En el esquema heroico clásico, el héroe es un varón al que ayudan a triunfar algunas mujeres. Ellas se pueden clasificar en dos categorías: magas y niñas.
Maga es la madre del segundo nacimiento, o sea, el nacimiento iniciático o renacimiento, por el cual el héroe es aceptado por sus iguales en un grado más elevado de desarrollo personal.
Niña es la mujer que el héroe toma por esposa cuando ha adquirido la capacidad de padre: a ella inculcará la ley y con ella tendrá hijos que asegurarán infinitamente la cadena de mandos de la propia ley, es decir, que esos hijos también deberán entrenarse para desempeñar el rol paterno.
La mujer es ocasión, paisaje, medio para que el hombre cumpla su papel heroico. Pero dentro de la épica patriarcalista, ella misma no es nunca heroína.
Es Ariadna que facilita el hilo para que Teseo salga del laberinto, pero no la matadora del Minotauro.
Es Medea, que conoce las fórmulas para llegar al Vellocino de Oro, pero no es la conquistadora del Vellocino.
Es Circe, que facilita a Ulises el ungüento de la juventud, pero no es quien recobra el trono de Itaca.
(...) Resumiendo, antes de entrar en la lectura comparada, como notas constantes de estas fábulas se pueden obtener los siguientes incisos (o los que el lector quiera añadir o quitar):
I. Predominio de la madre sobre el padre, o sea del deseo sobre la ley, la anarquía sobre el orden, la castración sobre el falo.
II. Intento de la maga de ocupar el lugar del héroe, pasando a éste al sitio del coadyuvante o el oponente.
La maniobra falla.
III. Cierto travestismo psíquico: la maga es un falo vestido de mujer o una mujer poseída por un psiquismo masculino.
IV. Identificación de la mujer con una moral del lujo y el despilfarro opuesta a la moral masculina y patriarcal del ahorro y la acumulación.
Como secuencia necesaria resultan femeninos el arte, la aristocracia y el placer, por contra del plexo de valores tradicionalmente burgueses y masculinos.
V. La maga es de ambiente burgués y su fantasía es ascender de lugar en la sociedad, queriendo ocupar el puesto de la aristocracia (emparentada con los contravalores femeninos del inciso anterior).
VI. La cultura femenina, vinculada a la imagen bella y parasitaria de la mujer objeto, intenta compensar la angustia de castración, llenando con elementos decorativos (vestimenta, arreglo de la casa, peinado, maquillaje, accesorios, etcétera) el vacío simbólico dejado por la ausencia del pene y la fantasía de la emasculación.
VII. Identificación de la mujer con la provincia y del hombre con la capital.
La mujer es la periferia de un mundo cuyo centro y gobierno está en manos del hombre, que ocupa el lugar capital (correspondiente a la cabeza, que rige y dirige, en contacto directo con la ley). Todas estas historias ocurren en provincias, donde la mujer tiene un sitio que anhela sustituir por otro en la capital. Aun la Luisa de Eça de Queiros, habitante de Lisboa, imagina un mundo centrado en París. Effi Briest viaja a Berlín, pero es allí, justamente, donde no hallará su sitio, pues Berlín es la capital, la ciudad del hombre.
VIII. La mujer que intenta ser héroe deja de estar junto al padre, pues le disputa a éste su lugar. Por ello se malogra su rol de madre.
Nuestras «heroínas» no tienen hijos o, si los tienen, sienten horror por ellos (la Bovary porque su hijo es una niña y no cumple con su fantasía de adquirir el pene a través de un hijo varón; la Karenina tiene un hijo con su marido, pero éste se lo arrebata y también le arrebata la hija que tiene con su amante, porque no puede llevar el apellido de éste; Effi, que no presta demasiada atención a su hija, es separada de ella por el marido cuando descubre el adulterio y sólo vuelve a ver a Anita, fugazmente, una vez en su vida).
IX. El adulterio opone la ley (el matrimonio, cumplimiento del rol y frustración del deseo) a la transgresión (frustración del rol y cumplimiento del deseo, al menos del deseo de transgresión, de la expectativa de felicidad que promete la transgresión misma).
X. La historia acaba mal, porque la mujer no puede alcanzar el lugar del héroe, ya que la cultura patriarcalista le impide ser padre (administrador de la ley). (...)
Emma Bovary y seguidoras, disputan el falo al hombre, planteando relaciones de igual a igual y tomando la iniciativa en el vínculo erótico, es decir, asumiendo un rol activo y agresivo, propio de los varones.
Esto suele ir acompañado de cierto virilismo psíquico, que hace de la adúltera un travestí, como en el caso de la Bovary, casada con un hombre de psiquismo contemplativo y femenino, y que se pasa la novela disfrazándose y haciendo que sus amantes se exciten con sus vestidos, como suele ser el caso del travestismo.
O desarrollan cierta erótica lesbiana, como la Luisa de El primo Basilio, que sigue enamorada de sus compañeras de adolescencia y desea a su cachonda amiga Leopoldina, maestra de adulterios alegres y despreocupados.
Effi Briest, por su afición a los ejercicios físicos, a las excursiones con amigas, al descuido indumentario, es reprendida por su madre por parecer más un grumete o un marinero que una niña casadera de buena familia.
Si algo queda del esquema histérico en estas heroínas, ello no tiene demasiado que ver con problemas ováricos o vaginales.
Lo histeroide de estas personalidades cae, más bien, del lado histriónico, teatral, carnavalesco, de sus caracteres: tienen que disimular su vocación de héroes (o sea de varones), para lo cual deben exagerar la puesta en escena de su femineidad.
Un poco de hipocondria, la seducción a distancia y el rechazo al hombre cuando éste está cerca (estas señoras se toman, a veces, cientos de páginas antes de acceder al primer acto sexual con el chevalier servant), la dificultad para asumir un rol y la facilidad (de nuevo teatral) para dispersarse en varios (desde la cortesana hasta la santa) completan el cuadro histeroide de estas personalidades, que pueden asimilarse a la vedette de la revista en la apoteosis final, cuando coquetea con cada uno de los boys del cortejo, para luego, semidesnuda y sudorosa, huir hacia su camarín.
No olvidemos que camarín es también el lugar donde se guardan, para ser adoradas, las imágenes de las vírgenes católicas.
Estas adúlteras no aceptan, obnubiladas como están por su fantasía heroica, la relación desigual con el hombre.
El primer rasgo de esa desigualdad es que ellas están casadas y sus amantes están solteros, lo cual da al hombre una libertad de movimientos suplementaria a la libertad de costumbres que la sociedad le acuerda en su calidad de varón.
La excepción es el amante de Effi, un militar casado, pero cuya mujer no vemos aparecer en la novela.
Ellas son como magas que no aceptan su rol de tales, queriendo ocupar el del héroe.
Como el esquema está montado al revés se estropea por la tentativa fallida de la mujer, y ella queda fuera de lugar.
La mujer rechazada por la ley como héroe (la mujer que no ha lugar, como dicen los jueces cuando rechazan una demanda) carece de sitio y, por lo mismo, de identidad.
Suicidarse o dejarse morir es la actitud necesaria y consiguiente.
Nada mejor para definir esta situación que esa espléndida palabra mejicana, el ninguneo, tan agudamente explicada por Octavio Paz en El laberinto de la soledad.
Nuestras heroínas terminan siendo, como en el tango, Ninguna.
La muerte borra, con su elocuencia incomparable, los restos de la aniquilación.
Los otros, la sociedad, han decretado que esa señora es Nadie, que carece de espacio en la geometría social. Es una muerte civil cuya muerte física no hace más que enfatizar su deceso simbólico precedente.
De nuevo, como en el tango: No habrá ninguna igual, no habrá ninguna.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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