía y el gusto por la escritura.

Este es Joseph Banks (1743-1820), uno de los científicos británicos más prestigiosos de todos los tiempos. Botánico y explorador, acompañó a James Cook en su primer viaje de investigación por América y Australia. Identificó hasta setenta y cinco nuevas especies para el natural europeo. Introdujo en el viejo continente el eucalipto, las mimosas y las acacias. Fue consejero real en materia botánica. Y presidió la Royal Society, la sociedad científica más antigua y prestigiosa del mundo. Durante más de cuarenta años. Ya es decir.

En 1988, tras el éxito de ¿Está usted de broma, Sr. Feynman?, Ralph Leighton editó este nuevo libro, en el que también se reproducen los recuerdos que el físico Richard P. Feynman le confió en una larga serie de conversaciones grabadas. Como sucedía en su precedente, ¿Qué te importa lo que piensen los demás? es, al mismo tiempo, un libro de divulgación ‒a distancia astronómica de cualquier pedantería‒, un anecdotario rutilante y unas memorias llenas de revelaciones.

Durante la adolescencia fui muy aficionado a las lecturas paranormales, a todo lo que tuviera que ver con la telepatía, la telequinesis, el contacto con el otro mundo, la astroarqueología o búsqueda de huellas de los extraterrestres en la historia, las curaciones mágicas, el satanismo, la brujería o la precognición…

Las palabras clave en la literatura y la personalidad de Jaroslav Hašek son el humor y el desafío. No en vano, su obra cumbre, Los destinos del buen soldado Švejk durante la guerra mundial (1923), es una sátira tan hilarante como provocadora, y hemos de agradecerle que su significado vaya mucho más allá del simple antibelicismo.

El placer de leer ‒o escuchar‒ a Richard P. Feynman se diferencia del que proporcionan otros científicos en la medida en que el humor, la heterodoxia y la inteligencia ocupan, en su caso, un espacio equiparable. A diferencia de otros sabios poco dotados para las relaciones públicas, él supo teñir de simpatía cada una de sus apariciones, convirtiendo esa cualidad en un rasgo de estilo que, por otro lado, jamás le restó profundidad a su discurso.

Un nuevo wéstern llega a las pantallas. En esta ocasión, si manejáramos los estereotipos ‒cosa que no nos gusta hacer por aquí‒, podríamos hablar de un wéstern “femenino” tanto por el protagonismo de una mujer como por una historia más centrada en los sentimientos que en la acción.

En el momento en el que lean estas líneas, el asesinato habrá sido realizado con éxito. La maniobra de la tortuga dispara rápido y pronto, apunta a la sien, mancha lo justo, y no deja orificio de salida.