Con Buñuel en México: Entrevista con Eduardo McGregor

eduardomacgregorActor con una extensa y prestigiosa carrera en España y México, Eduardo McGregor es un gran conocedor del entorno de Luis Buñuel. Reproduzco a continuación la entrevista que le hice en 2000 para la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

El Valle del Mezquital, en México, recibe su nombre del mezquite, un árbol leguminoso que refleja el rigor del paisaje, árido e inhóspito. Ese espacio semidesértico, tan despoblado de flora, fue la localización escogida para representar la llanura de Siria en una de las filmaciones más accidentadas de la carrera de Luis Buñuel, Simón del desierto (1965), donde se narraba la peripecia de San Simeón el Estilita, aquel asceta del siglo V que hacía penitencia subido en lo alto de una enorme columna.

Don Eduardo, ¿qué recuerdos guarda del Valle del Mezquital?

Allí habitan unos indios en unas condiciones de miseria espantosas. Aunque no quieren marcharse de allá y logran malvivir gracias a labores como la cestería, lo cierto es que la suya es la condición de tantos otros indígenas mexicanos, explotados ancestralmente desde antes de la conquista.

Por aquellas fechas, yo era un estudiante de la UNAM, matriculado en una carrera que parecía diseñada para colmar mi vocación: Maestría en Letras con Especialidad en Arte Dramático.

Previamente, en el instituto, había trabado amistad con los hijos de Cipriano Rivas Cherif, conocido, entre otras cosas, por su labor artística en la compañía de Margarita Xirgu.

¿Cómo era Rivas Cherif?

Este hombre pintoresco, en quien se alternaban el humor incisivo y la mala uva, fue quien me introdujo en el teatro profesional.

Con ese antecedente, pasé a formar parte de la Compañía de Teatro Clásico de Álvaro Custodio. Y así fue como, además de estudiar, pude hacerme ese hueco en los escenarios que me condujo hasta Buñuel.

Otros españoles solían participar en sus proyectos, ¿verdad?

En todas sus películas mexicanas, Don Luis contaba con la participación de exiliados. También soy parte de aquella diáspora republicana, de modo que en Simón del desierto tuve ocasión de compartir reparto con varios compañeros de destierro.

Quizá en este caso fuese más llamativa la presencia de españoles porque la trama requería intérpretes con un aspecto más europeo, alejado del estereotipo mestizo habitual en el cine mexicano.

Así, pues, en aquel Valle del Mezquital, se congregó un grupo de refugiados.

Un grupo maravilloso. Recuerdo al asturiano Enrique García Álvarez, actor a las órdenes de Buñuel en Ensayo de un crimen o La vida criminal de Archibaldo de la Cruz y en El ángel exterminador.

Otro de los intérpretes de la película fue Antonio Bravo, quien participó en esas dos películas y asimismo en El gran calavera, Él y La fièvre monte à El Pao.

Y no olvido a Francisco Reiguera, también conocido por Buñuel, con quien había colaborado en Subida al cielo, Abismos de pasión y La mort en ce jardin.

Dentro del reparto que nos ocupa, Enrique García era el Hermano Zenón, en tanto que Reiguera y Bravo daban vida a unos monjes.

Quien interpretaba al personaje principal, Simón, era Claudio Brook, un actor procedente del teatro, hijo de inglés y francesa.

Tan preocupado estaba Claudio por la dicción y el manejo de la voz que acabó fastidiando a Buñuel. El cineasta quería presentar al personaje como un loco, pues tan sólo a un loco puede ocurrírsele subir a una columna para hacer penitencia comiendo hierbecitas. Pero Claudio no captaba ese tono y decía su papel un poco engolado, casi declamando, lo cual enfadaba mucho a Don Luis.

En cierta ocasión, Claudio se acercó a Buñuel diciéndole: "Por favor, quiero que me explique este parlamento que digo para saber qué simbolismo quiere darle usted". Y Don Luis, bastante airado, le contestó: "Déjese de leches, Claudio. Mi cine no tiene simbolismos. Está lo que yo digo y nada más. Y no le busquen ustedes significados, coño, que los actores son muy retorcidos".

¿Le riñó a usted también?

Pues sí, tampoco yo me libré de sus reprimendas... siempre justificadas.

¿Qué ocurrió?

Llegué al rodaje con la letra bien sabida, convencido de la clave con que debía interpretar a Daniel, ese monje que sube a la columna de Simón para darle comida periódicamente.

Pero al oírme declamar, Buñuel interrumpió el rodaje: "¡McGregor, usted también está mal! ¡No proyecte la voz!... Esto no es teatro y tiene usted el micrófono aquí encima, de manera que puede hablar con naturalidad. En el cine se actúa con los ojos, así que no mueva tanto la cabeza".

Él caricaturizaba estos defectos, pero eso era muy útil para corregirlos.

¿Recuerda cómo era aquel decorado?

Sí, desde luego que lo recuerdo... Toda nuestra labor se desarrollaba en un escenario natural donde había dos columnas. Una de ellas, más baja, era la que se empleaba para filmar las secuencias en que hablábamos con Simón.

La otra, mucho más elevada, se usaba en el rodaje de aquellos planos del asceta que exigían su presencia en las alturas.

La financiación de todo este proyecto dependía del productor, Gustavo Alatriste, un "chico bien" cuya fortuna familiar procedía de la venta de mobiliario elegante.

No sabría decir si se aficionó al cine por estar casado con la actriz Silvia Pinal o si la conoció a consecuencia de esa inclinación. Lo cierto es que, finalmente, Alatriste se dedicó a este negocio, colaborando con Buñuel en repetidas ocasiones.

Silvia Pinal era una actriz formidable.

Silvia Pinal era una de las actrices más completas del cine mexicano, pues además de interpretar, era capaz de cantar y bailar. De ahí que sus ambiciones artísticas se vieran complacidas junto a Buñuel.

En Simón del desierto, Silvia era el diablo: tentadora, le muestra los pechos en una secuencia que, vista hoy, puede parecer ingenua.

Se trata de un detalle que nos recuerda, una vez más, el modo en que Buñuel planteaba ese diálogo entre lo carnal y lo místico que caracterizó su mundo creativo. En este sentido, no puede extrañar que toda su carga moral y estética despertase el interés de intelectuales mexicanos tan valiosos como Octavio Paz, una de las mentes más claras de México.

¿Y qué me dice de Francisco Reiguera?

En el camino que conduce a Simón del desierto, Reiguera se había visto inmerso en otro proyecto de indudable atractivo, Don Quijote, de Orson Welles, una película que se rodó entre 1957 y 1963, en escenarios de México, Italia y España.

De todas las versiones cinematográficas de la obra cervantina, nuestro actor era quien mejor se ajustaba, en lo físico, al modelo establecido por Gustave Doré.

Secundado por Akim Tamiroff en el papel de Sancho Panza, Reiguera recibió este trabajo con una enorme ilusión. Su tipo tan especial no encajaba con facilidad en los repartos del cine mexicano, lo cual empeoraba su dolorosa condición de exiliado.

He ahí sin duda por qué se alegró tanto cuando un representante le anunció su promoción en el cine europeo tras el estreno del Quijote.

La pasión de Buñuel por Cervantes tomó un cauce inesperado en 1966, un año después de rodar Simón del desierto. Fue entonces cuando Buñuel viajó a España y el actor Francisco Rabal consiguió que interpretase a un ventero aragonés en el serial radiofónico El Quijote, con dirección de Adolfo Marsillach y protagonizado por Fernando Rey (Alonso Quijano) y el propio Rabal (Sancho Panza).

Luis Buñuel estaba muy interesado por Cervantes. Imagina lo que sintió al acudir un día al rodaje de Welles.

Tras ver la filmación de una secuencia, se acercó luego al actor para expresarle su emoción: "¡Gracias, Reiguera, porque me ha hecho ver a don Quijote vivo!".

Ignoro si luego llegaron a reunirse Orson Welles y Buñuel.

La película jamás llego a completarse y fueron espaciándose los telegramas que anunciaban un nuevo periodo de filmaciones. Con el buen dinero que ganó junto al americano, Paco Reiguera pudo adquirir camisas de seda italiana e incluso una vivienda modesta. Pero la fortuna no se prolongó y tiempo después, ya sin capital, el artista se quejaba con amargura: "Lo malo es que no me puedo comer ni las camisas ni los ladrillos de la casa".

Murió en 1969, con la frustración de no haber conluido su proyecto con Welles.

No me sorprende ese malestar. El estreno se retrasó hasta 1992, año en que Jesús Franco proyectó su montaje del material disponible.

Reiguera era un hombre muy serio, y vivió una experiencia singular durante el rodaje de Simón del desierto. A petición de Buñuel, encarnó a la bruja que aparece desnuda sobre una escoba.

Lógicamente, para conseguir la caracterización, hubo que colocarle unos senos de caucho que alteraban su figura. Sin embargo, aquel ocultamiento no convenció al actor, quien protestaba por la faena de verse sin ropa.

Buñuel, conciliador, le decía: "Pero Reiguera, si no se le va a ver más que el trasero".

Al final, llegada la hora de rodar la secuencia, tuvo que marcharse todo el equipo, salvo el operador. Y así, con esa condición, se superó aquella timidez de este magnífico personaje.

¿Cómo fueron las condiciones de rodaje?

El presupuesto económico de la película era muy pequeño. De hecho, incluso los efectos técnicos tuvieron que realizarse de forma bastante elemental. Por ejemplo, la secuencia del ataúd que se desliza por el desierto. Un espectador atento descubrirá que una cuerda va levantando un poco de arena en el punto en que tira del féretro.

A esas limitaciones hay que añadir una situación que a mí me lo hizo pasar mal. Cada vez que nos reuníamos para almorzar sobre unas mesas improvisadas con tablas, se acercaban las mujeres indígenas, con sus niños en brazos, pidiéndonos algo de sustento. Lógicamente, les dábamos aquello que nos disponíamos a comer.

Pero hubo algo que agravó penosamente las circunstancias de aquel rodaje, y es que al productor, Alatriste, se le acabó el dinero, lo que obligó a Buñuel a variar su guión, precipitando un final que no había previsto.

Todo aquello enfadó de un modo terrible a Don Luis, pues su proyecto acabó convertido en un mediometraje, y esa fue la razón por la cual, a mi entender, no volvió a trabajar en México.

Es más: tanto se molestó que no quiso rodar durante un tiempo. Por fortuna, su productor francés le ofreció el proyecto de Belle de jour (1967), primera de las magníficas películas que filmó durante su última etapa francesa.

Con todo, y dejando de lado aquella frustración, hubo un momento muy emotivo cuando concluyó el rodaje. Colocados en fila todos los actores exiliados, Don Luis los fue despidiendo uno a uno.

Hubo quien le agradeció aquel trabajo, pero él repuso: "No diga eso. Usted es un refugiado y con eso es bastante. ¡Yo soy solidario, coño!".

Cuando llegó mi turno quise justificar mi falta de experiencia: "Disculpe usted los fallos que haya tenido. Ésta es mi primera película y sé muy poco de la técnica cinematográfica".

Muy rotundo, Buñuel me respondió: "¿Que sabe usted poca técnica?... ¡No tiene usted ni puñetera idea!".

Luego, viéndome tan sorprendido, añadió: "Pero no se preocupe, porque usted es actor. La técnica la irá conociendo y, con lo que ha aprendido conmigo, ya tiene para defenderse".

Era un hombre muy cálido, ¿no es cierto?

De no haber sido por él, no hubiera entendido tan rápida y fácilmente lo que es el cine y hubiese sido, quizá, uno de tantos actores teatrales que no corrigen sus vicios escénicos a la hora de rodar películas.

Aquella fue la despedida de Buñuel al cine mexicano. Atrás quedaban títulos magníficos, en los que, como ya indiqué, solían participar los refugiados españoles.

Hay un ejemplo más de esa colaboración: la película Él (1952), una de las más notables de la filmografía de Don Luis.

Pocas veces se resalta que el citado guión se inspiraba en la novela homónima de la canaria Mercedes Pinto , escritora exiliada y madre de la actriz tinerfeña Pituka de Foronda.

Parece ser que el primer marido de Mercedes, el capitán de la Marina Juan de Foronda y Cubillas, era un ser diabólico. Y esa paranoia de Foronda tuvo dramáticas consecuencias en aquel matrimonio, retratado por la escritora en su libro, un texto que, en definitiva, es un folletón sin gran calidad literaria, pero que en manos de Buñuel se transforma en una película con su sello personal.

Mercedes Pinto se casó en segundas nupcias con el abogado Rubén Rojo, y nacieron de esta unión los actores Gustavo y Rubén Rojo.

Su otra hija, Pituka, trabajó en México hasta que se retiró, después de casarse con un escocés dedicado al comercio de whisky .

Usted ha sido un testigo excepcional de ese universo de los exiliados...

Se amontonan en mi memoria los detalles de aquella diáspora de la cual formó parte Buñuel. He estado muy cerca de viejos idealistas que siempre pensaron en el regreso y, aun disponiendo de recursos económicos, se negaron en principio a organizar un hogar en México.

Como señala el título de una novela de Víctor Alba, La vida provisional, todo era transitorio, al menos en el pensamiento de aquella gente admirable.

Años después, a mediados de los setenta, vi al cineasta por última vez. Paseaba yo por la Gran Vía madrileña junto a otro actor, también exiliado, cuando Buñuel se cruzó con nosotros a toda prisa.

Muy atribulado, nos dijo: "¡Estoy de muy mala leche! Los médicos me han prohibido fumar, me han prohibido beber... ¡Coño, ésto no puede ser!".

Se le veía enfermo, y sobre todo muy a disgusto por privarse de paladear ese whisky que tanto le agradaba.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


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