El sueño interrumpido de José Hernández
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- Categoría de nivel principal o raíz: SECCIONES
- Category: Arte
- Creado en 06 Julio 2010
- Published: 06 Julio 2010
- Escrito por Blas Matamoro

Toda obra de arte verdadera está hecha de una parte de luz y otra de sombra; toda aventura real desconoce el camino que ha de recorrer, todo lo que está despierto, tiene raíces en el sueño.
La línea clara sobre el papel blanco, oculta o revela una noche insondable. Las pinturas, dibujos y grabados de José Hernández no se incardinan dentro de una poética de línea clara, como se dice hoy en día respecto de cierta poesía, sino que es línea que se introduce en la oscuridad para hacer evidente, sobre la piel de la realidad cotidiana, la dimensión extraordinaria de una realidad no sujeta por los marcos estrictos de la racionalidad.
Ese aspecto extra es el que está siempre a punto de aparecer en la superficie o bien en el que las apariencias están a punto de sumergirse. Esa sería la línea en la que se sitúan los aguafuertes de José Hernández: una frontera de indefinición en la que las cosas asoman su ser en el instante de su transformación.
Lo que es, no es claro, como puede observarse en «El sueño interrumpido» (1976) o en la serie «Retratos» (1979): mundos sorprendidos en su tránsito hacia otros mundos. ¿Y dónde están esos otros mundos? Aquí mismo, parece decirnos toda la obra de Hernández; es el mundo de todos los días y es el de todos.
En toda obra -en realidad en toda persona- hay como mínimo un doble movimiento: el que viene desde fuera y se interioriza y el que surge desde dentro y aparece ante nosotros y dice, como Gregorio Samsa en el comienzo de La Metamorfosis, «¿Qué me ha pasado?» Sin duda desearía cerrar los ojos y así disipar lo que está ocurriendo, pero no hay forma de hacerlo porque no se trata de un sueño o de una fantasía.
Simplemente, la realidad interna, con sus indefiniciones, magmas, metamorfosis, crisálidas y carcajadas cínicas o fraternales, se ha abierto camino hasta situarse en la piel, sobre este segundo del ahora, y nos pregunta: «Qué ha pasado». No una pesadilla, no un sueño ni una monstruosidad que, por su propia etimología, será única y por lo tanto accidental; no, lo que ha pasado y está pasando es la realidad misma reivindicando su ración de espacio y tiempo. Sigmund Freud habló de realidades reprimidas que afloran a la superficie transformadas, enmascaradas, y en la obra de Hernández asistimos a la dramatización escénica de realidades que buscan su aparición, su momento, por decirlo así, de reconocimiento.
En este sentido, sus pinturas, dibujos y grabados, no son una toma de partido por la irracionalidad, sino un traer a escena los aspectos irracionales y los no sujetos a estrictas ecuaciones cartesianas.
De ahí las escenografías a las que tiende su obra: los espacios arquitectónicos barrocos leídos por una ironía fantástica y romántica.
Antes hemos mencionado a Kafka, a quien una tradición demasiado apesadumbrada relaciona siempre con el calificativo de «kafkiano» como sinónimo de intrincado, tenebroso, obtuso y absurdo, pero rara vez de ironía y humor, dos características propias de su obra. Pues bien, ante muchas de las obras de Hernández siempre oímos la risa del autor, una risa sin la cual el lado de sombra de su imaginación adolecería de excesivo pesimismo o tal vez de moralismo.
Pero el aspecto paródico opera como subversivo, se vuelve contra toda posible inmovilización de los presupuestos escénicos: muestra el otro lado, pero tampoco lo consagra, no afirma que lo espectral, por poner un ejemplo, es la Realidad con mayúscula, sino que esa realidad, seria/humorística, nos hace ver que el mundo tal como lo vemos, quizás no tenga más fundamento que la que nuestra esforzada voluntad le otorga. Y ante eso, la dimensión paródica de la obra de Hernández nos permite convivir con todo lo que desafía a nuestra voluntad: con nuestros fantasmas cotidianos, con sus imágenes, finalmente tan semejantes a nosotros mismos.
En muchos de los grabados y dibujos de Hernández aparece lo informe sometido a la mirada atenta de una cuadrícula, de una regla, de un compás.
Todas esas formas e instrumentos son metáforas de la razón y del equilibrio, de la medida y la proporción, y no es casualidad esta insistencia a lo largo de casi toda su obra: apunta tanto el aspecto irónico que he señalado, como la crítica de lo magmático e informe. Y al revés: las realidades fractales como crítica del exceso de razón y sus sueños de oligarca. Ambas realidades se devoran y ambas conviven en la sospecha de que son caras de un mismo rostro. La regla y el cartabón llaman a orden a la sombra incontenible, y la sombra, derramándose mientras esboza una sonrisa, cubre los utensilios de la razón acallando su sed de medida y equilibrio.
Y todo ello sucede sobre el escenario, casi siempre sobre un espacio abierto que suscita nuestras observaciones, asombros, turbaciones y sonrisas. Toda obra de arte está hecha de una parte de luz y otra de sombra, y entre ambas realidades la sonrisa es un puente que nos permite ir y venir, que nos permite sombrear la luz para que así sea más real y penetrar en lo oscuro con la línea clara arrebatada a las sombras.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
Copyright de la imagen superior: Los estrategas (1978) © José Hernández. Reservados todos los derechos










