Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad

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Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad reúne en el Museo del Prado un conjunto de diecisiete obras tardías de Murillo -procedentes de Londres, París, Houston, Madrid y Sevilla, entre otras ciudades-, fruto de su relación con don Justino de Neve, canónigo de la catedral de Sevilla e importante mecenas y amigo personal del artista.

En torno a esta etapa concreta de la producción de Murillo, la muestra contribuye significativamente a la investigación sobre el pintor, que en los últimos tiempos se ha centrado en su relación con sus mecenas, la evolución de su técnica, el coleccionismo de sus obras, y la definición de su catálogo.

La muestra, que permanecerá abierta desde el 26 junio hasta el 30 septiembre de 2012, se presentará posteriormente en el Hospital de los Venerables de Sevilla, entre octubre y enero de 2013, y finalmente viajará a la Dulwich Picture Gallery de Londres de febrero a mayo del próximo año. La exposición está compuesta por diecisiete pinturas –cinco de ellas restauradas para esta exposición- de diversa naturaleza: pinturas religiosas y cuadros devocionales, retratos y alegorías, y la única miniatura que se conoce de Murillo.

Desde la gran exposición sobre Murillo celebrada en Londres y Madrid en 1982, han tenido lugar varias muestras dedicadas a aspectos específicos de la producción del pintor pero ninguna de ellas se ha dedicado al creativo dinamismo de la relación entre Murillo y Justino de Neve que generó un notable conjunto de pinturas.

El fructífero resultado de esta amistad es el objeto de esta exposición organizada por el Museo del Prado, el Hospital de los Venerables Sacerdotes de Sevilla, sede de la Fundación Focus- Abengoa e institución creada en la década de 1670 bajo la dirección de Justino, y la Dulwich Picture Gallery de Londres, museo que atesora una importante colección de obras del sevillano.

El conjunto de los cuadros que se muestran es un excelente testimonio de algunos de los proyectos artísticos más importantes acometidos en Sevilla en este periodo, que introduce al espectador de lleno en el corazón mismo del Barroco sevillano y de su fusión de arte, religiosidad y cultura. Además de los pertenecientes a la colección particular de Justino de Neve, otros se encargaron para la iglesia sevillana de Santa María la Blanca (cuya reconstrucción fue supervisada por él), la catedral y el Hospital de los Venerables, institución para clérigos que el canónigo había contribuido a fundar. Neve se revela en esta muestra como mecenas de algunas de las obras más destacadas y originales del pintor sevillano como los cuatro grandes lunetos de la Fundación de Santa María la Mayor -tres de ellos restaurados para la ocasión- y la Inmaculada de los Venerables (también conocida como la Inmaculada “Soult”) del Museo del Prado, que se exhibirá con su marco original que actualmente se encuentra depositado en la Iglesia de los Venerables, en la sede la Fundación Focus-Abengoa; las alegorías de La primavera (La florista), también restaurada para la exposición, y El verano (Hombre joven con una cesta de frutas), de la Dulwich Picture Gallery y la National Gallery of Scotland, respectivamente; y unas refinadísimas pinturas de temática religiosa sobre obsidiana procedentes del Museo del Louvre y el Houston Museum of Fine Arts (Rienzi).

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Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) era a mediados del siglo XVII el pintor más famoso de Sevilla; Justino de Neve (1625-1685), un culto y dinámico canónigo de la catedral sevillana. Entre ambos se estableció una relación profesional que pronto se transformó en auténtica amistad. Y de esa amistad nacieron algunas de las obras más bellas y ambiciosas pintadas por Murillo en las décadas de 1660 y 1670, cuando había alcanzado su plenitud como artista. La amistad de Justino de Neve, nacido en Sevilla de familia flamenca, desde por lo menos la década de los sesenta hasta la muerte de Murillo en 1682, fue clave para que el artista obtuviese una de sus comisiones más importantes: la decoración de la iglesia de Santa María la Blanca (1662-1665). Además, encargó al pintor sevillano varias obras para el Hospital de los Venerables, y tuvo en su propia colección algunas de las obras más excepcionales del artista. Como canónigo, Justino de Neve obtuvo para Murillo el encargo de una serie de ocho tondos de santos sevillanos, una Inmaculada Concepción que todavía hoy en día decoran el techo de la Sala Capitular de la catedral y el Bautismo de Cristo que corona el retablo de San Antonio en la capilla del santo. Murillo le nombró ejecutor de su testamento y pintó su retrato en 1665 (National Gallery, Londres) –presente en la exposición- como prueba de su amistad, añadiendo la inscripción “obsequium desiderio pingebat” (pintado con el deseo de regalarlo).

Secciones de la exposición

La exposición agrupa, en cinco ámbitos, los retratos; las obras concebidas para la cúpula y el final de las naves laterales de la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, que se han reunido en su totalidad solo para la sede del Prado; un conjunto de lienzos realizados para el Hospital de los Venerables; el Bautismo de Cristo que corona el retablo de San Antonio en la capilla del santo en la catedral de Sevilla; y algunas de las obras que Justino de Neve poseía en su colección particular: dos alegorías, tres pequeñas obras devocionales realizadas sobre obsidiana mexicana y una miniatura, recientemente identificada como obra del maestro sevillano.

Retratos

Murillo3Al morir, en 1685, Neve poseía al menos dieciocho cuadros de Murillo, entre los que destaca el retrato que da testimonio de la amistad que unió al pintor y el canónigo en agradecimiento por haberle encargado los grandes lienzos para Santa María la Blanca. Inspirado en retratos similares de artistas italianos y Van Dyck, Murillo retrata a Justino de Neve con una elegancia y grandeza pocas veces revelada en un eclesiástico español.

La especial sensibilidad de Murillo como pintor de niños se muestra en esta exposición en San Juanito con un cordero, un cuadro que representa al joven Bautista en el desierto acompañado de un cordero. Propiedad de Justino de Neve, el mismo clérigo la prestó para el altar efímero erigido al aire libre para celebrar la finalización de la reconstrucción de Santa María la Blanca.

El Autorretrato de Murillo es, junto al de Velázquez en Las Meninas, uno de los más sofisticados e influyentes retratos de artistas de la España del siglo XVII. Planteado como un cuadro dentro del cuadro, incluye elementos que aluden al carácter intelectual de la actividad artística.

Santa María la Blanca

La iglesia de Santa María la Blanca, que había sido anteriormente sinagoga y después mezquita, era administrada por el cabildo de la catedral sevillana. En 1662 se inició su reconstrucción, bajo la directa supervisión de Justino de Neve. La advocación de la iglesia era la misma que la de la basílica romana de Santa Maria Maggiore, en latín Sancta Maria ad Nives, es decir, Santa María de las Nieves, por lo que se combinaba en ella la alusión a la pureza inmaculadamente blanca de la Virgen con una fortuita pero feliz referencia al apellido de Justino (Nives-Neve).

A Murillo se le encargó que representara, en dos grandes lunetos situados bajo la cúpula, los orígenes de la basílica romana, y, en otros dos lunetos más pequeños, para las naves laterales, una exaltación de la Inmaculada Concepción y del sacramento de la Eucaristía. La reciente limpieza de los lunetos del Prado y del Triunfo de la Fe de Buscot Park ha revelado la sutileza con que Murillo maneja la luz y la asombrosa fluidez de su pincelada.

La magnificencia con que en 1665 se festejó la reapertura de la iglesia se describe en una publicación de la que fue autor el sacerdote y poeta Fernando de la Torre Farfán (1609-1677), amigo de Neve. En la plaza contigua a la iglesia se erigieron arcos y altares efímeros, decorados con cuadros de Murillo y otros pintores sevillanos, y se celebraron procesiones, actos litúrgicos de gran esplendor, justas poéticas y una exposición de arte al aire libre.

El Hospital y la Hermandad de los Venerables Sacerdotes de Sevilla

En 1676, la precaria situación de muchos sacerdotes pobres y ancianos, que se veían obligados a mendigar para sobrevivir, lleva a Justino de Neve, junto con otros ilustres personajes sevillanos, como el arzobispo Ambrosio Ignacio de Spínola (1632-1684), a impulsar la creación de esta Hermandad y la construcción, entre 1676 y 1695, del Hospital de los Venerables Sacerdotes. Este Hospital, cuyas dependencias –iglesia, refectorio, enfermería, celdas, etc.– se estructuraban en torno a un gran patio central, es una de las numerosas fundaciones de caridad surgidas a raíz de la crisis económica en la ciudad de Sevilla y reflejo de la nueva orientación caritativa de la Iglesia.

Además de proteger y alimentar a los sacerdotes desamparados, el Hospital daba cobijo a los clérigos peregrinos. El edificio albergó cuatro pinturas de Murillo, ninguna de las cuales permaneció en Sevilla tras la retirada de las tropas napoleónicas en 1813: el Retrato de Justino de Neve, legado por él mismo a la institución con el deseo expreso de que los sacerdotes rogaran a Dios por su alma; La Virgen y el Niño repartiendo pan a los sacerdotes, que fue encargada a Murillo para que colgase en el refectorio; y otros dos lienzos ubicados en la iglesia, La Inmaculada Concepción de los Venerables, adquirida por la Hermandad en 1686 a la muerte de Neve y mostrada aquí por primera vez desde 1813 con su marco original (conservado in situ en el Hospital), y el San Pedro penitente, que no se exponía al público desde el siglo XIX.

Murillo y la catedral de Sevilla

La catedral metropolitana era el centro de la vida religiosa de Sevilla y los canónigos de su cabildo, que regía una de las archidiócesis más ricas de España, formaban parte de la elite cultural de la ciudad. Murillo pintó a lo largo de su carrera importantes obras para diversas dependencias de esta institución que aumentaron y cimentaron su prestigio, algunas financiadas por particulares y luego donadas a la catedral y otras encargadas por el propio cabildo: los arzobispos San Isidoro y San Leandro (1655) para la sacristía; el San Antonio con el Niño (1656) para la capilla del Bautismo y, para la capilla de la Concepción Grande, un Nacimiento de la Virgen (1660).

Cuando en 1667 Justino de Neve es elegido mayordomo de fábrica (el encargado del mantenimiento del edificio y sus obras de arte) por el cabildo catedralicio, del que formaba parte desde 1658, acomete varias acciones para mejorar el patrimonio artístico del templo, llegando a estar tan involucrado en su tarea que en ocasiones aportó financiación de su propio bolsillo. Es en este momento cuando Murillo recibe otras dos grandes comisiones para la catedral. Por un lado, la decoración de la bóveda de la Sala Capitular, donde los canónigos celebraban sus reuniones, con temas que debían inspirar la virtud y la devoción: una Inmaculada y ocho tondos con representaciones de los más importantes santos sevillanos (san Isidoro, san Leandro, san Fernando, san Hermenegildo, san Pío, san Laureano, santa Justa y santa Rufina).

El otro encargo fue la ejecución del gran lienzo del Bautismo de Cristo para la capilla de San Antonio o del Bautismo, restaurado en el Museo del Prado con motivo de esta exposición.

La colección de Justino de Neve

El inventario de la colección de Justino de Neve, redactado el 28 de junio de 1685, inmediatamente después de su muerte, contiene unas ciento sesenta pinturas, una cifra considerable para no tratarse de una colección aristocrática. Ésta, junto con su biblioteca, integrada por libros de religión, historia y poesía, revela que era un hombre de amplios intereses culturales.

En el inventario figuran varias obras explícitamente atribuidas a Murillo, concretamente dieciocho, así como un retrato del pintor (que no se le atribuye), lo que pone de manifiesto la fidelidad de Neve hacia él y su constante voluntad de apoyarle. Entre ellas estaban La Inmaculada Concepción (Prado), que pronto fue adquirida para el Hospital de los Venerables Sacerdotes, y el Retrato de Justino de Neve, así como pequeños cuadros devocionales sobre obsidiana, floreros y alegorías de las estaciones.

La colección se dispersó al venderse en almoneda pública, en la que adquirió varias obras Gaspar Murillo, hijo del pintor. Otras fueron a parar a la colección de Nicolás Omazur (h. 1630-1698), comerciante flamenco que llegó a poseer más cuadros de Murillo que el propio Neve.

El canónigo tenía pinturas sobre tabla, sobre piedra y sobre cobre, y una serie de cuatro miniaturas que después, en el inventario de la colección de Omazur, se atribuyen a Murillo y una de las cuales puede ser El sueño de san José que aquí se expone.

Copyright de texto e imágenes © Museo Nacional del Prado. Cortesía del Área de Comunicación del Museo del Prado. Reservados todos los derechos.

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