Recuerdo de Alfred Hitchcock (1899-1980)

alfred_hitchcockUn tema obsesivo parece recorrer la primorosa telaraña de tensiones y juegos de manos que es la obra de Alfred Hitchcock: un hombre se ve metido en la identidad de otro y acaba siendo devorado por esa segunda identidad, extraña, que resulta ser la suya propia.

Es lo que algunos psicólogos llaman experiencia de lo siniestro, esa extrañeza u otredad que se revela como propiedad y mismidad.

Las palabras son feas, pero no hay otras.

Así, los jóvenes turistas de La dama se desvanece se convierten en investigadores policiales y luchadores antifascistas; Robert Cummings, en Saboteador, es transformado en un prófugo de la justicia que ha de replicarse en justiciero solitario; el frivolo y ligón Cary Grant de Con la muerte en los talones también ha de cambiar bruscamente de profesión; algo similar a lo que padece el desprevido Robert Donat de Treinta y nueve escalones, caído en la maraña de una banda de espías que lo «traduce» en improvisado agente del contraespionaje, más o menos lo que le ocurre a James Stewart en la segunda versión de El hombre que sabía demasiado y a Joel Mac Crea en Corresponsal extranjero.

Hitchcock se preocupó tras esta verdad elemental: nuestro ser proviene de los otros, somos el resultado de su mirada, la viva superficie sobre la cual resbala su deseo.

Nuestras identidades tienen mucho de azaroso.

Pudimos ser los que somos o cualquier otra cosa, sin necesidad alguna que nos determinase.

El propio Hitchcock solía abandonar su sillón de director y hacer de «extra» en sus películas, convirtiéndose en un ente ficticio, en un personaje más de la trama.

Seguramente, al volver a casa, entre whisky y whisky, repetiría las preguntas del caso: ¿quién eres? ¿quién soy?

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos

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