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Estamos en una época de exageraciones y frases hiperbólicas. ¿La razón? Bueno, principalmente la intención de llamar la atención en un mar infinito de titulares, opiniones y productos, pero también la poca experiencia, memoria o bagaje cultural de quienes suelen decir que cada película que se estrena es la peor o la mejor de la Historia del Cine (que para ellos suele comenzar alrededor del año 2008).

En su libro sobre la homosexualidad en el cine del franquismo (Violetas de España, Notorius, Madrid, 2017) Alejandro Melero examina, con sobrada autoridad y amena narrativa, algunos casos de notoria anécdota gay en películas que fueron permitidas por una censura supuestamente rigurosa y homófoba o, más aún, que exaltaron cierto tipo de erótica homofílica a modo de celebración de las cualidades viriles del guerrero.

Mozart estrenó Lucio Silla el 26 de diciembre de 1772 en el Teatro Regio Ducale de Milán, precedente inmediato de Teatro alla Scala, un escenario que durante un tiempo eligió aquella fecha decembrina para inaugurar sus temporadas (hoy, como es notorio, lo hace el 7 del mismo mes, fecha de San Ambrosio).

Resulta que, al final, Steven Soderbergh no se retiró definitivamente del cine, pese a lo que dijo hace unos años. Y nos alegra, la verdad, porque es un director que, pese a no exhibir un estilo personal reconocible, domina a la perfección el lenguaje cinematográfico y no pocas veces sorprende con sus proyectos.

Aunque las secuelas están a la orden del día, resulta sorprendente el estreno de esta película si la consideramos una continuación de Mrs. Brown (1997), aquel film de John Madden donde se abordaba la íntima amistad entre la reina Victoria y su asistente John Brown, encarnado por Billy Connolly.

Por muchos motivos, la franquicia Kingsman me recuerda el humor extremo que caracterizaba a varios de los Bond alternativos que surgieron en los sesenta, en particular Derek Flint (James Coburn), el protagonista de Flint, agente secreto (1966).

Manuel Machado (1874–1947) es un poeta que ha pasado a lo largo de casi cien años por muchos momentos, desde el encumbramiento al olvido. Nacido en Sevilla, estudió en la Institución Libre de Enseñanza, pasó dos años en París (1898– 1900) y publica, para comenzar el siglo, uno de los libros más importante de nuestra poesía modernista con ecos parnasianos: Alma (1902), donde ya es visible algunos de los tonos que luego aparecerían en El mal poema (1909).

Un fantasma recorre las televisiones, como si la televisión misma no fuera una colección de fantasmas: los programas que juegan a reality show y reúnen en un espacio cerrado a un grupo de personas seleccionadas por escrutinio, que deben convivir cierto tiempo y ser suprimidas del conjunto por voto de la audiencia, una por una. Finalmente, el solitario persistente gana el concurso.

En una conferencia madrileña, Claudio Magris recordó la siguiente escena: durante cierta clase, mencionó el nombre de Marilyn Monroe y una alumna le preguntó quién era la mencionada. «Me sentí desconcertado» comentó Magris «porque para mí la Monroe es como Don Quijote, una referencia ineludible».

Kanon llamaban los griegos a un tallo, una varita y también a la regla y la norma, porque las varitas sirven para medir, para regular. Los latinos extendieron las acepciones y llamaron canon a las contribuciones, leyes y tributos. Un tubo de máquina hidráulica era, en Roma, algo canónico,como después fue el tubo del cañón. En la música, el canon es la repetición fugada de una frase melódica.

A Émile Zola (1840–1902) le tocó morir cien años después del nacimiento de Víctor Hugo. Los reúnen no sólo las fechas sino también esa suerte de apostolado laico, muy francés de otros tiempos, que hace del intelectual un servidor de la verdad intemporal, la verdad que intentamos saber sin acabar de saberla. Por ello, la verdad se va haciendo historia. Pero mientras Hugo, hijo de un general de Napoleón, tiende a la conciliación bonapartista y su gran enemigo es el sobrino del Emperador en cuanto se cree un nuevo Emperador, Zola nos propone la disidencia como vocación y como rasgo del intelectual.

En el siglo XIII, el viaje existía realmente. Alejarse cien kilómetros de la ciudad natal significaba entrar en otro mundo, del que se tenían noticias o del que se ignoraba todo puntualmente.

Magris nació en Trieste, una de las más bellas ciudades de Europa, en 1939, y enseña en Gorizia, una de las ciudades más feas del mundo. Lo de Trieste es definitivo: no se nace impunemente en un puerto, que fue el extremo sur del Imperio Austrohúngaro, y que, convertido en fetiche del irredentismo italiano, pasó algún tiempo bajo el control de la antigua Yugoeslavia.

Toda lectura es, al menos como proyecto, infinita. En el caso de Proust, si se permite la licencia, aún más infinita. La producción crítica generada por Proust es incesante y cada año aporta sus títulos. Por ello es interesante volver a los comienzos, gracias, sirva el ejemplo, a la reedición facsímil del número que dedicó al novelista la Nouvelle Revue Française con motivo de su muerte (tomo XX, décimo año, n° 112, enero de 1923).

Nacido en Londres, Robert Bontine Cunninghame Graham (1852– 1936) llevaba la suficiente mezcla de ancestros y lejanías en su ascendencia como para estar condicionado al viaje, esa forma de vida.

En 1648, tras cinco años de negociaciones voluntariamente demoradas, las potencias europeas firmaron en Münster y Osnabrück el tratado que se conoce como Paz de Westfalia.

Heine (también llamado por sus coetáneos Harry, Henry, y con mofa hasta Haarüh), nació el 13 de septiembre de 1797 en Dusseldorf, en el seno de una familia judía, y moriría en París (1856) tras ocho años de postración.

Como el escritor siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Visconti también era un aristócrata persuadido de que su clase ya nada tenía que hacer en la historia, salvo, quizá, jugar a ser una clase. Pero, al revés que Lampedusa, provenía del Norte, de la Italia que había logrado la unificación nacional, con su capital de la ópera, Milán.

El libro de Estela Canto Borges a contraluz (Espasa Calpe, Madrid, 1989) puede leerse como un capítulo ideal de una conjetural historia de la literatura argentina.

La baronesa d'Aulnoy (1650/1651–1705) es conocida por sus cuentos para niños y por el intento de deshacerse de su marido con la ayuda de un amante y otros parientes. Tuvo familiares en España y tal vez viajó por el país, aunque el extremo es discutido por los historiadores.