
El tópico es antiguo. Ya en el siglo XVI, los frailes que acompañaban a los conquistadores quisieron ver en los indios a los seres sin historia, inocentes y felices, que luego Rousseau definiría como «buenos salvajes».
Los jesuitas admiraban el orden teocrático e inmóvil del incanato, tal vez porque anunciaba sus propias experiencias de comunitarismo jerárquico, en las misiones del Paraguay.
Prodigios y revolución, magia y guerrilla, connotaron la admiración de muchos por la América Latina de los años sesenta, tesoro de las ilusiones perdidas en el mundo desarrollado. América es maravillosa, no más ni menos que el resto del mundo. Y registra atrocidades -marginación, pobreza, desnutrición, desequilibrios entre clases sociales y regiones- que comparte con otras zonas del planeta, en grados muy variables.
También son muy variado bles los niveles del desarrollo entre países y sectores. Hacer de América Latina un conjunto homogéneo y prodigioso, un continente de hambrientos y mendigos, a la vez que la esperanza heroica de la liberación humana, es un error histórico de bulto.
Los problemas del subcontinente no pertenecen al mundo de las maravillas ni de las magias. Son problemas concretos, y tan concretos, que exigen soluciones políticas igualmente arraigadas en el tiempo de la historia contemporánea. Y algunas direcciones se han ido fijando en los años ochenta: la normalización política por medio de una aceptación generalizada del sistema democrático, la modernización de las economías, la integración en el mercado mundial, ía formación de bloques regionales como el TLC en el Norte y el Mercosur, en el otro extremo.
Todo cambio supone mejorías y empeoramientos. No hay cambios unilaterales. Toda modificación implica desequilibrios. Pero esa misma capacidad de alteración, tan poco mágica, tan escasamente maravillosa, también es patrimonio de los pueblos latinoamericanos, y no exclusividad de la Europa lógica, técnica, sistemática (y tan esdrújula).
No faltaron tiempos, lamentablemente cercanos, en los cuales el mighty continent también se vio estremecido por ataques de magia y de irracionalismo, grandes profesiones de fe en los cambios violentos y taumatúrgicos que acabaran, para siempre, con todos los problemas de la sociedad.
¿Necesita Europa una imagen pobre y prodigiosa de América Latina? ¿No soporta la similitud y reclama la desigualdad polarizada: para ti la magia, para mí la lógica?
Postulemos que no. En un mundo cada vez más globalizado, se impone participar de las conquistas de las distintas tecnologías y afrontar los problemas globales -destrucción del medio ambiente, negocio clandestino de drogas y de armas- con aparatos de integración igualmente globales. Lo que hace falta no es un espectáculo de pases mágicos, sino todo lo contrario: sensatez, paciencia y diálogo.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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