
Pocos festejos hay en el periodo navideño más sugestivos que el Año Nuevo.
El sabio Mircea Eliade explicaba en El mito del eterno retorno (1951) cómo las sociedades primitivas simbolizan en esta fecha el levantamiento del tabú de la nueva cosecha, que a partir de esa liturgia es proclamada comestible para toda la comunidad. A juicio del sabio rumano, esos rituales de renovación de las reservas alimenticias ordenan los cortes del tiempo que impone la agricultura. Al hilo de todo ello, no está de más preguntarse en qué medida somos conscientes de que nuestras fiestas (con cotillón incluido) tienen esa raíz legendaria.
Entendámonos, la vida se ordena en torno a los ciclos del calendario, uniendo lo agradable a lo útil. ¿O es que alguien considera moderna la costumbre de brindar en Nochevieja?
Rastros de todo ello perduran en nuestra moderna sociedad, que recuerda toda una variedad de ritos mediante supersticiones inofensivas y sin duda agradables. El catálogo de pequeños conjuros es muy amplio: hay quien come lentejas para atraer la ventura económica, algo para lo que también sirve introducir dinero dentro de los zapatos; se dice que la ropa interior roja favorece la suerte en el amor; y deglutir una uva cuando resuena cada una de las doce campanadas de la medianoche, parece reforzar el cumplimiento de los deseos.
Poco importa saber que esta última costumbre fue instituida en 1909, gracias una campaña promocional de los cosecheros, decididos por cierto a comercializar el excedente de su producción de uva.
Y digo que poco importa porque, en el fondo, dicha práctica da nueva forma a una costumbre preexistente, a través de la cual se atrae la prosperidad para el año que comienza.
Con las cautelas que impone la reforma de los estudios antropológicos, vamos a examinar alguno de esos ritos arcaicos bajo la guía de Sir James George Frazer, quien los recopiló en su obra magna, La rama dorada (1922).
Por ejemplo, los celtas de la isla de Man fechaban el Año Nuevo en la víspera de Todos los Santos, y lo celebraban ataviados con disfraces y entonando cánticos.
Algunos pueblos de Silesia quemaban resina de pino para espantar a brujas y otros influjos malignos de los hogares. Las niñas de algunas áreas de la Rusia oriental hacían lo propio, sólo que armadas con palos cuyas puntas tenían nueve hendiduras. Las armas de la muchachada servían para golpear cada rincón, ahuyentando así a Lucifer.
Es ingenioso que luego echaran los palos al río, imaginando que también el demonio se iría con ellos, empujado por la corriente.
En el caso de la tradición china, el primer día de la primavera –el 3 o el 4 de febrero– era considerado el comienzo del nuevo año. Para celebrarlo, por fuera de la puerta oriental de la ciudad se colocaba la efigie de un búfalo, embellecida con aperos agrícolas.
La efigie estaba hecha con papeles de colores, pegados con engrudo sobre un armazón. El autor de la figura, un hombre invidente, seguía en su labor los dictados de un astrólogo. Esta presencia mágica se explica porque los colores del papel debían servir de pronóstico, al fijar cada tono predominante una posibilidad de futuro. Más tarde, cuando un mandarín golpeaba al bóvido en cuestión, el cereal que rellenaba la efigie iba brotando por efecto de la vara. Posteriormente, el búfalo era echado al fuego, al tiempo que la multitud trataba de obtener algún trozo de papel, y es que ese fragmento servía luego como un poderoso talismán.
Son estos detalles que parecen bosquejar un lugar común del Año Nuevo. Al organizar la liturgia –bien sea un festival agrario o un brindis con cava–, celebramos el fin de un ciclo y el comienzo de otro, y sobre todo buscamos un quicio en el cual apoyarnos. Una energía inconsciente y benéfica que arraigue en lo más hondo del nuevo año, y que nos permita burlar los peores arranques del porvenir
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