El pintor violento

Miguel de Santiago

Hay artistas cuyo genio merece el estudio de un psiquiatra. Entre ellos, pocos hay tan interesantes como Miguel de Santiago, maestro del arte quiteño colonial y, al decir de las leyendas, hombre de impulsos criminales.

No está claro si llegó a desenvainar la espada contra su esposa, indignado porque ésta no impidió que un puerco suyo ensuciase un retrato recién pintado.

Y tampoco sabremos nunca si, en un arrebato propio de folletín, ensartó con lanza o estoque a uno de sus modelos. ¿El motivo? Quería pintar a un Cristo en agonía, y eso le animó a captar en el rostro del infeliz modelo los últimos matices del sufrimiento (¿Acaso fue éste el origen de su Cristo atado a la columna, preservado en el Museo Colonial de Quito?).

Leyendas, dirán algunos. Crimenes verosímiles, dirán otros.

En todo caso, sorprende comprobar cuán teñida de ferocidad se presenta la biografía de este personaje. Ciertamente, anécdotas como éstas invitan a identificar el carácter de Santiago con el de tantos tipos alucinados que pueblan la literatura gótica.

No obstante, en esta breve reconstrucción de los hechos trataremos de alejarnos del mito y los detalles sublimes, por fascinadores que nos parezcan, y hemos de ceñirnos al dato real, fríamente consignado por los enciclopedistas, pues en él se advierte la verdadera categoría del personaje.

La biografía de Miguel de Santiago tiene punto de partida en 1630, con su nacimiento en el quiteño barrio de Santa Bárbara. Hijo adoptivo de Hernando de Santiago, el joven pintor contrajo matrimonio con su prima segunda Juana Ruiz, quien le dio cuatro descendientes, alguno de los cuales perteneció al gremio de su progenitor.

No obstante, el episodio más notable de este periodo ocurrió en 1656, cuando a Santiago le encomendaron una serie de catorce lienzos hagiográficos acerca de San Agustín de Hipona, destinados a ocupar el claustro del convento de San Agustín en Quito.

No es difícil atribuir un modelo a la colección, pues el pintor se sirvió de los grabados que en 1624 dedicó al mismo tema el flamenco Schelte de Bolswert, y que el pintor cuzqueño Basilio Pacheco volvió a emplear mucho después, cuando decoró el Convento de los Agustinos en Lima.

A la hora de emprender los analistas su paciente labor, coinciden en advertir que Miguel de Santiago fue un creador prolífico, ya que sus obras no escasean en las parroquias más antiguas de Quito.

Entre ellas, resalta el santuario de Guápulo, cuya sacristía atesora los doce cuadros que el pintor dedicó en 1683 a los Milagros de Nuestra Señora. Variando la escenografía, Santiago ambienta el ciclo en paisajes andinos, idóneos para la oración matinal. En este ambiente de fervor mariano, la Inmaculada con el rey Felipe IV conmemora solemnemente el reconocimiento papal de la patrona. Por añadidura, la Inmaculada de Guápulo pisa la cabeza del dragón de los eternos espantos. Y enseguida, salen al encuentro del curioso obras maestras como la zurbaranesca Inmaculada con la Santísima Trinidad, hoy en el Museo Alberto Mena.

A la vista está: en la producción de Santiago abundan las piezas que responden a una honda preocupación religiosa y doctrinal, un ansia que parece enlazarse por todas sus raíces con el estilo elegido por el pintor, que obtiene una notable calidad en el empleo de las tonalidades más oscuras.

Citaré dos ejemplos que muestran esta verdad: la serie doctrinal de los Mandamientos, recogida en la iglesia de San Francisco, y los Artículos de la Fe, que adornan la Catedral de Bogotá.

Entre los artistas virreinales, Miguel de Santiago es uno de los más significativos, y tras su fallecimiento en Quito, documentado el 5 de enero de 1706, su leyenda ha ido alimentándose en el juego alterno de las mareas artísticas.

Con todo, no negaré que parte de su celebridad se debe a un genio endiablado.

(Publiqué la primera versión de este artículo en el Centro Virtual Cervantes)


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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC