
Cuerpos en bandeja. Frutas y erotismo en Cuba, Orlando González Esteva, ilustraciones de Ramón Alejandro, Artes de México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, D.F, 1998, 128 pp.
Fue Linneo quien planteó con todo rigor que los géneros vegetales tendrían que determinarse por sus frutos, decisión que justifica que haya tantas variables frutales como grupos recopilados de géneros.
A partir de esa genealogía, la querella erudita incrementa sin cesar la nomenclatura frutícola y de paso dirime los apellidos científicos de cada nueva especie.
Pero lo substancial de los frutos, placeres de chimenea aparte, es el papel que desempeñan en la reproducción de la planta.
Y así como los hay dehiscentes, liberadores de esa semilla, e indehiscentes, preñados en su total maduración, también es común hallar frutos sensuales, lujuriosos, tentadores, con un valor metafórico que supera la mecánica procreadora y penetra el territorio simbólico–literario.
Porque la poesía, tentada por la infinita gama, encuentra un animado campo de acción en la fruta, sirviéndose, en cuanto arte verbal, de la erótica morfología, colorido y aroma de las suturas, la cubierta, las paredes interiores, el zumo, la pulpa y las semillas.
En fin, puestos a sobresaltar la imaginación, es tentador poner el acento en una botánica transfigurada, voluptuosa y edéniea, proclive a revelar patrones corporales en la geometría de los frutos más opulentos.
Y esta efusión del deseo se aviva con el magnetismo de todo lo germinativo, con la tensión plástica de sus esquemas de equilibrio.
Desde este centro fecundador, González Esteva nos refiere con curiosidad impaciente y contagiosa los lazos eróticos de Cuba y sus habitantes con las frutas.
El poeta cubano se solaza en su escritura con una feliz evocación de sabores y versos, desorden carnal y noticias folclóricas, sin ortodoxias ni fervores excluyentes.
Desde luego, este deambular por la cosecha isleña lo protagoniza el sensualismo, de ahí el interés del escritor por quienes perciben atributos de la anatomía carnal en el fruto y, sublimando la imagen, evocan cualidades frutales en el cuerpo amado.
A esa doble identificación se une otra de orden mítico' penetrada de simbolismos que remiten a un Edén del cual es eco la fruta: «Si el Paraíso terrenal estuvo ubicado en Cuba... el demonio jamás asumió forma de serpiente sino de fruta y, como tal, sigue tentándonos».
La lectura de este libro es una experiencia placentera para el curioso.
Orlando González Esteva consigue «artizar» lo frutal, y el verbo adquiere aquí el sentido con el cual fue conjugado por Lezama Lima.
De otra parte, el diseño de la entrega es de gran belleza, ello es evidente.
Con sus ilustraciones logra el pintor cubano Ramón Alejandro recalcar el escenario propuesto por González Esteva, y acaso también estimular nuevas manifestaciones del Eros frutal que habita su isla.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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