
En 1988 y 1990, Lévi-Strauss concedió estas largas entrevistas (De prés et de loin. Deux ans aprés Claude Lévi-Strauss, Points, 1991), tal vez para celebrar su entrada en los ochenta de su vida y hacer un balance de su obra y de sus experiencias anecdóticas.
Aquí hay de todo, aunque ordenado a la francesa: datos personales, tareas, opiniones, recapacitación, retratos al paso. Aparte de lo documental, lo más precioso del libro es el cúmulo de reflexiones sintéticas que Lévi- Strauss hace sobre sí mismo, lo cual equivale a un autoexamen panorámico de una obra señera en el pensamiento contemporáneo.
Lévi-Strauss cree que «el cosmos y el lugar del hombre en el universo superan y siempre superarán a nuestra comprensión», lo cual es una declaración de escepticismo metafísico. Por ello, el hombre ha de pensar en términos planetarios, sabiéndose mortal y previendo que la Tierra habrá de acabar alguna vez, destruyéndose toda la obra humana.
En un universo inconmesurable, el pensamiento se cuestiona a si mismo y desaparece como tal. Véase el doble juego acerca de la historia y el progreso: si acotamos el campo, es posible pensar una acumulación evolutiva. De otra manera, el progreso se convierte en un mito providencialista.
Existe porque el Creador es infinito y todopoderoso y ha impregnado a su creación de unos designios claros y unívocos. A menudo, Lévi-Strauss ha sido atacado como enemigo de la historia y una célebre polémica con Sartre (que el viejo Lévi-Strauss dice haber olvidado) lo prueba.
En rigor, Lévi-Strauss ataca a la historia como mito, es decir, como sistema de leyes abstractas, como filosofía de la historia. Pero no la niega en tanto espacio de la contingencia absoluta, un proceso imprevisible que se interpreta solamente aprés-coup.
Para ello, la filosofía colabora en tanto saber de los saberes de una época, epistemología de las ciencias particulares. Lévi-Strauss se advierte, aquí, discípulo de un positivismo que intenta eliminar toda metafísica.
Interesante, en este orden, es ver que nuestro etnólogo no considera científicas, sino nominalmente, a las llamadas ciencias humanas o sociales, ya que en ellas los niveles de observación se excluyen y no se complementan.
Ello se debe a la enorme cantidad de variables y, sobre todo, a la dialéctica sujeto objeto, ya que el sujeto de las ciencias «sociales» está concernido e incorporado al objeto que estudia. También cabe subrayar la crítica que Lévi-Strauss dirige al estructuralismo, tan caro a él, en tanto abuso de una etiqueta para satisfacer una moda en el «bulímico» París cultural.
Nada mejor que una aclaración de fuentes y maestros para poner las cosas en orden. Lévi-Strauss es estructuralista en tanto Roman Jakobson (admirado hasta el deslumbramiento) le revela la lingüística y las inconscientes leyes del lenguaje.
A partir de allí, con apelaciones a Saussure y a la lingüística estructural, se usan modelos lingüísticos en ciencias sociales, por ser los más certeros y elaborados. Lévi-Strauss se siente ligado más a Benveniste, Dumézil y Vernant que a los llamados estructuralistas como Barthes, Foucault y Lacan (al cual no entiende porque no lo ha leído las cinco o seis veces de rigor).
De Kant toma Lévi-Strauss lo inalcanzable de lo real. De Marx, el uso de los modelos para el estudio de la historia y la consciencia como el lugar donde siempre se miente. De la escuela francesa, las invariantes como elementos de la larga duración. De Freud, la coexistencia de la cultura civilizada con nuestro pasado primitivo o salvaje.
En definitiva: Lévi-Strauss nunca ambicionó fundar una filosofía, como hicieron los estructuralistas. Por eso, el estructuralismo es pasado y Lévi-Strauss, insistencia. Es, quizá, lo que lo aleja de Sartre, un hombre de genio que se equivocó al querer convertirse en protagonista y profeta de la historia.
En Sartre, Lévi-Strauss critica cierta herencia del racionalismo revolucionario francés, a partir de la revolución como el mito fundante de la Francia moderna. El error consiste en hacer creer a la gente que los fundamentos de la sociedad son abstractos y que los individuos son átomos que cumplen leyes y programas teóricos.
Por el contrario, Lévi-Strauss considera que la sociedad se funda en relaciones concretas y en pequeñas solidaridades que aparecen en las asociaciones inmediatas y los «cuerpos intermedios».
Tal vez en esto, Lévi-Strauss ha exagerado y lo reconoce: ha buscado, obsesivamente, la supervivencia de lo arcaico en lo contemporáneo, se ha concentrado abusivamente en las pequeñas comunidades tradicionales, impregnadas de ritos y valores repetitivos.
Le preocupó más lo inexistente que lo actual (por ejemplo, el enigma de una América prehispánica de la que nada sabemos porque fue conocida por Europa en un estado decadente). Pero ello le ha permitido relativizar el estudio de las culturas y hacer proliferar los modelos de análisis, desdeñando el eurocentrismo exclusivista, que toma como modelo universal algo circunstancial y limitado a unos pocos siglos de historia.
En cualquier caso, contra el tópico, Lévi-Strauss admite que toda cultura es plural y resulta de invasiones y mezclas, que la vuelven fecunda. Desde luego, no hay que confundir encuentro con arrasamiento.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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