Enrique Brinkmann o la contemplación lúcida
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- Categoría de nivel principal o raíz: SECCIONES
- Category: Arte
- Creado en 25 Enero 2000
- Published: 25 Enero 2011
- Escrito por Blas Matamoro
Enrique Brinkmann o la contemplación lúcida
Enrique Brinkmann nació en Málaga en 1938, en la misma casa que había visto nacer a Picasso, así que, dado los resultados posteriores, se puede hablar de signo fatal: aquel que imprime un curso insoslayable.
Ahora reside entre Churriana y Madrid, y en ésta capital vive en la m~sma casa en que Miguel de Cervantes, además de escribir el Persiles, entregó su último suspiro, quiero decir que se murió.
Sin duda ambos hechos pertenecen al mundo de la anécdota, pero a pesar del accidente primero y el azar segundo, podemos encontrar en estos dos nombres de significación radical en las historias de la pintura y de la literatura un signo al que Brinkmann ha querido ser fiel: la conciencia lúcida de los propios presupuestos formales.
Desde su primera exposición a su producción actual se da una actitud continua, la de la búsqueda y exploración de su propio mundo pictórico, sin que esto quiera circunscribirse meramente a lo temático sino, sobre todo, a la forma misma, al espacio pictórico.
Con una admirable coherencia, similar a la de Antonio Saura, Antoni Tápies, Alfonso Fraile y pocos otros, Brinkmann no se ha apartado de las primeras intuiciones.
No es que las haya repetido ni que haya convertido esas vislumbres en manierismo, vicio de algunas fidelidades perezosas, sino que, transformándolas, ha ampliado notablemente, y de manera incesante, un mundo pictórico que sin duda le pertenece.
El crítico Santiago Amón habló de ambigüedad y precisión formal para referirse a esta obra.
Sin duda podríamos hablar en estos mismos términos de la obra de Kafk:a.
La precisión de Brinkmann tiene que ver con su amor a las técnicas pictóricas, a la elaboración de cada cuadro y, finalmente y alimentando todo lo anterior, a la conciencia irreductible de lo visual; la ambigüedad, a su desdén por el aspecto reductor de los argumentos, de las obras que tienden a condicionar su potencial sugeridor al signo.
Lo diré de otra forma.
Si Enrique Brinkmann fuera escritor sería un Samuel Beckett o un José Angel Valente, no un Camilo José Cela o un Jaime Gil de Biedma, sin que esto signifique desdén por nuestra parte hacia éstos escritores.
Es una cuestión de tradición y de voluntad artística.
Ciertamente, en la división sausseriana entre forma y contenido, el pintor malagueño es un explorador de la forma, es decir: de los presupuestos mismos de la significación.
Si bien la trayectoria de Brinkmann, desde cierta figuración primera a obras últimas que tienen que ver con Manuel Hernández Mompó y Cy Towmbly, por solo poner dos _ ejemplos significativos, es notable por su exigencia pictórica y sus logros indudables, creo que es a partir de los años ochenta cuando entra en un momento de gracia.
Obras como «Formas blancas» (1982), «Objetos en la playa» (1982), «Estornudo» (1982) son de gran elaboración y donde Brinkmann ha conseguido hacerse dueño de su propia búsqueda.
No se puede hablar de abstracción referida a estos cuadros, como en realidad tampoco puede hablarse en rigor de abstracción respecto de tantas obras de nuestro siglo a las que se le ha aplicado el marbete.
Hay figura en ellas, hay formas, aunque no hay figuración.
El paso obligado (aunque no todos lo dan ni podrían hacerla) es el que encarna en obras como «Gente» (1989), «Pequeña historia» (1989), «Discurso del hilo» (1991) o «Línea blanca» (1991), que condensan y trascienden una tradición que, siendo moderna, tiene su apoyo en una larga historia pictórica.
Sin tradición no hay modernidad, y Brinkmann es un pintor moderno en el que se evidencia una lectura atenta e inteligente de la pintura italiana de seyscientos y de los barrocos españoles.
El acto de pintar la pintura ha alcanzado en nuestros días momentos de gran complejidad.
Es normal que en un siglo que ha descubierto las partículas subatómicas, el incosciente y la fuerza significativa de la estructura haya hecho de la investigación del significante uno de sus temas centrales.
En pintura, esa aventura se ha llamado no figuración, informalismo, abstracción, etc.
La pintura recupera sus plenos poderes al no tener que ceñirse a la referencialidad y se propone a sí misma como mundo suficiente.
Es difícil aceptar la afirmación de algún crítico de la desconstrucción, cara a Derrida.
Nada más alejado. La exploración crítica de Brinkmann supone al mismo tiempo la exaltación matérica, comporal, sensitiva de dicha exploración.
La crítica es, al mismo tiempo, creación y por lo tanto nunca se pone al servicio de ninguna significación ajena a ella misma.
No es que no pueda encontrársele significados a sus obras –tienen y de gran variedadpero nunca ese significado puede serIo del todo si no se sume en la propia materia formal de sus cuadros.
Los significados de Brinkmann alcanzan el aire de la significación sólo un momento, suficiente como para poder sumergirse nuevamente en su propio universo.
Lo que el pintor malagueño pinta en «Neuronal ampliado gris» (1992) y todas la serie de «Elementos» es la fascinación misma por la capacidad de la forma para sugerir.
Se trata de formas tan cargadas de sí, tan inacabadas en su completud, que sólo un acto puede responder a su difícil sencillez: la contemplación.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.










