Su verdadero nombre es Werner Stipetic y es hijo del matrimonio formado por un francés y una yugoslava. Werner Herzog pasó los primeros años de su vida en una zona rural de Bavaria, pero cuando su padres se divorciaron viajó con su madre a Múnich, donde ingresó en el Classical Gymnasium, centro de bachillerato que fue escenario de sus primeros intentos cinematográficos. Apenas era un adolescente, ya escribía guiones con el propósito de rodarlos algún día.
Descontento con la situación de su vida, se dedicó a vagabundear por todo el mundo: estuvo en Grecia y luego viajó a Manchester, donde practicó diversos oficios, entre ellos el de soldador. Aunque dejó abandonados sus estudios de Historia en la Universidad de Múnich, prefirió emigrar al otro lado del Atlántico. Fue decorador en una cadena televisiva mexicana (luego aseguró haber practicado el contrabandismo) y también cruzó la frontera estadounidense. Allí trató de trabajar en la televisión local, pero tuvo que conformarse con entrar en una empresa siderúrgica que desarrollaba proyectos para la NASA.
También obtuvo por esas fechas una beca Fullbright que le permitió estudiar en la Universidad de Pittsburgh. Cuando regresó a Alemania, pudo por fin comenzar el rodaje de varias películas, situadas en la línea de lo que por entonces eran los inicios del llamado "Nuevo cine alemán". En 1964 le fue concedido el premio Carl Mayer por el guión de Signos de vida, película que pudo filmar tres años después y que ganó el Oso de Plata en el Festival de Berlín, consolidando de ese modo una carrera cada vez más sólida y prolífica en cuanto a títulos.
Interesado por figuras marginales, a contracorriente de la historia, desde sus inicios procuró ahondar en la tragedia de seres aislados, incomprendidos por sus coetáneos. Ayudado en este propósito por su esposa, la periodista Martje Grohmann, fue concretando una filmografía que abarca un amplio espectro de temas, pero que tiene su centro en las voces interiores del individuo que se enfrenta a la naturaleza o la sociedad.
Así, en enero de 1972 Herzog convocó a un equipo internacional en los márgenes del río Urubamba, en Perú. Su nuevo proyecto era poner en imágenes el drama del rebelde Lope de Aguirre, y para ello necesitaba recrear su trágica epopeya en localizaciones alejadas de la civilización, como las selvas que rodean los ríos Huallaga y Nanay. Para lograr el reparto deseado, Herzog no dudó en reunir a Klaus Kinski -un Aguirre lunático y visionario- con un grupo de actores iberoamericanos, entre los cuales también había misioneros e incluso una tribu indígena de la cooperativa de Lauramarca. El resultado final (Aguirre o la cólera de Dios) fue un éxito en todo el mundo, precisamente por esa sensación de verdad que inspiraba cada plano: lo que en la ficción parecía una huida a ninguna parte, enfermiza y fatal, se manifestaba en imágenes poderosamente sugestivas, casi alucinantes, del infierno amazónico.
A la hora de plantear una estética para su película, Herzog alternó momentos dignos del romanticismo alemán con otros propiamente expresionistas, sobre todo a la hora de exponer la parte oscura y brutal de Aguirre y los suyos, buscando puntos de conexión con la barbarie propia de otros momentos de la humanidad. Era el mismo expresionismo que años después homenajearía, con desigual resultado, en Nosferatu.
Los textos originales y citas del autor en los que se basa este artículo fueron publicados en la revista "Todo Pantallas", en la "Enciclopedia Universal Multimedia" (Micronet) y en los libros "Historia General de la Imagen" (Universidad Europea-CEES, 2000) y "La cultura de la imagen" (Fragua, 2006). Reservados todos los derechos.
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