
Explicar el tránsito que conduce a la consolidación de un determinado cliché nacional es una cuestión delicada. A la hora de estudiar esa materia, una fuente esencial es la antropóloga neoyorquina Ruth Benedict (1887-1948), autora de obras clásicas como El hombre y la cultura (Patterns of Culture, 1934) y El crisantemo y la espada (The Sword and the Chrysantemun, 1946). Discípula de Kroeber y Boas y profesora de la Universidad de Columbia, Benedict pensaba que la señal distintiva de la antropología entre las ciencias sociales está en que ella incluye para un estudio más serio a sociedades que no son la nuestra.
La antropóloga Ruth Benedict se graduó en el Vassar College en 1909, y de ahí pasó a estudiar en Columbia University, bajó la guía de Franz Boas, el padre de la antropología americana. La gran obra de Benedict, “El hombre y la cultura”, se editó en 1934. Como lo señala la autora –dice Boas en la introducción a este ensayo–, no toda cultura está definida por un carácter dominante, pero parece probable que cuanto más íntimo sea nuestro conocimiento de los impulsos culturales que actúan en la conducta del individuo, más comprobaremos que ciertos dominios de emoción, ciertos ideales de conducta, inducen a esas que nos parecen actitudes anormales cuando las miramos desde el punto de vista de nuestra civilización.
Defensora en buena medida del relativismo cultural, Benedict colaboró con el Gobierno estadounidense durante la Guerra del Pacífico. Su perspectiva antropológica sobre el Japón de la época –un país al que nunca viajó– quedó plasmada en “El crisantemo y la espada”, un libro citado con tal profusión en todo tipo de manuales y monografías que casi se ha convertido en la guía oficial del comportamiento social japonés.
En ocasiones, parece que su sola mención es garante de verosimilitud de la afirmación de turno. Benedict, quien hizo su trabajo dentro del Departamento de Inteligencia y Propaganda del Ejército en los años de la Segunda Guerra Mundial, ha sido contestada por otros antropólogos y el paso del tiempo ha dejado sin vigencia no pocas de sus propuestas. Sin embargo, no ha perdido un ápice de popularidad y sus conclusiones han fijado desde el mundo científico estadounidense una serie de clichés aparentemente fundamentados, los cuales han pasado a la novela y, por extensión, a otros medios.
Conviene que nos detengamos por un momento a valorar el texto de Benedict, considerado un clásico de la japonología. Comenta Clifford Geertz que la gran originalidad del libro de Benedict (...) y la base de su fuerza, fuerza que hasta sus más severos críticos han palpado, radica en el hecho de que no intenta desvelar el enigma del Japón y los japoneses moderando la sensación generalmente compartida de un mundo extraño poblado por seres extraños, sino, por el contrario, acentuándola .
Geertz, que reconoce el poder persuasivo del libro de Benedict, da en la diana con esa valoración. “El crisantemo y la espada” ofrece un dibujo impresionista de Japón, a tal extremo que más parece en ocasiones un catálogo de estereotipos no muy distante del que manejamos en estas páginas.
El modo en que esa monografía antropológica acentúa determinadas imágenes no le resta valor, sobre todo si se tiene en cuenta el momento de su publicación, pero sí que nos obliga a ser cautelosos a la hora de suscribir esas visiones. Como señala Geertz, el “leit–motiv” del “Nosotros / Los Otros” aparece ejecutado a través de un enorme abanico de materiales anárquicamente reunidos a partir de fuentes no menos anárquicamente elegidas (...) con una especie de orientación monomaníaca que obliga o bien a creerlos de manera general o a mostrarse de igual manera generalmente escéptico.
Y es en este punto donde alcanzamos el último extremo de nuestro razonamiento, porque Benedict no forjó esas figuras pensando sólo en Japón. Antes al contrario, es probable que su punto estuviera más en la propia cultura americana que en la descripción de la cultura contrapuesta.
Volvamos a Geertz, quien apunta que Benedict desmantela el excepcionalismo americano al confrontarlo con lo que –por ser más excepcional aún– lo especulariza. Así pues, si el mundo científico ha propiciado determinadas imágenes, el mundo creativo –mucho más libre de ataduras– es quien las ha convertido en algo habitual, multiplicándolas y enriqueciendo su contenido hasta extremos casi impensables.
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