
Los cien años son los que van desde el encuentro del joven Freud con su profesor Charcot, en el parisino hospital de la Salpetriére (1885) hasta la consolidación de una suerte de freudismo a la francesa, en 1985.
En el medio, la figura de Jacques Lacan (París, 13 de abril de 1901 - 9 de septiembre de 1981) es decisiva para este afrancesamiento de psicoanálisis.
Más aún: si se lo quiere evaluar, hay que considerarlo a partir de su muerte, en 1981, en pleno proceso de peloteras sectarias intralacanianas, que el fundador intentó resolver disolviendo su escuela en 1980 y, si se permite la «interpretación», dejándose morir de cáncer cuando ya los problemas cardiacos y circulatorios habían minado buena parte de su lucidez mental.
La batalla a la que alude Roudinesco es, precisamente, la lucha por tener un psicoanálisis a la francesa, ante el hecho sangrante de que Freud, habiendo pasado por París, no hubiese sido incorporado a la panoplia de estrellas culturales y nacionales. Que Freud escapara al galicismo, resultó imperdonable.
Tocaría a Lacan realizar el esfuerzo más visible para reparar el daño. El trabajo de Roudinesco es titánico por sus alcances, de una probidad documental ejemplar y, si se obvian las discusiones entre sectas, ameno como lectura narrativa.
Está montado sobre una sólida formación en cuanto a historia de las ideas y, por ello, en cada caso, se puede contextualizar cada tendencia o grupo psicoanalítico, de modo que la historia de esta disciplina se convierte en una de las posibles historias de las mentalidades en Francia, desde la Tercera República hasta nuestros días.
En el apartado de Lacan, se suma a lo anterior la referencia directa, a través de entrevistas con pacientes, discípulos, amigos, enemigos, devotos y róbleos del biografiado, chismes y trascendidos, escenas presenciadas e impresiones personales.
Dentro de cierto tiempo, la muerte habrá tornado imposible la redacción de este libro. Tal vez, la exhumación de documentos mejore la posibilidad de la pesquisa, pero el tiempo, según sabemos, anula toda probable biografía caliente como la de Roudinesco.
Se me ocurre que el eje montado por Roudinesco para contar y explicar a Lacan es su catolicismo. Criado en un medio católico sofocante (un hermano suyo se hizo cura), su aristocrática erudición le permitió zafarse de aquella rigidez, lográndose instalar, en su primera juventud, en un espacio intermedio entre la literatura y la medicina, mientrasNietzsche lo ayudaba a resolver su identidad religiosa a la manera del admirado Charles Maurras: la tradición francesa fuerte de un catolicismo no cristiano.
La vanguardia y el surrealismo preludian su interés por Freud y le valen para evitar un enfoque tópico y medicalizado del psicoanálisis. Lacan se define como católico, a veces de manera expresa (carta al hermano, 1953, intentos de explicar la catolicidad de su psicoanálisis al papa Pío XII, el mismo que fascinó al joven Althusser) pero, mayormente, por su apelación constante a una ortodoxia.
Su noción (que comparte con el católico comunista Althusser) de un sujeto descentrado y una estructura como causalidad ausente, inclina el sentido en favor del sistema, según preconiza Foucault, otro ckrc, un sistema que, en cada época, obedece a un vocablo dominante, la episteme: una sola voz de mando, sin contradictor ni dialéctica. «Soy donde no pienso, pienso donde no soy» apostillará Lacan, señalando que su ser le viene del pensamiento exterior al sujeto, es decir de la institución.
De nuevo, la lógica de la ortodoxia: hay un lugar donde todo ya ha sido pensado. «El significante es eso o ese (ce) que representa al sujeto ante otro significante». Este emblema lacaniano, tantas veces repetido como orientador de cualquier investigación acerca del lugar y la calidad del sujeto, aparte de ser una tautología (el significante aparece como sujeto y predicado) conserva en la ambigüedad la naturaleza del sujeto: ¿es el Sujeto, el modelo trascendental de todos los sujetos particulares, o el sujeto preciso y concreto que se postula en ese momento, en el decir?
Lo que Lacan denomina «sujeto del inconsciente » ¿es el que aparece en el lenguaje, en el entramado de los signos que remiten a otros signos (el sujeto de la semiología, tal como lo diseñaron Peirce, Morris, etc)? ¿O es un sujeto previo, que envía al significante como representación ante otro significante, que a su vez representa a otro sujeto, y así hasta el infinito?
Quien habla, para el lacanismo, no es alguien concreto, sino una abstracción que se concreta en el decir: ga parle. El lenguaje se habla a sí mismo y el significante funge de principio activo, Pero ¿qué ocurre sí desaparece la especie animal humana, única dotada de significantes? ¿Seguirán flotando los significantes en una suerte de era terciaria del signo, como el Logos o, tal vez, el Espíritu Santo?
Quizá todo se pueda entender aceptando que el inconsciente, el inaccesible inconsciente, está estructurado como un lenguaje, pero ¿quién accede a lo inaccesible? Por otra parte, si el inconsciente es atemporal y produce un efecto de eternidad ¿cómo puede tener una estructura de lenguaje, necesariamente sucesiva y, por ello, temporal?
El lenguaje es la condición del inconsciente porque, precisamente, sólo podemos trabajar con lo efable suyo pero, efectivamente, lo efable es efecto de lo inefable: si el signo pudiera coincidir perfectamente con su objeto, desaparecería.
La solución ortodoxa y eclesial a este desfase entre lo que se dice y lo que es indecible, ha sido autorizar la palabra por medio del teólogo y del sacerdote. Quien es capaz de organizar un aparato donde se instalen estos personajes y se cumplan estas tareas, adquiere el estatuto de Fundador, y éste es el que mejor conviene a Lacan, triunfante en la batalla centenaria contra el otro Fundador, el fugitivo y vienes.
En 1964, Lacan funda su escuela, una comunidad para «preservar lo esencial del psicoanálisis: un objeto absoluto. Este objeto es la realidad del deseo.
Se trata de darle un estatuto científico». Dar estatuto científico a un objeto absoluto, que puede constituirse por sí mismo, prescindiendo de relaciones con otros objetos, es la tarea de la teología. En efecto, el Otro mayúsculo que postula Lacan, ligado a la libertad (absoluta) del deseo y al impulso de muerte, es lo más parecido a Dios que se pueda pedir.
Este Otro mayúsculo habla, a través de su Vicario, de las vanidades humanas: Lacan desplegará un elegante nihilismo, sosteniendo que no existe el diálogo, ni la relación sexual (al menos, entre varón y mujer), ni la mujer, ni la Mujer. Todo plexo significante es monológico y un lenguaje sólo puede imponerse a otro, por razones jerárquicas. Porque si ello habla, yo fundo. Todo revolucionario aspira a tener un maitre (un maestro, un amo): la revolución lacaniana instala esta maestría, este dominio.
De ahí las constantes escisiones (a partir de 1968) que genera su Iglesia, como la otra Iglesia. Algunos rasgos anecdóticos confirman la catolicidad de Lacan: su teatralidad (no hay más que verlo en sus fotografías, desde la adolescencia), su gusto por el atuendo y el disfraz, su amor al entorno suntuoso (colecciones de arte, clientela pudiente).
Mundano y chismoso, como buen ckrc francés, en el chisme advierte la versión moderna del mito y una información que se transmite como en un confesionario. La mayor parte de sus textos no los ha escrito él, sino que son transcripciones de sus seminarios: lo que se dice que dijo Lacan. Todo sacerdote desprecia la política, y así Lacan.
Si bien su vida fue burguesa, aunque teñida de extravagancia, y sus contactos surrealistas pudieron impregnarlo de izquierdismo, Lacan prefirió quedarse con el ejemplo eclesial y papal de André Bretón.
La política lo mantuvo indiferente. Despreció, durante la guerra, a los colaboracionistas, lo mismo que se horrorizó ante el irresponsable culto del heroísmo y el sacrificio, demostrado por los resistentes.
Es probable que simpatizara con los socialistas, pero nunca acudió a votar. En definitiva, las distintas formas políticas de la sociedad son, para él, variaciones caleidoscópicas del mismo tema: la democracia es el grupo sin jefe y el autoritarismo es el jefe sin grupo.
Si la imagen paterna se debilita, surge el fascismo, con su líder caricaturesco que hace triunfar a la pulsión de muerte. La concepción lacaniana de la sociedad es más orgánica que mecánica y, por ello (no olvidemos su juventud maurrasiana) más inclinada a una imagen integrada y jerárquica de lo social, que no a otra, liberal y contractual.
Lacan es holista, si se quiere: la sociedad es una trama de familias y no de individuos, y el individuo no es referencia de sí mismo, no se pertenece, sino que pertenece a la sociedad, a través de una familia sometida a la autoridad paterna, que lo liga a la ley y, por ello, a la libertad. Católico significa universal y las ideas de Lacan practican esa especie de catolicidad que es el eclecticismo.
Todo lo que ha categorizado es rebautizo de hallazgos ajenos, una suerte de traducción al francés (previamente lacanizado) de una plural herencia de investigaciones psicológicas y filosóficas.
Roudinesco así parece demostrarlo, a saber: la mediación cuerpo/alma a través de la traducción (la autoconsciencia de Hegel, síntoma de lo espiritual) viene de Spinoza; el estadio del espejo, elaborado a partir de 1936, de Wallon, Kojéve y Koyré; el deseo insaciable que no desea objetos sino a otro deseo tan insaciable (y, por tanto: infinito) como él, es hegeliano; también es hegeliana la noción de que la relación entre el deseo y el mundo es de transformación (negativa) por medio de vínculos sociales (trabajo); la negatividad hegeliana se eclectiza con el nihilismo de Maurras, una afirmación negativa y terrorista del mundo que transforma el cogito cartesiano (dudo, pienso, existo) en yo deseo; de Melanie Klein proviene la noción de que el yo se obtiene del ello a través de las imágenes proporcionadas por los demás (el yo como espejo o lugar imaginario de autoconocimiento); la diferencia entre el moi (lugar imaginario de todas las resistencias) y el je (posición de realidad del sujeto) se corresponde con la diferencia kantiana entre sujeto trascendental y sujeto empírico; del encuentro conLévi-Strauss surge la incorporación del mito como la objetivación de una función simbólica inconsciente, común a todos los sujetos (algo así como el arquetipo de Jung) y que sirve para organizar las sociedades; a esta figura del sujeto como estructurado por un orden simbólico se añade la irremediable separación entre el sujeto y el origen (Heidegger), noción, si se quiere, común a todas las religiones: el hombre ha perdido la unidad originaria que nunca experimentó, y la ha transformado en nostalgia de lo perfecto, atributo divino: el neurótico objetiva su mito personal y la suma de estas mitologías es la historia de la cultura; de Hegel es la definición lacaniana de la libertad: la consciencia de no ser libre, de estar determinado por el inconsciente (lo que Hegel llamaba astucia de la historia); la forclusión es un término jurídico llevado a la psicología por Pichón, que lo aplica a la denegación (Vemeinung) freudiana, en tanto Lacan lo hace con el rechazo (Verwerfung); por fin, el cudrípodo proviene de Guilbaud. La relación privilegiada de fuentes es la mantenida conHeidegger.
Sabemos que, con gran asombro por parte de éste, Francia recapturó un par de veces la filosofía heideggeriana, convirtiéndola en existencialismo (Levinas, Sartre) y en desconstruccionismo (Derrida, Foucault).
El psicoanalista lacaniano, practicón de la función simbólica y sujeto depositario de un saber supuesto, es ese demiurgo heideggeriano que lleva el saber del ser sin osar explicitarlo, para evitar, justamente, subjetivizarse. Hay que dejar hablar al logos, ceder la iniciativa a las palabras, para advertir cómo se constituye el orden simbólico {cf la poética simbolista: Mallarmé, Valéry).
Un habla que habla en lugar del hombre y a la que debe escucharse para restituirse su mítico sentido extraviado en la historia, también es una iniciativa heideggeriana.
Lacan consideraba a Heidegger como el fundador de su propio decir, y atribuía a las palabras del maestro una «significancia soberana». Pero, así como Freud evitó leer su tesis, Heidegger lo hizo con sus Escritos, prosa barroca (miren quién habla) que más parecía merecer la lectura de un psiquiatra.
Todo esto pertenece a la historia del heideggerismo. En efecto, la forclusión equivale al olvido del ser, en tanto significante primordial exterior a la simbólica del sujeto, que cuando afecta al nombre del padre, origina la psicosis, en especial la paranoica. Si el significante original perdido (y, con él, un sujeto originario también anulado) se buscan por el mundo y se hallan equivocadamente en una serie de objetos, el orden simbólico funciona y aparece ese animal neurótico llamado hombre.
En caso contrario, cuando no se logra construir esa cadena de objetos a partir del padre que nombra al hijo, revela su nombre y establece el tabú del incesto, el sujeto mismo se psicotiza y desaparece en lo que clásicamente se llama la locura.
En la segunda manera de Heidegger, el nombre del padre, forcluido por él en el anonimato del ser, se recupera en Hitler y el objeto original perdido, es el Grund o fundamento de la raza germánica. Pero, bueno, tampoco es cuestión de copiar todos los gestos resolutorios del profesor (el que profiere y profesa): algunos, es preferible dejarlos, borrosos, en la Selva Negra.
Para localizar fuentes hay que elegir maestros y para ello, hace falta dotarse de una función paterna fuerte. Al revés del tópico, hay que concluir que la imitación de los modelos es una tarea creativa. Así, Lacan, por epigónico y rehogado que parezca, ha engendrado a sus padres y rechazado a la mayor parte de sus profesores.
Por ejemplo, sus instructores de psicología (Dumas,Claude, Clerambault) inciden poco en él y, en cambio, le importa mucho Henri Delacroix, que fue también profesor de Sartre, en su libro sobre las afasias, basado en las categorías lingüísticas de Saussure.
También, un texto de Salvador Dalí sobre la paranoia (1930). El encuentro con el freudismo sólo data de 1936.
Sus análisis son relativamente tardíos y toman como escuchas a dos personajes que no hablan francés como lengua materna: Rudolph Loewenstein (que lo considera inanalizable, 1932/8) y Georges Beraier.
De todo ello se deriva que sus primeros escritos hayan sido comentados y elogiados (concretamente, me refiero a su tesis sobre un caso de paranoia) en medios literarios más que entre colegas: Paul Nizan, Dalí, Jean Bernier y Rene Crevel se ocupan de Lacan como de un escritor en agraz. De los aspectos anecdóticos del biografiado, lo mejor del libro de Roudinesco es el relato de su vida amorosa y familiar. Lacan siempre tuvo una esposa y varias amantes, como para seguir con otro clásico paradigma católico.
A su vez, en sus relaciones más personalizadas, siempre halla Roudinesco un elemento intersexual o triangular, que viene a ser lo mismo. Por ejemplo: mantiene vínculos con dos mujeres, Olesia Sienckiewicz (la mujer de Drieu la Rochelle, a la cual se liga en un triángulo) y Marie Thérése Bergerot. A la primera la trata en masculino y a la segunda, en femenino.
O sea: se pasa de un triángulo a otro, en el cual hay dos vértices viriles y uno, mujeril. Luego, al casarse, lo hace con Marie Louise Blondín, hermana de un amigo íntimo que no tendrá hijos y se hará cargo de los hijos de Lacan-Blondin. Este cuñado, tío padre de sus hijos de primer lecho, se llama Sylvain y la segunda mujer de Lacan se llama Sylvie (Bataille por su matrimonio con Georges Bataille, Maklés de soltera).
La hija que tendrá con ella, Judith, por razones legales, llevará el apellido Bataille, diseñando otro triángulo. El punto de sutura es Nietzsche, cuya versión Bataille sigue Lacan muy de cerca. Nietzsche, vértice del triángulo con Lou Salomé y su marido Andreas. Etc. Siempre el triángulo simboliza la perfección perseguida en una relación amorosa y uno de sus vértices indica las alturas.
De estos embrollos (tan lacanianos) surgen embrollados y deslizantes vínculos con los hijos. Los tres del primer matrimonio quedan en manos de su primera mujer y su cuñado, y Lacan apenas les presta atención. Judith Bataille vive con su madre en una casa próxima pero separada de la que ocupa Lacan y, para compensar el ateísmo de su apellido, es enviada a un colegio católico. Se casará con Main Miller, discípulo de su padre que intentará instituirse como único regente legitimado de la disuelta escuela lacaniana. Roudinesco observa, a través de un cuantioso material casuístico, cómo Lacan transfiere a sus pacientes sus relaciones de padre sustituido, excluido o forclos / forclu de sus hijos. En efecto, hay casos en que el cuidado del psicoanalista es extremo, el paciente recibe una transferencia de amor paterno y llega a resultados de evidente eficacia.
En otros, en cambio, Lacan es capaz de despachar una sesión en pocos minutos, con breves ensalmos, mientras se cambia de ropa o recibe al peluquero o a la manicura. Tal tejido de buscas y desencuentros afectivos remite a la fórmula lacaniana del amor, copiada de Marcel Proust (¿de quién, si no, habría de copiarse?): amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere. Llevado a la transferencia psicoanalítica, este amor se vuelve artificio y logra dirigirse a un objeto inconsciente no buscado. Para ilustrarlo, Lacan evoca una escena del banquete platónico, en la que Alcibíades cree amar a Sócrates y descubre que ama a Agatón.
Habría que ver por qué, en este paradigma, Lacan reúne a tres varones. Porque, finalmente, la cadena significante carece de fin. Toda biografía es, en principio, infinita. Para un psicoanalista, dos veces infinita. La infinitud proviene de que la vida de un hombre es la vida de todos los hombres y no puede contarse una sin las otras, ítem más la del biógrafo, que sigue viviendo mientras escribe. Pero hay cortes en la cadena significante, cuando el tratamiento analítico termina, en una suerte de silencio elocuente que se da, a la vez, en el analista y en el analizando.
Y así debió ocurrir a Roudinesco con su libro sobre Lacan, personaje que la fascina y le provoca comparables y compatibles dosis de atracción y rechazo. Exactamente, lo que hace falta para afrontar una biografía. Si no, sale una hagiografía o una soflama. Lacan puede cuestionarse en cuanto a la manipulación de sus fuentes, sus abusos de jerga, su teatralidad, su sentido de la secta y el negocio.
Pero no cabe duda acerca de que existió y existe porque responde a una demanda: los hombres demandamos instituciones, iglesias, fundamentos/fundadores, bálsamos contra la ansiedad de no saber y no poder ignorar, exorcismos contra el origen y el fin. Sacerdocios, en una palabra.
Mucho de sacerdotal hay en Lacan y mucho de eclesial en el lacanismo como, en general, en el psicoanálisis organizado. Pero, tras la lectura de Roudinesco, tengo para mí que Lacan quería ser inmortalizado más como héroe que como sacerdote, porque un héroe, para él, es quien puede ser traicionado impunemente. La impunidad proviene de que, por encima del héroe, no hay ley, ni para él ni para sus traidores. Él es quien impone la ley y, como en su caso, a veces, se confunde con la ley, la oculta o se la lleva a la tumba, junto con los restos de su escuela, de su iglesia. Y así suscita la admiración que los siglos tributan a los transgresores impunes, tan impunes como los infieles a la ley.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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