Cine de barrio
- Detalles
- Category: Cine clásico
- Creado en 18 Agosto 2010
- Published: 18 Agosto 2010
- Escrito por Blas Matamoro
Terminada la cena, papá decía: «Vamos al cine». Las mujeres de la casa retocaban sus peinados y todos enfilábamos hacia la calle.
En mi recuerdo, siempre es una noche de primavera y caminamos bajo árboles recién rebrotados. Por entonces, en cualquier ciudad, a menos de un kilómetro se contaba con un cine de barrio.
Era, normalmente, una antigua sala de baile, angosta y larga. El techo corredizo, si hacía bueno y templado, estaba abierto y podíamos ver las estrellas. Llegábamos a la última de las tres películas del programa, la que coincidía con los estrenos en los cines del centro.
No era difícil encontrarse con vecinos y con parientes que veíamos de vez en cuando. Al salir, se improvisaban caminatas y tertulias, que permitían salirse de los temas cotidianos: la compra, la enfermedad, el colegio de los niños, el clima que siempre está loco de remate.
Si la orden provenía de mamá, era después de la comida. Se formaba una piña de chicos, guiados por una de las madres, bocadillo de jamón envuelto en papel de estraza, y entonces nos encerrábamos en el cine de barrio: tres pelis, informativos, documentales, dibujos animados, anuncios de futuros estrenos. Salíamos al anochecer, con esa suerte de alucinación que producían tantas imágenes, tantas historias, tantos paisajes y gentes igualmente lejanos. Nos parecía irreal el mundo callejero, la vida cotidiana.
¿Qué había sido del mundo mientras convivíamos con Drácula, el Príncipe Valiente y el Indio Jerónimo? ¿Y con la vecinita que declaraba estar de novia con el vecinito y hasta con la señora de enfrente que había sido invitada por el primo del pueblo o alguien así llamado para el caso?
Las pelis de relleno eran antiguas y, de tan accidental manera, aprendimos a ver modas, cosas, lenguajes de ese fabuloso universo que existió antes de nuestro nacimiento.
Porque lo que llamamos realidad es la que vemos a cada momento. Si falta nuestra mirada, la más trivial escena se nos convierte en leyenda.
Hemos ganado comodidad y también información con los videoclubes, los DVD baratos, las reuniones de amigos ante la pantalla doméstica del televisor. Perdimos en sociabilidad. Es lo contable de la vida. Anoto las ganancias pero no olvido.
Una religión que se extingue
El cine es, quizá, el único arte que, estrictamente, ha creado la cultura de la industria. Sería impensable sin ella, aunque los aportes de otras artes precedentes, de la pintura a la historieta, pasando por el teatro, la novela, el ballet y la ópera, fueron decisivos en cuanto al contenido de las imágenes.
Pero nada de ello se habría cristalizado en una pantalla sin la electricidad, el celuloide, las emulsiones, los utillajes de filmación. Un arte del movimiento, mecánico y fantasmal al mismo tiempo, que recuperó algunos espacios con el carácter litúrgico de antiguas religiones.
En efecto, el cine construyó sus propios templos, lujosos y recargados, de una suntuosidad muy por encima de la media cotidiana de sus clientes: lo mismo que una catedral.
Celebró sus ritos en la oscuridad de las cuevas iniciáticas, estableciendo su fauna de dioses luminosos, con gigantescos rastros, en el cuadrado mágico e intangible de la pantalla.
Una multitud de desconocidos, de gente que se aproximaba sin saber nada unos de otros, se apiñó ante el altar de los divos efímeros y comulgó en el silencio de la hipnosis, de la suprema ilusión: una serie de fotografías estáticas generando la impresión del movimiento por un truco de los residuos retinianos.
Es esta liturgia la que se extingue cuando la gran sala es sustituida por la casera sección de vídeo. Aparte de lo que puedan decir los eruditos acerca de la peor calidad de la imagen (y, sobre todo, del mediocre sonido televisivo, especialmente deficiente en materia de música) y de pérdida del encuadre y la profundidad del campo.
Es un entorno que se pierde: la penumbra henchida de gente sin nombre, el imperio de los fantasmas descomunales, la dispersión de los fieles hacia rincones indescifrables de la gran ciudad, el reconocimiento en el rostro amado de la estrella favorita, como se reconocen los feligreses de un culto determinado por medio de un gesto característico.
En casa, la mediación de los conocidos, la campanilla del timbre, los horarios de la comida, el trajín culinario, interfieren en la hipnosis cinematográfica, reduciendo la ceremonia a un trámite cotidiano.
Es difícil asistir a la escena del balcón entre Romeo y Julieta mientras la niña (la de casa) habla con su novio por teléfono, o conmoverse ante la batalla de Alejandro Nevski contra los teutones si la abuela ha decidido sopar sus galletas en el café.
Todo se convierte en sucedáneo posmoderno de un objeto para siempre e infinitamente remoto.
También vamos perdiendo la calle, el tramo intermedio entre la casa y el cine, el pasaje por la luz del día o los focos de alumbrado a la oscuridad de la sala.
Perdemos el contacto con el exterior, con los anónimos compañeros de nuestro tiempo y nuestro lugar, perdemos calles, esquinas, arboledas, espacios abiertos. Perdemos la promiscuidad de la urbe, reducida a un murmullo lejano percibido desde nuestro salón donde ruge el televisor.
Copyright © Blas Matamoro. Estos dos artículos fueron publicados originalmente en la revista Vuelta (Una religión que se extingue) y el diario ABC (Cine de barrio). El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.










