Cine y educación

Cine y educaciónEnseñanzas, oportunidades y decepciones. De eso se ocupa Laurent Cantet en La clase, un drama preciso, muy lúcido, que describe los conflictos de un instituto ferozmente real.

En el fondo, además de un retorno al cinéma vérité, lo que se pone frente al objetivo es un debate del que nadie sale vencedor. ¿Y qué se negocia? Pues elegir lo menos malo en el marco de una sociedad multiétnica y confusa.

 La película se inspira en el libro homónimo de François Bégaudeau, publicado en España por El Aleph, y es el propio escritor quien actúa como protagonista. Soltura no le falta: este hijo de maestros fue futbolista y cantante del grupo punk Zabriskie Point antes de dedicarse a la docencia, el ensayo y el periodismo.

Al igual que sucedía en La ola (2008), de Dennis Gansel, La clase describe el instituto como una caja de resonancia, pero lo hace desde una postura moderada y verista.

Resulta interesante leer, en este contexto, lo que nos dice Cantet a propósito de su toma de posición pedagógica: “Por una vez –señala–, el profesor [Bégaudeau] no escribe para saldar cuentas con adolescentes, presentados como auténticos salvajes o verdaderos tarados”.

Una cosa está clara: La clase es un título atípico, pero se inserta dentro de una tradición que viene de antiguo y no parece flaquear.

Semilla de maldad (1955), de Richard Brooks, más conocida por ser la primera película en la que sonó el rock ‘n roll, fue, según opinión generalmente aceptada, el origen de este subgénero que podríamos definir como sigue: un profesor carismático instruye a un puñado de chicos inadaptados. Mientras dura su empeño, sobrevive a escarnios y decepciones. Al final, casi todos estudiantes se adhieren a la causa del maestro, lo cual nos demuestra que hasta el gamberro menos presentable puede redimirse.

Inspirada en una novela autobiográfica del guionista Evan Hunter –Los pájaros lleva su firma–, Semilla de maldad presentaba al perfecto voluntario para esa trinchera educativa: Glenn Ford, un veterano del Ejército cuya autoridad moral queda de manifiesto incluso cuando prohíbe a sus alumnos fumar en el baño.

Si hay una imagen que condensa la revolución teenager de los cincuenta, ésa es la del público de esta película montando un escándalo tras el estreno. ¿Motivos? Se me ocurren dos: las canciones de Bill Haley & His Comets y el contagioso vandalismo de aquel perdonavidas inmortalizado por Vic Morrow.

De entre las producciones que aprovechan el legado de Richard Brooks, que son muchas y van de lo sublime a lo calamitoso, quizá ninguna haya sido tan popular como Rebelión en las aulas (1967), dirigida por James Clavell.

En sus manos, el film legitimaba el esquema “profesor que reeduca a una cuadrilla de insolentes” como un desarrollo natural de la convulsión estudiantil que habían desencadenado el rock, los movimientos antiautoritarios y esa izquierda en la que parecía reposar la última confianza.

Sidney Poitier, uno de los jóvenes de Semilla de maldad, interpretaba esta vez al protagonista: Mark Thackeray, otro profesor pulcro y quijotesco, capaz de poner de su parte a lo peor del East End londinense.

Aún habrá quien piense que algunos de los hooligans a cargo de Thackeray no son verosímiles. Como suele decirse, la realidad supera la ficción. De hecho, el autor del libro que dio lugar a Rebelión en las aulas, Edward R. Braithwaite, fue piloto de guerra y se doctoró en Cambridge, pero la discriminación racial le obligó a aceptar un puesto de profesor en un barrio pobre. Se ganó a pulso el éxito literario, entró en la carrera diplomática y llegó a dar clases en universidades de Nueva York y Washington.

No exagero. Rebelión en las aulas es el mejor título de este repertorio, y asimismo el que mejor aguanta el paso de los años. Pero contemos toda la verdad. También estableció una receta que pocos, muy pocos han sabido interpretar.

Fíjense que, a estas alturas, nadie contradice esa impresión de que sólo un veterano de guerra es capaz de poner firme a un pandillero. De ahí que triunfe el estereotipo de un militar, honorablemente licenciado, que comienza el curso escribiendo su nombre en la pizarra. Baste citar a dos ex marines con un peculiar plan de estudios: Michelle Pfeiffer en Mentes peligrosas (1995) y Tom Berenger en El sustituto (1996).

Si es como yo la recuerdo, El rector (1987), de Christopher Cain, exploraba un territorio más idealista. Con Cain volvía a producirse el milagro, y un educador lograba que futuros maleantes cambiasen a tiempo de piel. Salvando las distancias argumentales, el mismo mensaje triunfa en Stand and Deliver (1988), de Ramón Menéndez, y en Diarios de la calle (2007), de Richard LaGravenese.

Gracias a este tipo de producciones, el conocimiento figura como un valor con el que pueden soñar estudiantes y profesores. Así lo da a entender Laurent Canet, cuyo discurso filtra, con mucha prudencia, la resaca de mayo del 68. “Durante toda la película –dice el realizador–, se ve una utopía en pleno funcionamiento. No se trata de una idea acerca de cómo debería ser el colegio, sino de experimentar lo que podría ser”.

Me parece que esto se debe, principalmente, a François Bégaudeau, el autor del libro original, que alude a una forma de enseñar y de aprender que también es una forma de vivir y de revisar conceptos como esfuerzo, disciplina o excelencia.

Ante el desastre de escolares que no quieren estudiar pero acuden al aula por imperativo legal, Bégaudeau no propone solución alguna, salvo tratarles como adultos. Sus dudas, en el fondo, son idénticas a las de muchos enseñantes que atienden a chavales sin motivación alguna.

Esta vez, ni siquiera es decisiva la elocuencia del personaje principal. “Si sólo nos hubiéramos basado en la facilidad verbal –reconoce este profesor–, habríamos hecho El club de los poetas muertos de izquierdas, con el valor añadido de la seriedad social estilo Cantet. Pero no nos hacía ninguna gracia”.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el diario ABC.

La clase (Entre les murs, 2008) ©  Haut Et Court y France 2 Cinéma. Cortesía del Departamento de Prensa de Golem. Reservados todos los derechos.


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