Cine y matrimonio
- Detalles
- Category: Cine clásico
- Creado en 19 Agosto 2010
- Published: 19 Agosto 2010
- Escrito por Guzmán Urrero
Quizá usted, como yo, es de los que acostumbran a creer que un matrimonio dichoso sólo sirve de dos maneras a un guionista. En el desenlace, donde resultará especialmente efectivo para quien quiera rematar la trama con un happy end, o en el primer acto, para presentar la vida como es, e ilustrarnos sobre la otra cara de la moneda.
Ahí están películas como, por ejemplo, Dos en la carretera (1967), demostrando la fragilidad del amor eterno. Por supuesto, sin rebajar ningún mérito a estas dos soluciones, hay otras de mayor dificultad, pero con menor fortuna en el negocio del espectáculo.
No es que el público, soberano en la taquilla, le ponga pegas a una pareja feliz. La cuestión es que, lejos de presagiar algo memorable, un matrimonio sin ningún escollo nos sitúa en el paso que lleva del romanticismo a un postre demasiado empalagoso.
Para disfrutar con esa alegría que se nos ofrece, ésta debe ponerse en riesgo.
Por tanto, más vale asumir el juego de contraste y dinámica que enseña el teatro clásico, y que ni siquiera es ignorado en recetas de repostería tan evidentes como Sissi (1955).
Si queremos encontrar cónyuges verdaderamente encantados de serlo, hay que moverse algunas veces por el lado inesperado. Así, los nombres de Tarzán y Jane evocan una alianza amorosa que gana en intensidad por la elección del escenario: un edén que más bien parece un parque temático.
Aunque fueron una pareja realmente ejemplar, el rey de la selva y su compañera no celebraron sus esponsales en el cine. A no ser, claro, que demos esa categoría al juicio por la adopción de Boy en Tarzán en Nueva York (1942).
Resulta bastante curioso que el creador del personaje, Edgar Rice Burroughs, hiciera pasar por la vicaría al hombre mono: un detalle novelesco que no se les escapó a los animadores de Tarzán y Jane (2002).
Capítulo aparte, sin duda, merece el gran triunfador de este catálogo, Spencer Tracy. La pareja que formó con Joan Bennett en El padre de la novia (1950) tiene suficientes atractivos como para ser observada con toda la atención.
Desde todos los ángulos, ilustra ese matrimonio de amor que el suizo François Bondy definió como una mezcla de imprudencia y habilidad.
Formidable de todo punto es la química existente entre Tracy y Katharine Hepburn en La mujer del año (1942), La costilla de Adán (1949) y Adivina quién viene esta noche (1967).
Se trata de tres películas que recurren a materiales ya conocidos –la parte amable de la guerra de sexos– pero que son negociados estupendamente por ambos actores.
Katharine Hepburn y Spencer Tracy demuestran que, llegada cierta edad, el humor y la inteligencia son un tesoro que supera en valor a la pasión.
Otro par de enamorados, William Powell y Myrna Loy, da el mismo tipo a la perfección. Pueden comprobarlo en El hombre delgado (1934) y en sus divertidísimas secuelas, todas ellas inspiradas por Dashiell Hammett.
Claro que con dificultades económicas, el clima puede ser igualmente animado, y aunque se arañe la superficie romántica, sigue siendo útil el modelo que proponen películas españolas como La vida por delante (1958) y La gran familia (1962).
¿Qué nos queda? Pues alejarnos de la tradición, resolviendo tesituras más insólitas.
A modo de refuerzo táctico, la aventura impide la rutina doméstica en Mentiras arriesgadas (1994). Otras veces es el humor lo que da sentido a la palabra futuro.
Que se lo pregunten si no a los protagonistas de La vida es bella (1997) o a la joven viuda de Posdata: te quiero (2008).
Lo afirmó Dumas pero podrían haberlo escrito Lubitsch o Billy Wilder: la cadena del matrimonio pesa tanto, que han de ser dos para llevarla, y a veces hasta tres.
Se nos ha ido el espacio y quedan en el tintero otras lecciones que el cine enseña –sin ir más lejos, ésa que previene el adulterio–. No hay sitio para más, de modo que les dejo con otra pareja de muchos quilates, cuyo amor aún enriquece nuestra visión del mundo: Errol Flynn y Olivia de Havilland.
Antes de emprender su última cabalgada, él –Custer, si lo prefieren– se despide de su amada en Murieron con las botas puestas (1941): «Pasear a su lado por la vida –le dice–, fue muy agradable, señora».
Publiqué la primera versión de este artículo en las páginas del suplemento cultural de ABC.












