
El Carnaval mezcla una fiesta libertaria con una liturgia oficial. Esto es obvio en las grandes ciudades, donde ha tomado el aspecto de un desfile militar, de fiesta disciplinada y suntuosa.
Las dictaduras de Primo de Rivera y Franco prohibieron las celebraciones carnavalescas. Para evitar excesos, para proteger la decencia, para impedir venganzas personales ocultas bajo el disfraz, tal los mejores melodramas.
En Canarias, lugar de gran devoción por estas cosas, se disfrazó el Carnaval (nunca mejor dicho: el disfraz es aquí doble) con el nombre de “Fiestas de Invierno”. Así, contra la vigilancia policial y con la escasez de la posguerra se mantuvo una tradición que esperaba años mejores.
El Carnaval canario (sobre todo, el de Tenerife) es caribeño, pues las islas, por fonética y por folclor, pertenecen al mundo tropical: comparsas interminables, vestimentas barrocas, escolas de samba e infatigable salsa.
Es un Carnaval brasileño, al cual el turismo alemán y la prosperidad local han añadido grandes puestas en escena con un Egipto hollywoodense, cruzado por las humaredas y los relámpagos, ligeramente bíblicos, de las viñetas piadosas.
En Cádiz, en cambio, la murga o chirigota tiene algo de americano del sur, algo de cruel y despiadada caricatura napolitana, devuelta por América al puerto privilegiado de España. Coplas de actualidad y desfiles de personajes notorios traducidos a gesticulaciones grotescas convierten la fiesta en el viejo rito de la transgresión: todo lo que merece reverencia durante el año es sometido, por unos pocos días, al tribunal de la burla.
Hay otro modelo de Carnaval español, acaso el más auténtico y ancestral: el antroido gallego (el medieval Antruejo, santo grotesco que merece una efímera devoción anual). En muchas aldeas de Galicia se lo mantiene vivo, repitiéndose la aparición de un personaje enmascarado y lujosamente vestido, el peliqueiro, que goza de cierta libertad para asustar a los vecinos y zurrar a los que se le acercan.
Es un símbolo integral del derecho a transgredir sin ser castigado, propio del Carnaval, y que se cristaliza en el uso de la mascara. Sin rostro, el transgresor no puede ser identificado como todos los días. No se le puede exigir responsabilidad. El derecho le resulta inaplicable.
El antroido recuerda (u origina) las escenas quevedescas que utilizan las heces como vehículo sombrío de la catábasis, del descenso a los infiernos.
La gente se embadurna con excremento de animales o con barro, para luego arrojarse agua, en una suerte de baño lustral que descarga de la mancha maloliente: el pecado. Este par suciedad – purificación puede explicar la costumbre de lanzarse agua durante las carnestolendas.
Madrid es novata de carnavales. Ha llegado tarde para tener una tradición y lejos ya de las épocas litúrgicas y artesanales que hacen al festejo en las aldeas y villorrios.
La recuperación carnavalesca, con la democracia, la ha sorprendido en plena era industrial.
El acto central del Carnaval madrileño ocurre en el Círculo de Bellas Artes, con sus salones agobiados de estuco dorado, escaletas de mármol blanco y dos palcos de orquesta. Cuatro mil disfrazados pululan toda la noche, intentan bailar, se tocan y se estrujan al límite de la máscara.
No es gratuito que el Carnaval haya sido interdicto por las dictaduras y admitido por la democracia. El Carnaval es la fiesta de la diversidad, el antojo y la violación a la costumbre. Las dictaduras no nos permiten hacer el mal. No podemos optar por él, estamos protegidos del error por un modelo obligatorio de conducta sin alternativas.
Tampoco se nos deja explorarnos con intimidad. No hay vida privada, ni en las costumbres ni en la mente del sujeto, en los Estados policiacos. La mascara, que nos oculta la cara, nos pone una cara superlativa, una más – cara, que resulta ser el otro, el desconocido, que llevamos oculto, y que pugna por salir, mostrarse a los demás y a nosotros mismos.
Una dictadura no admite este catarsis: todos han de llevar la identidad óptima y permitida, la cual, al ser única, resulta obligatoria.
Pluralidad es totalidad. En el hombre vestido de mujer, en la mujer vestida de hombre, en el laico vestido de cura, en la criada vestida de reina, en la duquesa vestida de maja, hay la fantasía de ser uno mismo y su contrario, de serlo todo, de alcanzar la plenitud de las determinaciones humanas en un solo sujeto.
Estar en Madrid y, a la vez, en China y en la selva africana, por el conjuro ingenuo del disfraz. Tener esa expresión impávida y constante de las cabezas venecianas, que se muestran con indiferencia, imperturbables, ante todas las acechanzas, miedos y horrores de la vida.
Ante sus espasmos de placer y de plétora, también, ofrecen su mínima sonrisa y su blancura de inocencia.
En los climas tórridos, el Carnaval se asocia con la desnudez, con un retorno hacia lo primitivo. En los fríos, la imposibilidad de descargarse de la historia crea esta ambigüedad entre los vestidos y las máscaras: ¿cuándo estamos disfrazados y cuándo vestidos de nosotros mismos?
Este artículo apareció previamente en el nº 180 de la revista Vuelta. El texto se publica en Cine y Letras con el permiso de su autor.
Copyright © Blas Matamoro. Publicado en Cine y Letras por cortesía del autor. Reservados todos los derechos.
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