Historia del cine español V: Años 40

Historia del cine españolEl inicio de la década de los 40 abre en España un periodo de incierta expectación. La Guerra Civil ha concluido, y todos se aprestan a vivir una nueva época, que no deja pasar por alto cuanto se refiere a la industria cinematográfica. En tal sentido, la nueva Administración se hace de inmediato con el control del sector, y le aplica sus rígidas medidas de "protección", tanto ideológicas como económicas.

Así, el cine español de los 40 se siente como aprisionado en un estrecho camino del cual difícilmente logra salir. Sólo contadas excepciones permiten concebir esperanzas de que es posible lograr estimables trabajos.

En tal sentido, como veremos, algunas producciones adscritas al género de la comedia, o algunos títulos de Edgar Neville, José Luis Sáenz de Heredia, Antonio Román, Juan de Orduña, Rafael Gil, Luis Lucia o Carlos Serrano de Osma sirven a tan reducidas aspiraciones.

Por lo demás, el cine nacional quiere crear su propio universo de luces y sueños, y para ello promociona a sus estrellas. Amparo Rivelles y Alfredo Mayo fueron capaces de combatir el fulgor de los astros americanos, al amparo de la gran productora valenciana Cifesa, que durante tres décadas fue una auténtica "antorcha de los éxitos" españoles.

Durante el periodo que sigue a la Guerra Civil, el caso de Luis Buñuel es tan significativo como paradójico, y aunque se trata de un exiliado, no fue en modo alguno ajeno a la evolución de la dictadura. De hecho, vino a España a rodar en los años sesenta, cuando las doctrinas aperturistas empezaban a abrirse camino.

A Buñuel el inicio de la guerra le llevó a deambular por Nueva York y Hollywood, trabajando en doblajes para versiones latinoamericanas desde del Museo de Arte Moderno y en producciones de la Warner.

Esta etapa se alargó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando Buñuel decidió instalarse en México, en donde conoció al productor Oscar Dancigers. Comenzó entonces a integrarse en la industria del cine mexicano. Una industria muy poderosa en lo económico y repleta de maravillosos cineastas e intérpretes.

Aunque Gran Casino (1947), con Libertad Lamarque y Jorge Negrete, resultó un fracaso, su siguiente entrega (El gran calavera, 1949) fue más elaborada, con Fernando Soler como eje principal del ocaso y renacer de una familia.

Tras estas experiencias, Buñuel avanzó hacia el realismo social de Los olvidados (1950), donde retrataba la desesperanza de unos personajes que viven en la calle y se ahogan en la miseria más brutal.

La mirada buñuelesca es universal, porque el mensaje de Los olvidados también trasciende los propios límites de la periferia de Ciudad de México. Ni que decir tiene que la película resultó muy polémica a nivel nacional, lo que no impidió que alcanzara el premio en el Festival de Cannes a la Mejor Dirección.

En ese mismo año dirigió Susana (1950), en la que analizaba la máscara de una sociedad que, ante la primera insinuación de transgresión era capaz de romper con sus costumbres conservadoras.

Buñuel dirigió luego una serie de trabajos menores en los que, no obstante, persistían las referencias a un universo en el que la muerte, el sexo y los sueños definen la marca de la casa. Cintas como Subida al cielo (1952), Él (1953) y Ensayo de un crimen (1956) permiten establecer esa identidad mexicana del cineasta español.

Historia del cine español

Cine en tiempo de posguerra

Durísima por tantas y variadas razones, la posguerra fue un periodo de lento renacer para las compañías que habían logrado sobrevivir a la contienda recién terminada.

El primer paso que dio la industria del cine español en los cuarenta fue recuperar todos aquellos proyectos inacabados y, al mismo tiempo, reestrenar los éxitos que dominaron la pantalla antes de la contienda.

Así, junto con la reposición de sonados títulos del cine republicano como Morena Clara o La verbena de la Paloma, se exhibieron nuevas películas de Francisco Elías y Eduardo García Maroto.

El Gobierno no dudó en arbitrar una serie de medidas conducentes a controlar al máximo la producción nacional, mediante un conjunto de textos legales que delimitaron, a partir de 1941, la vida industrial del cine español: el doblaje, impuestos, cuota de pantalla y licencias de importación.

La inversión que en los primeros años cuarenta se hizo en el cine procedía más del apoyo del Estado que de las productoras. Por lo demás, éstas encontraron en las licencias de importación y en los créditos y premios sindicales, el banco más asequible para sus negocios.

Paralelamente a este tipo de disposiciones, se reguló, en 1942, la creación de Noticiarios y Documentales Cinematográficos NO-DO, a través de los cuales el Estado pretendía poner “el mundo al alcance de todos los españoles”. Surgió, cinco años después, el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas (I.I.E.C.), en el que impartieron su docencia algunos de los directores más representativos de la década y del que salieron las primeras promociones de jóvenes que intentaron dar un giro a la creatividad cinematográfica en los años cincuenta.

A nivel industrial, la casa valenciana Cifesa, después del éxito que había cosechado con sus primeras producciones a mediados de los años treinta, se planteó un proyecto a largo plazo en el que se tuvieron en cuenta la calidad y diversidad temática, arropada ésta en un cuadro técnico-artístico en el que se encontraban nombres como Florián Rey, Fernando Delgado, Antonio Calvache, Ignacio F. Iquino, Luis Marquina, Edgar Neville, Alfredo Mayo, Amparo Rivelles, Manuel Luna, Rafael Durán y un largo etcétera.

En definitiva, la flor y nata del cine español. No obstante, el programa de producciones tuvo que sortear los fracasos de alguna de sus películas como La marquesona (1940), de Eusebio Fernández Ardavín, El famoso Carballeira (1940), de Fernando Mignoni, y Harka (1941), de Carlos Arévalo.

Estos traspiés no impidieron que Cifesa se consolidara como la productora más estable del cine español, la más activa y la de más prestigio.

En los primeros años cuarenta, toda la industria cinematográfica parecía depender de Cifesa, hasta que problemas diversos, derivados de la gestión empresarial y el mercado mundial, sumergieron a Cifesa en una crisis a lo largo del segundo lustro de los cuarenta.

Los títulos históricos que produjo la compañía, desde Locura de amor (1948) hasta Alba de América (1951), no dejaron de ser un último coletazo del ambicioso proyecto diseñado por Vicente Casanova.

La primera edad dorada

Cuando se habla de la colaboración cinematográfica entre España e Hispanoamérica, uno de los nombres que con mayor insistencia se suele mencionar es el de Cesáreo González. Fue éste un vigués que comenzó su andadura como productor a comienzos de la década de los cuarenta, a través de su empresa Suevia Films, y que logró establecer, hasta su muerte en 1968, todo tipo de colaboraciones transoceánicas en el campo de la producción y la distribución.

Desde Polizón a bordo (1941), de Florián Rey, hasta La boutique (1967), de Luis García Berlanga, la actividad del “Samuel Goldwyn español” –así denominó José Luis Garci a Cesáreo– fue tan intensa que llega a sorprender. De hecho, su filmografía supera las 140 películas. Naturalmente, conviene matizar que fue un productor comercial, pues buscó el éxito por encima de cualquier otro interés.

Guiado por ese propósito, Cesáreo González diseñó una estrategia enormemente eficaz. Así, contrató a los directores más representativos de cada época. Por ejemplo, produjo numerosos filmes de Rafael Gil y Ramón Torrado, y también contó en sus equipos con cineastas de la talla de Florián Rey, Eusebio Fernández Ardavín, Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, entre otros.

Algo parecido cabe indicar a propósito de los repartos de sus producciones, pues contrató a intérpretes españoles tan conocidos como Amparo Rivelles, Rafael Durán, Jorge Mistral y Alfredo Mayo. Asimismo, contrató a célebres personajes de la escena iberoamericana, como la gran María Félix. Sumado a todo ello, conviene tener en cuenta el interés de Cesáreo por la comedia folclórica, un género de gran éxito en todo el ámbito hispanohablante, iluminado en este caso por artistas de la talla de Lola Flores, Paquita Rico, Ana Esmeralda y Carmen Sevilla. Sin desviarse de ese criterio popular, también se incorporaron a la cinematografía del productor vigués las dos estrellas infantiles más recordadas del cine español: Joselito y Marisol.

Entre las películas representativas de ese mercado común hispanoamericano que diseñó Cesáreo, figuran El famoso Carballeira (1940), de Fernqndo Mignoni, Mar abierto (1946), de Ramón Torrado, El Pórtico de la Gloria (1953), de Rafael J. Salvia –con la presencia especial del franciscano José Mojica–, Las aventuras de Joselito en América (1960), de Antonio del Amo, y Marisol rumbo a Río (1963), de Fernando Palacios.

En algunos casos, estas producciones lograron reforzar las giras musicales por Iberoamérica que el propio Cesáreo organizó con sus estrellas. De hecho, esas películas cumplían una función promocional muy similar a la que hoy puedan desempeñar los vídeos musicales de estrellas como Luis Miguel, Enrique Iglesias o Alejandro Sanz.

En aquellas fechas, Cesáreo fue el único productor español que logró abrir para el cine hispanohablante el mercado internacional, un propósito en el que también colaboraron Vicente Casanova, a través de la compañía Cifesa, y Benito Perojo.

Sin lugar a dudas, su imaginación y su capacidad para las relaciones públicas fueron los dos factores que le animaron a no desperdiciar ningún mercado. A modo de ejemplo, cabe citar que llegó a distribuir películas propias y ajenas en lugares tan lejanos —política y cinematográficamente hablando— como Japón, Corea y la Unión Soviética. Para que el lector se haga una idea de su eficacia, acabaré mencionando que la lista de sus clientes superó los cien países.

A lo largo de casi tres décadas, Suevia Films fue “la marca del triunfo”. Es más: a la muerte de Cesáreo, ocurrida en 1968, la prensa lo homenajeó como un infatigable luchador al que bien podía llamarse el rey del cine español. Un empresario capaz e imaginativo, defensor hasta sus últimos días de una fórmula idónea para el cine de ambas orillas: la coproducción, considerada por este gallego universal como la llave que abría nuevos mercados.

A pesar de que llevo mencionadas bastantes cintas de puro entretenimiento, en la producción de los años cuarenta dominaron las películas de trasfondo histórico-político, con propuestas en las que se trataban la historia reciente (El frente de Moscú, 1940) y los ideales del bando nacional (El crucero Baleares, 1940, Sin novedad en el Alcázar, 1940).

En los guiones de la época, proliferaron hechos históricos de todo tipo con el fin de resaltar el valor, el espíritu religioso y el imperio hispánicos (Correo de Indias, 1942, Inés de Castro, 1944). Igualmente, se produjeron distintos subgéneros: el cine de “levita”, con trasfondo literario (Marianela, 1941, Fuenteovejuna, 1946), abundantes zarzuelas y españoladas que resaltaban el más puro tipismo regional, un cine cosmopolita del que participan casi todos los directores, y por último, la comedia, que en todas sus variantes fue la línea más explotada durante la década.

Destaca el trabajo de un realizador todoterreno, Ignacio F. Iquino (El hombre de los muñecos, 1943, Una sombra en la ventana, 1944), que se suma al de cineastas sobresalientes, como Antonio Román (Escuadrilla, 1941, Boda en el infierno, 1942, La casa de la lluvia, 1943), Rafael Gil (El hombre que se quiso matar, 1942, Huella de luz, 1942, La calle sin sol, 1948), Edgar Neville (La torre de los siete jorobados, 1944, La vida en un hilo, 1945), Juan de Orduña (Ella, él y sus millones, 1944), Luis Lucia (El 13-13, 1943), Jerónimo Mihura y Carlos Serrano de Osma.

Muchos nombres para una cinematografía excelente, que deseaba ir más allá del tópico, asentada sobre unos principios de calidad muy notables, no sólo en el pulso de la narración, sino también en la calidad de la fotografía y en los decorados, parcelas en las que técnicos españoles han sabido crear escuela y ofrecer resultados de muy elevado nivel.

Surgieron en estos años los grandes mitos de una industria pujante. Amparo Rivelles, una encantadora mujer, fue “la cara más bonita del cine español”, a la que se necesitaba para que la historia pudiera funcionar. Los ojos de los espectadores la seguían por todos los rincones del decorado, dominaba la escena como nadie y pronto demostró que además de una cara bonita también era una actriz, que el tiempo situó a nivel de las grandes.

Sin Alfredo Mayo tampoco podría entenderse el cine de los cuarenta, puesto que sintetizó todo tipo de ideales y de sueños, lo que le confirió una relevancia mitológica que alimentó muchos sentimientos.

Protagonistas indiscutibles de otras muchas películas fueron José Nieto, Rafael Durán, Josita Hernán, Conchita Montes, Luis Peña, Raúl Cancio, Armando Calvo, Manuel Luna, Carlos Muñoz, Antonio Casal, Ana Mariscal, Luchy Soto, Maruchi Fresno, Juanita Reina, Mery Martin y Mercedes Vecino.

Mención aparte merece José Isbert, el genuino representante de todo un grupo de actores, los llamados secundarios, sin los cuales el mejor cine español carecería de su fuerza. A su lado se encontraron siempre Juan Espantaleón, Antonio Riquelme, Fernando Freyre de Andrade, Alberto Romea, Guadalupe Muñoz Sampedro y Camino Garrigó.

Imagen superior: Los últimos de Filipinas (1945), de Antonio Román © CEA - Alhambra Films. Archivo de Emilio C. García Fernández. Reservados todos los derechos.

Copyright © Emilio C. García Fernández. Los textos originales del autor en los que se basa este artículo fueron publicados en El Diario de Ávila, en la revista Todo Pantallas, en la Enciclopedia Universal Multimedia (Micronet) y en los libros Historia ilustrada del cine español (Planeta, 1985), Cine español: una propuesta didáctica (Royal Books, 1993) e Historia Universal del Cine (Planeta, 1982). Esta Historia del cine español se publica en The Cult por cortesía de Emilio C. García Fernández. Reservados todos los derechos.


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