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The-Cult-revista

Clásicos y DVD

La franquicia 007

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Lo más extraño en la historia de James Bond es la reacción que provoca en algunos espectadores cultos.

A los elogios sobre las novelas de Ian Fleming debidos a gentilhombres de la literatura −Graham Greene, T.S. Eliot, Kingsley Amis− hemos de sumar otros halagos de similar ascendencia, que nos predisponen a favor del bondismo cinematográfico. El hecho interesante es que una franquicia llegue a tener esos alcances en el plano intelectual.

¿Sintonía con los productos de masa o lectura a dos niveles? Sobre el fondo de esta incertidumbre, el hijo de Mr. Kingsley, Martin Amis, hablaba de cierto tipo de buenos libros malos, llenos de placer y apasionamiento. A decir verdad, esa paradoja también funciona en las películas de Bond. De hecho, para amar al personaje de Fleming con todas las de la ley, nuestro punto de vista debe articularse sin temor al kitsch ni a los caracteres prefabricados.

Las líneas de esta fascinación nos las proporciona Pedro Almodóvar, amante de ese pastiche pop-art que viene a ser Casino Royale (1967), un filme excepcional dentro de la saga de 007. ¿Y qué halla Almodóvar en esta cinta? Sin duda, una acumulación fulgurante y desvergonzada. Veamos: Casino Royale fue dirigida al unísono por John Huston, Ken Hughes, Robert Parrish, Val Guest y Joseph McGrath, y escrita por Ben Hecht, Terry Southern, Billy Wilder y otros más. Al igual que sucedía con las serigrafías de Marilyn o los botes de sopa Campbell’s made in Warhol, la autoría de dicho largometraje es una cuestión a discutir.

Con todo, la película sabe parodiar el mismo engranaje que luego copió Mike Myers en la serie Austin Powers: la redundante peripecia de un funcionario escrupuloso, víctima de enredos de los que sabe escapar con violencia, cinismo y dotes seductoras. En realidad, son tantos sus elementos arquetípicos −giros del déjà vu− que puede complacer, con similar eficacia, las expectativas más elementales y las más sofisticadas. La transparencia de este juego demuestra que Bond es uno de los productos comerciales mejor acabados de nuestro tiempo.

Entre los lectores más persistentes de las novelas de Fleming hemos de citar al neoyorquino Albert R. Broccoli, buen amigo de Cary Grant y de Howard Hughes. Broccoli había analizado el gusto masivo mientras diseñaba programas de entretenimiento para las tropas durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1960 se asoció con Harry Saltzman, a quien Fleming había vendido los derechos cinematográficos de sus obras, y juntos fundaron Eon Productions, la firma que financió Agente 007 contra el Dr. No (1962). Su éxito puede cuantificarse en clave económica –los beneficios rozaron los 60 millones de dólares− y asimismo en un dominio definido por la moda.

De acuerdo con lo previsto por la agencia publicitaria Service et Methodes, se comercializaron numerosos artículos de vestir inspirados en el filme. Por las fechas en que Oriana Fallaci especulaba sobre los anticuerpos de la moralidad bondiana, el semanario Elle aún recomendaba a sus lectoras un bikini tan ceñido como el de Ursula Andress.

Muy pronto fue Shirley Eaton, barnizada de oro en James Bond contra Goldfinger (1964), la que se transformó en icono pop. Preguntado por la ropa del héroe, el modisto Caraceni la definió como propia de un inglés de negocios dudosos, lo suficientemente correcta como para servir de uniforme a cualquier varón de buen gusto. En todo caso, era éste un campo propicio al mimetismo, o al menos, así lo entendió Frank Abagnale Jr., el timador interpretado por Leonardo DiCaprio en Atrápame si puedes (2002), entre cuyos fetiches destacaban unos zapatos Church idénticos a los de 007.

Si bien se mira, el agente es ganado por la causa aventurera y sufre por ésta. Pero encuentra compensaciones. Conduce un Aston Martin y bebe desordenadamente: Dom Perignon del 1946 o Martini con vodka y una rodaja de limón. Sin ningún deber en contrapartida, sus triunfos eróticos recuerdan al catálogo que Leporello hace de las amantes de Don Juan. No sorprende que, a partir de tales sugestiones, muchos consumidores aún admitan a Bond como una eficacísima evocación publicitaria. De hecho, esta sensación persiste incluso en la magnífica, y reciente, Casino Royale (2006), de Martin Campbell.

Por qué razón prosperó la franquicia Bond es cosa fácil de ver. Su promotor, Albert R. Broccoli, negociante al fin, supo aprovechar la simpatía popular y envolvió las sucesivas entregas de la serie con el mismo papel de regalo. Aunque susceptible a los devaneos del márketing, su criatura se acomoda a las fantasías de la clase media.

Como bien dijo Furio Colombo, 007 irradia en torno a sí una impresión de bienestar del tipo que una compañía de viajes querría ser capaz de infundir en sus potenciales clientes. Entiéndase bien: su hazaña es la del soltero que flirtea en el Château Vaux-le-Vicomte (Operación Trueno, 1965), en la terraza del Hotel Four Seasons de Río (Moonraker, 1979), o frente al Taj Mahal (Octopussy, 1983). Así de simple.

Seguramente recuerdan la secuencia de acontecimientos que fue configurando la saga de nuestro espía. Broccoli sustituyó al gran Connery por el inexpresivo George Lazenby (Al servicio secreto de Su Majestad, 1969), quien fue reemplazado de inmediato por Roger Moore, noble y (créanme) fino humorista.

Ese ir y venir de Moore sobre sus propios pasos tuvo interés; más del que se piensa. Pero así es la suerte: los cambios efectuados en el mercado cinematográfico a partir de los ochenta dificultaron la renovación del estereotipo. Timothy Dalton, un excelente 007, logró que Licencia para matar (1989) recaudase 156,2 millones de dólares, cifra poco estimulante si se tienen en cuenta las expectativas depositadas en dicho largometraje. Fueron los hijos de Broccoli, Michael G. Wilson y Barbara Broccoli, quienes recuperaron a Bond como ejemplo de gusto y costumbres.

De forma oportuna, los espectadores −y los consumidores− confiaron en Pierce Brosnan, de suerte que Goldeneye (1995) recaudó 350,7 millones de dólares y dio lugar a una extensa línea de productos asociados.

A estas alturas, cabe preguntarse por el vigor de la marca 007.

En su soberbia campaña promocional, Sony Pictures da a entender que Bond sigue vivo, no a título de caballero excepcional, sino como un profesional del peligro, atractivo por sus contradicciones (léase inexperiencia y brutalidad). Con esto hay bastante para perfilar a Daniel Craig, el encargado de llevar la máscara en este nuevo Casino Royale (2006), cuyo coste ronda los 72 millones de dólares, financiados al alimón por Metro-Goldwyn-Mayer y Columbia Pictures.

Sin posibilidad de acogerse a un modelo original, la trama se ambienta en áreas turísticas (el Lago Como, las Bahamas, Karlovy Vary, Praga, Venecia), y sus escenarios interiores apelan al capricho inaccesible (el ático minimalista que habita Judy Dench en el Canary Wharf londinense). Por supuesto, tampoco faltan las mujeres hermosas, vestidas de Armani, Brioni o Roberto Cavalli.

Lo nuevo, si se quiere, viene impuesto por la audiencia predominante: jóvenes que ya han probado en su Playstation 2 el vídeojuego Desde Rusia con amor (2005), y para quienes los gadgets de Q (el inolvidable Desmond Llewelyn) no son una broma tecnológica sino un recurso para ascender de nivel y cambiar de pantalla. Espectadores, en fin, que prefieren un relato pródigo en actos violentos y epiléptico en su escalada de tensión.

Que nadie lo dude: además de todo eso, este Bond está planteado con inteligencia. De hecho, el guión que mueve la trama nada tiene que envidiar a los que se hilvanaron durante los años de Connery. Con todo, pese a la admirable desenvoltura de Craig, algunos añoramos aquella época en que los bondianos cedían al encanto de comedias de espionaje como Octopussy, firmada por ese genial escritor que es George MacDonald Fraser.

Umberto Eco, que considera a Fleming más culto que su personaje, entiende a dicho novelista como un resumen de los contrasentidos de la cultura de consumo. Acaso valga lo mismo para el esperado Bond de Casino Royale: resuelto a instalarse en el mercado preadolescente, y sin embargo, nítidamente adulto en su concepción.

(Publiqué la primera versión de este texto en las páginas del diario ABC)


Audrey de los desamparados

 

audrey

En 1992, el International Newsweek organizó un encuentro sobre la situación de Somalia tras la caída del dictador Mohamed Syyad Barre.

Los participantes en el foro comentaron el arbitraje militar de la ONU, diseñado con el fin de proteger a los somalíes de un puñado de facciones guerrilleras, dispuestas a matar y a morir. En mitad de la conferencia, Audrey Hepburn, debilitada por el cáncer, describió un país donde se daban todos los matices de la tragedia.

“No quiero resultar melodramática –dijo–. Pero cabe preguntarse si Dios se ha olvidado de Somalia”. Al escuchar esta frase, los asistentes comprendieron por qué aquella mujer tan frágil, de inteligencia disciplinada, se había transformado en una incansable defensora de los derechos de la infancia. “Si a los desposeídos se les da una pala, cavarán un pozo –añadió–. Yo no quiero verles cavar las tumbas de sus hijos”

Un año después, Hepburn falleció en su casa de Tolochenaz, cerca de Lausana, y los medios de comunicación hicieron balance de sus labores caritativas. El recuento sirvió para encuadrar la imagen que el público se había formado de su estrella. Los retratos de la prensa eran estáticos, pero convincentes desde un punto de vista moral. Por descontado, Audrey había hecho un claro esfuerzo por hacerse comprender. Armó su discurso con variaciones del mismo tema, el fin de las hambrunas, y lo convirtió en eje informativo frente a periodistas como Barbara Walters y Larry King.

El rol de la maternidad es uno de los factores que emplean sus biógrafos para explicar su contribución a UNICEF. Es cierto que, al ser designada en 1988 como embajadora de buena voluntad, justificó su actividad mediante sentimientos familiares: “Para interpretar los riesgos de la infancia –dijo– convendría ser experto en diversas materias. Pero yo sólo soy una madre”. No obstante, hay otras razones que esclarecen su entrega. Durante la adolescencia, Hepburn sufrió los efectos de la invasión de Holanda por parte de los nazis y admiró la benigna tarea de los voluntarios de la ONU.

Junto con Danny Kaye y Peter Ustinov, Richard Attenborough constituye el trío de actores con el cual Audrey se identificó a partir de la vivencia de valores ecuménicos. Kaye, embajador de UNICEF desde 1954, resumió dicho anhelo con estas palabras: “Los niños son más poderosos que el petróleo, más preciosos que cualquier otro recurso”. Es interesante cotejar esta idea con la actitud de Ustinov y Attenborough, dos intelectuales a la antigua usanza, convencidos de que la humanidad se dirige a un futuro mejor. Ambos precedieron a Hepburn en el seno de UNICEF y respaldaron las mismas causas que ella defendió.

Gracias a Audrey, su amigo Roger Moore ingresó en la organización, y a éste le siguieron Mia Farrow y Jessica Lange. En 1992, Sean Hepburn Ferrer, hijo de la actriz, recibió el último honor que la Academia de Hollywood dispensó a su madre: el premio Jean Hersholt. Este distintivo perpetúa la memoria de un actor, Hersholt, persuadido de que la ayuda a las minorías oprimidas incide en todas las esferas de la vida. Dos figuras entrañables, Boris Karloff e Irene Dunne, reforzaron esta línea de comportamiento, sostenida por Bob Hope, Gregory Peck, Paul Newman y otros receptores del mismo galardón.

Ahora estamos en situación de comprender por qué Hepburn y sus seguidores son tan convenientes para las instituciones internacionales. Angelina Jolie es un buen ejemplo de lo dicho. Como embajadora de buena voluntad del ACNUR, ha puesto en marcha un formidable mecanismo mediático en torno al problema de los desamparados. Al fin y al cabo, en este mundo en el que las opciones a elegir se calibran a partir de sondeos de opinión y consultores de prensa, son las celebridades quienes logran revestir el compromiso humanitario de una incuestionable universalidad.

"La cabina" (Antonio Mercero, 1972)

La cabinaVale Films pone a la venta el próximo 21 de febrero un pack de tres discos con 11 obras del aclamado director Antonio Mercero, conocido principalmente por sus famosisimas series producidas para TVE.

Vida del productor Cesáreo González

CesareoGonzalezCesáreo González fue un productor de cine que, durante décadas, apostó por el intercambio artístico y comercial entre España y América.

Nacido en Vigo el 30 de mayo de 1903, y fallecido en Madrid el 20 de marzo de 1968, este distribuidor y productor español propone un esbozo bien típico de lo que fue la emigración: falto de recursos, sólo contaba doce años cuando tomó un barco rumbo a Cuba, donde fue vendedor ambulante. Un nuevo golpe de fortuna lo condujo a México, donde su tío mantenía un negocio de panadería. Es innecesario insistir en los pormenores de esta etapa, pues Cesáreo era un joven de recursos y pronto se hizo cargo de la empresa, ahorrando un capital suficiente para casarse y, con la emoción imaginable, planear el retorno a España.

El indiano Cesáreo González se instaló de nuevo en Vigo, y allá invirtió su dinero en diversos proyectos, entre ellos un concesionario de automóviles. Buen aficionado al balompié, también procuró implicarse en el mundo futbolístico, llegando a ocupar la presidencia del Real Club Celta de Vigo. A esta inclinación deportiva hay que añadir otro espectáculo muy apreciado por González: el cine.

El famoso Carballeira (1940), de Fernando Mignoni, fue la primera película en la cual invirtió algún dinero. Como la experiencia resultó satisfactoria, fundó una empresa de producción, Suevia Films, cuyo primer lanzamiento fue la comedia Polizón a bordo (1941), de Florián Rey. No es nuestro objeto señalar paso a paso la evolución de esta compañía, de indiscutible importancia en el cine español. Siguiendo al principal estudioso de la obra de Cesáreo, el profesor Emilio C. García Fernández, tan sólo destacaremos la originalidad de su propuesta empresarial, con la cual logró abrir mercados internacionales y llevar hasta España a numerosos profesionales del cine iberoamericano.

A este productor debe el cine español títulos como La fe (1947), de Rafael Gil; Botón de ancla (1947) y Sabela de Cambados (1949), ambas de Ramón Torrado; La Señora de Fátima (1951), de Rafael Gil; y Calle Mayor (1956), de Juan Antonio Bardem. Asimismo, fue el responsable de contratar a directores hispanoamericanos como Hugo del Carril, Luis Saslavsky, Miguel Zacarías, Luis César Amadori, Lucas Demare y Enrique Cahen Salaberry. A esa incorporación de cineastas ha de sumarse el interés de Cesáreo González por los temas americanos, como queda de manifiesto en lanzamientos suyos como Bambú (1945), de José Luis Sáenz de Heredia; La guerra empieza en Cuba (1957), de Manuel Mur Oti; y La nao Capitana (1947), de Florián Rey. Esto, sin entrar aquí en la intuición comercial del productor, quien adivinó muy pronto que la geografía del cine hispanohablante permitía nuevas ambiciones.

Pasemos, pues, a citar algunos ejemplos que permitan al lector formarse una idea de lo que significó Suevia Films en este ámbito. En su lindero más comercial, la compañía española produjo con otras empresas mexicanas varias películas protagonizadas por Joselito, un niño prodigio muy famoso en la época: Aventuras de Joselito en América (1961), de Antonio del Amo y Roberto Gavaldón; El caballo blanco (1961), de Rafael Baledón; y El falso heredero (1965), de Miguel Morayta. Reuniendo en un mismo reparto al pequeño y a la estrella argentina Libertad Lamarque, Cesáreo produjo el melodrama Bello recuerdo (1962), de Antonio del Amo.

Al contratar a la bellísima actriz mexicana María Félix, Cesáreo pudo disponer de su talento en Mare Nostrum (1948), de Rafael Gil; Camelia (1953), de Roberto Gavaldón; Faustina (1956), de José Luis Sáenz de Heredia; La corona negra (1950), de Luis Saslavsky; y La bella Otero (1954), de Richard Pottier. Por las mismas fechas, el empresario gallego logró que Jorge Negrete protagonizase Teatro Apolo (1950), de Rafael Gil. Asimismo, diseñó el lanzamiento de dos coproducciones con México: El indulto (1960), de José Luis Sáenz de Heredia, protagonizada por Pedro Armendáriz; y Gitana tenías que ser (1953), de Rafael Baledón, con Pedro Infante, Carmen Sevilla y Estrellita Castro en la cabecera de reparto.

Además de contar con los astros del cine mexicano, Cesáreo González supo aprovechar el impacto de algunos artistas españoles en el cine de ese país. Así, la cantante folclórica Lola Flores protagonizó una larga serie de coproducciones hispano-mexicanas, hábilmente comercializadas por el productor gallego: Pena, penita, pena (1953), de Miguel Morayta; La Faraona (1955), de René Cardona; Limosna de amores (1955), de Morayta; Lola Torbellino (1955), de Cardona; Maricruz (1957) y Sueños de oro (1957), ambas de Miguel Zacarías; Échame la culpa (1958), de Fernando Cortés; y De color moreno (1963) y La gitana y el charro (1964), ambas dirigidas por Gilberto Martínez Solares.

El intenso trabajo del productor en México alcanzó parecidas dimensiones en Argentina. Un famoso cómico de esa tierra, Pepe Iglesias, El Zorro, protagonizó ¡Che, que loco! (1952), de Ramón Torrado, y el futbolista Alfredo Di Stefano fue el actor principal en La batalla del domingo (1962), de Luis Marquina. Asimismo, Cesáreo contrató a Luis Saslavsky para que éste dirigiese El balcón de la luna (1962), producción folclórica interpretada por Carmen Sevilla, Lola Flores, Leo Anchóriz y Paquita Rico. En la misma línea comercial, el actor argentino Luis Sandrini, también contratado por González, actuó en la comedia Olé, torero (1948), de Benito Perojo.

Por fin, la intervención de Suevia Films en la cinematografía argentina concretó las diversas alianzas previstas por Cesáreo González, originando películas como El negro que tenía el alma blanca (1951), de Hugo del Carril; La pérgola de las flores (1965), de Román Viñoly Barreto; ¿Quiere casarse conmigo? (1966), de Enrique Carreras; y La sed (1960), escrita por Augusto Roa Bastos y dirigida por Lucas Demare.

Estos contactos no fueron exclusivamente comerciales. Decidido a traspasar fronteras en el campo cinematográfico, el productor gallego diseñó largometrajes que pudiesen agradar a un amplio sector del público español e iberoamericano. Por ejemplo, contó con el mexicano José Mojica para que interviniese en El Pórtico de la Gloria (1953), de Rafael J. Salvia; costeó en Río de Janeiro el rodaje de Marisol rumbo a Río (1963), de Fernando Palacios; e incluso llegó a un acuerdo con la productora brasileña Condor Filmes a la hora de filmar Samba (1963), de Rafael Gil, protagonizada por Sara Montiel.

Lo que está claro, una vez que se observa panorámicamente su trayectoria, es que el ejemplo de Cesáreo González sirve para resumir en buena medida los propósitos de nuestra exposición. Al margen de sus intereses mercantiles, lógicos en un productor cinematográfico, vale la pena resaltar el conjunto de pautas de colaboración que guiaron su trabajo a ambos lados del Atlántico.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

El cine de Adolfo Aristarain

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Dispersos en el tiempo, los largometrajes del bonaerense Aristarain no se constituyen como trama unívoca.

Es más, elude su creador ese determinismo temático que suele desembocar en la más pura y simple rutina.

En ese derrotero, cualquier empeño clasificatorio ha de dirigirse hacia su estilo narrativo, bajo cuya superficie irrumpen las esencias, ritmos y protocolos del cine clásico hollywoodense; estrategias que Aristarain atrapa en su telaraña personal para luego enriquecerlas con una profundidad de mirada que, por costumbre, identificamos con el cine europeo. Una mixtura que no ha de asombrar, pues nuestro cineasta fue ayudante de dirección de artistas tan particulares como Gordon Fleming, Melvin Frank y Mario Camus, variados tanto en disposición como en expresión.

De ahí que, al madurar con esa tutela su autonomía imaginativa, el realizador muestre desde sus comienzos un oficio que, ya bajo una perspectiva crítica, se ve contaminado por presencias muy distantes, como Sam Peckinpah, Jean-Pierre Melville, Don Siegel y Howard Hawks.

Películas de su primera etapa, como el policiaco La parte del león (1978) ilustran esta doble pertenencia. Lo mismo cabe decir sobre Tiempo de revancha (1981), una producción que se ambienta en un yacimiento minero para articular esa denuncia social que tiñe parte de la filmografía de Aristarain.

Por cierto que su protagonista, Federico Luppi, es también el actor principal de Últimos días de la víctima (1982), otro ejemplo de cine bajo la influencia de la medianoche: cine negro que nadie ignora, de solemnidad inquietante, con pasiones bruscamente excitadas y efectos de sombra que el guión proyecta sobre los personajes.

Quizá esta vez el director siente la necesidad de ajustar cuentas con sus clásicos (se da por sabido que es un cinéfilo), y por eso se acerca al capítulo de los géneros. Con todo, un par de galardones, el Premio de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina y el Premio a la mejor película en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, sirven para ajustar la lente de los especialistas, quienes definen a Aristarain como el director argentino más internacional.

Hasta esa fecha, la adhesión de Adolfo al cine policiaco tiene su hora de éxito en las salas de cine. Pero mediante un encargo español —la serie Pepe Carvalho— el argentino rompe un nuevo precinto —el televisivo— para poner su habilidad al servicio de Manuel Vázquez Montalbán y su detective literario. Todavía muy cerca de Últimos días de la víctima, este Carvalho de los ochenta expresa de forma aún más agria ciertas concepciones del realizador. Perdiendo el aliento, hay en ambos trabajos un sombrío conjunto de personajes que huyen en la misma dirección, hasta que sus ojos se habitúan a la negrura. Pese al extendido lugar común, predomina en ellos la idea de un desorden mundanal que deben esquivar, so pena de ser domeñados por el desconsuelo.

En contraste, al artista le ha interesado mostrarnos en sus últimas producciones el alma esperanzada. Esto es: la utopía breve y vitalista de Un lugar en el mundo (1992), esa película con el sabor de las lecturas prohibidas, por todo cuanto tiene de agitación, fiel a la letra libertaria.

Y sin agotar el desarrollo, añadimos aquí la divertida peripecia de La ley de la frontera (1995), y con más realce, la sutileza amorosa, largo tiempo madurada, que prueba Martín (Hache) (1997). En definitiva, esquemas del sentimiento y, como ejercicio crucial, la confrontación con el espejo. ¿No será éste el genuino desafío del cine?

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

 

El cine de Fernando Birri

fernandobirritiredireA comienzos de 1983 el poeta Rafael Alberti recibe al equipo que ha de filmar en Roma su retrato cinematográfico, un documental en el que la palabra del veterano escritor marcará discursivamente el montaje final.

Quien ajusta el dispositivo técnico y se apropia de la intimidad de Alberti es el argentino Fernando Birri, un creador que adquiere relieve autónomo en el panorama creativo hispanoamericano por la superposición aleatoria de ciencias y oficios que disponen su currículo.

Director de cine, poeta, dramaturgo, actor e incluso titiritero, Birri parece recobrar el dominio reservado del artista total, del artista que se quiere libre y despliega las más insólitas referencias culturales desde su esfera autónoma.

Conviene decirlo: de conversador a confidente, Alberti se deja fascinar por el cineasta, con quien comparte además memoria revolucionaria, y no tarda en celebrar su amistad con un poema que refleja las esencias más notables de Birri.

En la primera estrofa se halla un pasaje que consigna la circunstancia biográfica del director: «Saliste de aquel río, / de sus largos e internos litorales, / en donde casi pierde las orillas, / gran Paraná argentino, / de ciudades y selvas, / insomnes yacarés, pájaros arcoiris, / troncos resbaladores por sus aguas, / hombres en soledad o fustigados». Así dispuestos en el poema, los detalles se enlazan para establecer la geografía de Birri, resumiendo el cúmulo de anécdotas que forjan su rareza: esa actitud lúdica, fuera de norma, tan propia del paisaje local; su infancia en Santa Fe de la Vera Cruz, donde crece como artista, abierto al bullicio de los teatrillos ambulantes; y el imperativo político, derivado de esa conciencia de clase que descubre en barriadas, asilos y orfanatos.

«Todo aquello por siempre permaneció en tus ojos / hasta el día en que luego, algo más tarde, / lo volcaste en la luz, en las movidas / susurrantes penumbras de las salas del mundo». Ciertamente, Birri intenta muy joven una aproximación al cine. En ese afán, viaja a Roma y consigue diplomarse en el prestigioso Centro Sperimentale di Cinematografia en 1952. Ya titulado, Vittorio de Sica lo enrola como asistente de dirección de la película Il tetto (1954), y dos años después recupera el ambiente santafesino para fundar el Instituto de Cinematografía de la Universidad del Litoral, a cuya sombra filma Tire dié (1956-1958), que constituye, en sus palabras, la «primera encuesta social filmada en América Latina».

Para completar su adhesión al séptimo arte, rueda el mediometraje La verdadera historia de la primera fundación de Buenos Aires (1959), inspirado en la obra humorística del dibujante Oski, y luego ensaya un cine social con Los inundados (1961), filme comprometido y valiente, galardonado además en Venecia, para mayor eco de su mensaje. Con el tiempo, Birri afina ese ideario, cuya penúltima entrega será el manifiesto del cosmunismo o comunismo cósmico (1979).

Sentado en una terraza de Roma, le dice Alberti: «Hoy, / con tus llovidas barbas de monje tibetano, / tu recogida trenza y altura conseguida, / puedes mirar, mirarte / y ver cómo te miran y sienten al unísono / en tus vivos espacios de imágenes tangibles». Y Birri, satisfecho con la definición, se hace digno de ella mientras ejerce la pedagogía cinematográfica en la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, y en un rapto se insubordina contra Hollywood. Además, desde Cuba presenta películas tan combativas como Rte: Nicaragua (Carta al Mundo) (1984) y Mi hijo el Che: Un retrato de familia de Don Ernesto Guevara (1985), muy del gusto de su amigo Gabriel García Márquez, junto a quien escribe el guión de Un señor muy viejo con unas alas enormes (1988). Con ello consuma Fernando Birri un proceso ambulante que pone en juego la idea de un cine nacional (el suyo opera sin fronteras). Y así, mediante una cinematografía donde se desarticulan las barreras, vuelve a solicitar un pasaporte donde en vez de argentino esté escrito latinoamericano.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

 

"El nido" (1980), de Jaime de Armiñán

El nidoAlejandro, director de orquesta retirado, es un hombre solitario, escéptico y nada convencional que se enamora platónicamente de una niña de trece años que vive en un pueblo cercano, en la provincia de Salamanca.

Él es amante de la soledad, la música clásica, la ornitología y la buena mesa; ella es inteligente, imaginativa y sensible. Una amistad que incomoda e irrita a algunos vecinos influyentes.

La película de Jaime de Armiñán se estrenó en el cine Coliseum, de Madrid, con un reparto encabezado por Héctor Alterio, Ana Torrent, Luis Politi, Patricia Adriani, Ovidi Montllor y Amparo Baró.

Ese prodigioso operador que es Teo Escamilla se ocupó de la fotografía.

Por sus méritos artísticos, la cinta fue seleccionada oficialmente para acudir al Festival Internacional de Montreal. La jovencísima actriz protagonista, Ana Torrent, logró en ese certamen el premio de interpretación femenina.

En palabras del realizador, «con El nido intentamos una película donde uno de sus personajes -don Alejandro- sea capaz de romper el cerco de soledad y aburrimiento que le rodea y volver a la juventud, casi milagrosamente alcanzado por un simple impacto, que se convierte luego en una auténtica historia de amor, a donde otro de sus personajes -Goyita- acude por instinto, por curiosidad, por cierta morbosidad, para luego quedar prendida en el encanto de un hombre que sólo pretende vivir, que nada menos pretende vivir y llenar el último tramo de su existencia. Juventud y final, amor e incluso odio. Amistad y humor. Pienso que es imprescindible el humor y la burla de uno mismo o de los personajes que crea. Todo eso hemos pretendido al encararnos con El nido, y aún no sabemos si lo logramos conseguir» (El País, 18/09/1980)

"Tras su experiencia en la pequeña pantalla, Jaime de Armiñán se lanzó a la producción del largometraje Carola de día, Carola de noche (1969). Sin embargo su primer gran éxito cinematográfico fue Mi querida señorita (1971), drama acerca de un transexual, protagonizado por José Luis Lopez Vázquez. Películas como El amor del capitán Brando (1974) lo vincularon a la corriente que la crítica denominó “tercera vía”, por situarse entre la cinematografía elitista y la producción meramente comercial. Tras explorar las sutilezas de la nostalgia y el desengaño en El nido (1980) y En septiembre (1981), planteó una comedia como Mi general (1986), próxima al costumbrismo cómico español. Por la misma época, rodó Cuentos imposibles (1985) y una teleserie de tema taurino, Juncal (1989), protagonizada por el actor Francisco Rabal. En su labor de escritor destaca La dulce España (2000), obra por la que recibió el premio Comillas y en la que Armiñán repasa setenta años de la historia de España (1880-1946) desde su perspectiva personal y también desde la experiencia de sus padres y de su abuela, la actriz Carmen Coreña" (Guzmán Urrero, Enciclopedia Universal Multimedia, Micronet, 2000).

Filmografía

Como director y coguionista:

1969: Carola de día, Carola de noche.

1970: La Lola dicen que no vive sola.

1971: Mi querida señorita.

1973: Un casto varón.

1974: El amor del capitán Brando.

1975: Jo, papá.

1977: Nunca es tarde.

1978: Al servicio de la mujer española.

1980: El nido.

1981: En septiembre.

1984: Stico.

1985: La hora bruja.

1986: Mi general.

1994: Al otro lado del túnel.

1995: El palomo cojo.

Como guionista cinematográfico:

1961: El secreto de Mónica.

1962: La becerrada; Las gemelas.

1963: Piso de soltero; El juego de la verdad.

1964: Un tiro por la espalda; Tengo dieciséis años; La muerte viaja demasiado.

1965: Yo he visto la muerte; Whisky y Vodka.

1967: Un diablo bajo la almohada.

1968: Solos los dos.

Copyright de sinopsis e imágenes © A Punto PC. Reservados todos los derechos.


"Aeropuerto" ("Airport", George Seaton, 1970)

Aeropuerto, la película

La película nominada al Oscar Aeropuerto y sus sensacionales secuelas están ahora reunidas en una colección de altos vuelos, el Pack Terminal Aeropuerto. Prepárate para despegar con turbulencias constantes volando con la jet-set de Hollywood: Charlton Heston, Burt Lancaster, Jimmy Stewart, Jack Lemmon, Lee Grant, Jacqueline Bisset, Dean Martin, George Kennedy y muchos más.

"El novelista Arthur Hailey fue uno de los autores de mayor éxito popular durante la década de los sesenta. Fue asimismo uno de los primeros creadores de fórmulas literarias para fabricar best-sellers (libros de venta masiva), fórmula en la que se engloba su novela Aeropuerto, cuyas ventas alcanzaron la descomunal cifra de cuatro millones de ejemplares. Conocedor de las posibilidades cinematográficas de la novela, el productor Ross Hunter adquirió los derechos de adaptación y diseñó un largometraje de gran presupuesto que, de acuerdo con su publicidad, reunía un equipo galardonado con 23 Oscar. Los medios facilitados por Universal Pictures para la realización dieron como resultado un producto convencional pero altamente eficaz, sobre todo en lo que concierne a los efectos especiales y las secuencias de acción. El amplio reparto, encabezado por Burt Lancaster y Dean Martin, alternaba intérpretes en alza con actores veteranos".

"Esta fórmula, muy rentable para el estudio, fue luego imitada por Irwin Allen, el principal impulsor del cine de catástrofes, un género del cual Aeropuerto es un título pionero y también paradigmático. Los trucajes visuales fueron obra del prestigioso Linwood G. Dunn, diseñador de un nuevo tipo de truca (impresor óptico) y responsable de los efectos especiales de títulos como La fiera de mi niña (1938), de Howard Hawks, o Ciudadano Kane (1941), de Orson Welles. Aeropuerto fue candidata al Oscar a la mejor película en 1970, pero finalmente fue Helen Hayes quien recibió el premio de la Academia a la mejor actriz secundaria por su papel de Ada Quonsett. La extensa lista de secuelas de este filme incluye títulos como Aeropuerto 75 (1975), de Jack Smight; Aeropuerto 77 (1977), de Jerry Jameson; y Aeropuerto 80 (1979), de David Lowell Rich. En todas ellas aparecía el personaje del controlador y piloto Joe Patroni, interpretado por George Kennedy. Años después, tuvo un éxito considerable una versión paródica, Aterriza como puedas (1980), de Jim Abrahams, y David y Jerry Zucker" (Cita tomada de Guzmán Urrero Peña, Enciclopedia Universal, Micronet, 1999).

Características del DVD

Contenido: 4 Películas.

Incluye:

Aeropuerto

Aeropuerto 75

Aeropuerto 77

Aeropuerto 79: El Concorde (Aeropuerto 80)

Más sobre el DVD de Pack Terminal Aeropuerto

Título original: Airport + Airport 1975 + Airport ´77 + The Concorde: Airport ´79

Año: 1970 / 1974 / 1977 / 1979

Directores: George Seaton, Jack Smight, Jerry Jameson, David Lowell Rich

Actores: Burt Lancaster, Dean Martin, Jean Seberg, Charlton Heston, Karen Black, Jack Lemmon, Lee Grant, Alain Delon, Susan Blakely

Copyright de sinopsis, nota de prensa e imágenes © 2006 Universal Pictures. Reservados todos los derechos.


"Los ojos azules de la muñeca rota" (Carlos Aured, 1972)

Los ojos azules de la muñeca rotaLa productora Profilmes lanzó este largometraje dirigido por Carlos Aured y escrito por Paul Naschy (Jacinto Molina). A medio camino entre el misterio policiaco y el horror, Los ojos azules de la muñeca rota es una cinta eficaz, atractiva y bien resuelta.

"Se nos presenta una cinta de acción con una fuerte baza en el aspecto psicólogo de los personajes, todos ellos de características anormales, y que nos muestra un planteamiento que salvando las distancias, tiene un cierto parecido sobre el papel con el de Ana y los lobos, que nos representó en Cannes. El argumento sitúa la acción más allá de nuestras fronteras, fórmula habitual entre los guionistas del país, muy apropiada para evitar complicaciones, que bastantes existen ya, ¿no? (...) Este público que necesita de emociones (?) superlativas encontrará en algunas secuencias de Los ojos azules de la muñeca rota satisfacción a esas necesidades un tanto masoquistas" (Terror Fantastic nº 22, julio de 1973)

Sinopsis:

Región de Angers, en Francia. Época actual. Gilles, un ex-presidiario, busca trabajo y acepta el empleo que le ofrece Claude, una bella joven, que tiene una mano ortopédica y vive en un sombrío caserón, en compañía de sus hermanas Yvette y Nicole. Yvette es paralítica. Nicole es un ser frustrado y dominado por un insaciable deseo sexual.

La llegada de Gilles crea un drama de terrible tensión entre las tres mujeres.

El mejor amigo de la familia es el médico de Perrouze, hombre de cierta edad, que cuida de la paralítica con gran solicitud. A la casa llega Michelle, una enfermera que se ocupará de atender a Yvette. Poco después, una sobrecogedora ola de crímenes estremece la región. Las víctimas son bellas muchachas, cuya trágica constante es tener los ojos azules y el cabello rubio. El asesino, además de degollarlas, les arranca los ojos.

Equipo técnico:

Director: Carlos Aured. Producción: Profilmes S.A. Argumento y guión: Jacinto Molina. Productor ejecutivo: José Antonio Pérez Giner. Director de producción: Modesto Pérez Redondo. Ayudantes de producción: José Ángel Santos y Ramón Escribano. Ayudantes de dirección: Zacarías Urbiola y R. Muñoz. Director de fotografía: Francisco Sánchez Muñoz. Foto fija: José Salvador Sánchez. Montaje: Javier Morán. Dirección artística y decorados: Gumersindo Andrés López. Maquillaje: Miguel Sesé Fortes. Música: Juan Carlos Calderón. Distribución: Hispamex Films. Eastmancolor, Panorámico. Duración: 93 minutos.

Reparto:

Paul Naschy (Gilles), María Perschy (Ivette), Diana Lorys (Claude), Eva León (Nicole), Eduardo Calvo, Antonio Ramis, Pilar Bardem y Luis Ciges.

Estrenada en Madrid el día 5 de agosto de 1974, en los cines Los Ángeles, Savoy, Infante, Juan de Austria, Albi, Canciller, Narváez y Royal.

En 1976 Premios del Festival Internacional de Cine Fantástico de Amberes: Premio a la mejor interpretación (Paul Naschy por Los ojos azules de la muñeca rota), Tercer Premio del público (Los ojos azules de la muñeca rota), Premio Especial al segundo mejor guión (Jacinto Molina por Los ojos azules de la muñeca rota)

Características del DVD:

Contenido: 1 Disco.

Imagen: Pan & Scan 4/3.

Audio: Dolby Digital 2.0 Castellano.

Contenido Extra:

Entrevista con Paul Naschy.

Presentación de la película por Paul Naschy.

Galería de fotos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Tripictures. Reservados todos los derechos.

Copyright de las citas entrecomilladas © Sus respectivos autores. Reservados todos los derechos.

Fuente de datos técnicos, artísticos y referencias de prensa: "Paul Naschy: El Ciclo de la Luna Llena" (Edición conmemorativa del ciclo dedicado a Paul Naschy en la Filmoteca Nacional. Ediciones Dorian. Noviembre de 1993).


"El espanto surge de la tumba" (Carlos Aured, 1972)

El espanto surge de la tumba

Escrito por Paul Naschy (Jacinto Molina) en una sola noche, el guión de El espanto surge de la tumba sirvió a Carlos Aured para rodar una de las películas más interesantes del cine fantástico español.

"Una de las mejores películas de Naschy (...) El guión de Naschy/Molina da todo lo que prometía y Aured sabe cómo mostrar los horrores y hacerlos funcionar. Una película imprescindible" (Shane M. Dallmann, Fangoria nº 7, abril de 1992).

"Cuando la película se iba a realizar, me decia Jacinto Molina que era la primera vez que en el cine español se realizaba una pelicula cuyo tema se centra totalmente en la brujería. Según mi pequeña estadística no es la primera vez que el tema se toca, aunque quizá si en la forma en que se aborda en esta ocasión. No obstante, y aunque todavía no he visto la película (si bien conozco su guión primitivo), tengo que confesar que personalmente estimo que también aquí el tema ha sido tocado marginalmente. Esto no es ningún desdoro para la película (pues buenas cintas, naturalmente, se pueden hacer, y se hacen, con los más diversos asuntos), sino sólo una afirmación de que la base está en la existencia del brujo, no en la brujería como entidad con vida propia, con sus reglas, con sus ritos, con toda su fuerza externa o irradiada hacia fuera" (Antonio Cervera, Terror Fantastic nº 13, octubre de 1972)

"Las secuencias iniciales que terminan con la aparición de los títulos de crédito son de una perfecta factura (...) A la acción constante hay que añadir como aspecto básico del film los efectos especiales realizados como en muy pocas cintas españolas habíamos visto (...) Destaca la interpretación de Naschy, que encarna de forma inquietante y convincente a Alaric" (Carlos Noya, Terror Fantastic nº 25, octubre de 1973)

"El film está habilidosamente llevado, aunque se dejen notar bastantes baches en su realización y en su planteamiento, con una acentuación demasiado cargada en las escenas sangrientas con vísceras al aire libre (...) Cubre su línea y denota un plausible deseo de acercarse a todas las parcelas argumentales" (J. Urrutia, Palacio del Cine)

Sinopsis:

A mediados del siglo XV, un caballero francés es ejecutado a causa de sus crímenes, separándole la cabeza y enterrándola lejos de su cuerpo. El caballero, antes de morir, jura vengarse de sus familiares y de sus verdugos. Siglos después, dos descendientes directos, uno de aquel caballero y el otro de sus verdugos, son íntimos amigos y viven en París, donde se relacionan con sus novias y otra gente. Por curiosidad malsana, los amigos y sus compañeras deciden tras una sesión de espiritismo, volver a las tierras y al castillo de sus antepasados en busca de los restos del decapitado.

Equipo técnico:

Director: Carlos Aured. Producción: Profilmes. Argumento y guión: Jacinto Molina. Jefe de producción: Modesto P. Redondo. Producción ejecutiva: Ricardo Muñoz Suay, José Antonio Pérez Giner. Director de fotografía: Manuel Merino. Montaje: Javier Morán. Efectos especiales: Molina. Maquillaje: Julián Ruíz. Música: Carmelo Bernaola. Distribución: GM Films. Eastmancolor, Panorámico. Duración: 98 minutos. Lugares de rodaje: París y España.

Reparto:

Paul Naschy (Alaric, Armand y Hugo), Emma Cohen (Elvire), Vic Winner (Maurice), Cristina Suriani (Paula), Helga Liné (Mabille de Lancré), Betsabé Ruíz (Silvie), María José Cantudo (Anne), Francisco Llinas (Jean), Juan Cazalilla (Guarda), Ramón Centenero (Alcalde), Luis Ciges (René) y Julio Peña (Juan).

Estrenada en Madrid el día 30 de abril de 1973, en los cines Apolo, Fantasio, Gayarre, Lido e Infantas.

Características del DVD:

Contenido: 1 DVD-5.

Audio: Dolby Digital Mono Castellano.

Copyright de imágenes y sinopsis © Tripictures. Reservados todos los derechos.

Copyright de las citas entrecomilladas © Sus respectivos autores. Reservados todos los derechos.

Fuente de datos técnicos, artísticos y referencias de prensa: "Paul Naschy: El Ciclo de la Luna Llena" (Edición conmemorativa del ciclo dedicado a Paul Naschy en la Filmoteca Nacional. Ediciones Dorian. Noviembre de 1993).


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