¿Tiene nombre ese continente? Pues sí, llámalo Twitter. ¿Y quiénes son sus habitantes? Bueno, eso ya depende del punto de vista. Sus partidarios lo disfrutan como un parque temático de la realidad, libertario y caótico. En cambio, los apocalípticos lo consideran una jungla de reductores de cabezas, o como el territorio de pandillas que, en lugar de quemar neumáticos, intercambian arengas, gruñidos y consignas.

La editorial Alba ha rescatado otro de los libros de la escritora Elizabeth Jenkins (1905-2010): La historia del doctor Gully. Curioso el gran número de escritoras que en estos últimos años están saliendo de la oscuridad merced a la traducción de sus libros en España. Stella Gibbons, Penelope Fitzgerald, Elizabeth Gaskell, Eudora Welty, Edna O´Brien...

Hace tanto tiempo que California está esperando el Gran Terremoto (The Big One), que esta supuestamente inevitable catástrofe sísmica ya se ha convertido en un elemento pop.

A todo relato de fondo erótico, sobre todo si tiene calidad, le corresponden ingredientes que van más allá del placer o el deseo. En este sentido, la lectura (o debería decir las lecturas) de El club de las amantes impacientes descubre una voz desinhibida, libre, directa, incluso provocadora, que nos conduce al terreno de la sensualidad, pero también a un espacio agridulce, en el que caben el drama, la lucha personal e incluso ciertas dosis de humor.

El escritor cubano Alejo Carpentier publicó durante 1941 en la revista Carteles de La Habana una serie de estudios sobre la situación europea a comienzos de la segunda guerra mundial. No fueron recogidos en libro y en su país hasta el año pasado y ahora aparecen en edición española de Fórcola, en Madrid, bajo el título de El ocaso de Europa.

Se habla mucho de educación, y poco de profesores. Al menos, esa es la impresión con la que siempre me quedo cuando oigo debates en televisión, leo artículos en prensa, e incluso en los propios institutos.

El Oso Blanco llevaba sobre su lomo a la hija menor del pobre campesino, cuya mano le pidió a cambio de colmarlo de riquezas. «¿Tienes miedo?». «No». «Agárrate entonces con fuerza a mi pelaje y no tendrás nada que temer.» 

Imagen superior: Museo de las Cuevas de Sterkfontein, Gauteng, Sudáfrica (Autor: Flowcomm, CC)

Imagen superior: fotografía del genetista y biólogo molecular Francisco J. Ayala, galardonado con el premio Templeton © John Templeton Foundation.

Imagen superior: Murciélago colicorto menor (Nga Manu Images NZ, CC)

En la ciencia-ficción que veíamos de niños –y que algunos nunca hemos renunciado a disfrutar– las amenazas provenían del espacio exterior, encarnadas en criaturas de apariencia más o menos pintoresca. En 1982, Ridley Scott nos demostró que el futuro no es tan amable como el que mostraban las viñetas de Flash Gordon o Buck Rogers. Al contrario: el porvenir que nos promete Scott es tan oscuro, confuso y moralmente ambiguo como una novela negra.

Aunque el talento estético y narrativo de ese gran director llamado Ridley Scott se adapte a todo tipo de tramas, es evidente que le gusta la ciencia-ficción. Ya demostró ese interés en 1979, filmando a un carismático depredador extraterrestre a través de un carguero espacial. Lo hizo en la formidable Alien: el octavo pasajero, y muchos aún no nos hemos repuesto de la impresión.

En 1987 Arnold Schwarzenegger aumentó su creciente fama con un extraño film en el que se mezclaban diversos géneros: la acción bélica, el suspense, la ciencia–ficción y el terror.

Lo que empezó como una película espectacular, pero sin mayores ambiciones –Depredador, 1987–, terminó creando toda una mitología basada en esa raza de cazadores espaciales.

En la edad de oro de la ciencia-ficción de serie B, abundaron los invertebrados gigantes y las amenazas de otros mundos, para la alegría de los pequeños que iban al cine sin que se enteraran sus padres.

Esta desconocida película bien merece una revisión para reivindicarla. Nos hallamos ante una joya oculta de finales de los 80, que rinde homenaje al terror pulp de los años 30, dirigida por el extraño Tibor Takács, autor también de la estimable cinta de terror infantil y lovecraftiano La puerta (1987).

En 1990, un año antes de que se estrenara la cinta sobre cyborgs más espectacular y exitosa hasta la fecha –Terminator 2–, esta modesta producción de serie B cautivó a más de un aficionado, y de hecho, se ha convertido en una película de culto a lo largo de los años.

Imagen superior: Umberto Eco en su apartamento de Milán (Autor: Aubrey, CC)

Si yo les dijera aquí y ahora que he leído un libro que alterna el estudio de una materia tan minoritaria como la ópera con un amenísimo y adictivo recorrido por la vida de sus protagonistas femeninas, ¿me creerían?