Rodada en 1959, Ben-Hur es una película épica, descomunal e inolvidable, en cuya realización participaron algunos de los talentos más destacados del Hollywood clásico.
A William Wyler le tocó en suerte rodar la tercera versión de la novela Ben-Hur: Una historia de los tiempos de Cristo, escrita en 1880 por Lew Wallace. El libro en cuestión –un best-seller que fue llevado al teatro antes de pasar al celuloide– es de una extensión desmedida, y sus ocho partes tienen una calidad muy desigual.
Al leerla, en opinión de su traductor, Juan Fernando Merino, "queda la curiosa sensación de que algo crucial ha fallado en la construcción del desmesurado y ornado edificio literario, y que no obstante muchos deben haber sido los aciertos del autor para conseguir que se mantenga el interés del lector (con inevitables altibajos, por supuesto), a pesar de la conclusión de elementos y propósitos tan dispares y de los excesivos vaivenes narrativos, los bruscos cambios de ritmo y hasta de género literario (Recordemos, por ejemplo, la marcada tendencia a interrumpir una descripción geográfica, un diálogo e incluso una acción en su momento culminante para abandonarse a una larguísima digresión que más pertenece al género del ensayo)".
¿Cómo es posible que semejante catafalco literario diese lugar a una película tan dinámica? En realidad, imágenes tan inolvidables como la carrera de cuadrigas o la batalla entre la escuadra de galeras y los piratas del Egeo tienen otra referencia, paralela al texto de Wallace.
En la segunda edición del libro, publicada por Harper & Brothers en Nueva York, las ilustraciones de William Martin Johnson se convirtieron en un poderoso atractivo. Otro artista que excitó la imaginación de los lectores fue el pintor español Ulpiano Checa, que inmortalizó en uno de sus lienzos esa carrera espectacular. Ni que decir tiene que, visto hoy, se entiende que el cuadro de Checa anticipase en buena medida la versión rodada por Fred Niblo en 1925 (existe una versión previa, de apenas diez minutos, estrenada en 1907).
El gigantismo de aquella adaptación –una extravagancia similar a las primeras producciones de Cecil B. DeMille– tiene su apoteosis en la mencionada carrera, captada por 42 cámaras y otros tantos asistentes.
Uno de ellos, William Wyler, fue el encargado de comandar el enorme equipo que volvió al universo de Lew Wallace en 1959.
El guión escrito por Karl Tunberg tuvo que ser recortado, sobre todo porque la novela comienza con el encuentro de los Reyes Magos en el desierto, y ello hubiera implicado un metraje inadmisiblemente largo. Para mejorar el libreto de Tunberg, dos intelectuales se sumaron al equipo de escritores no acreditados: Gore Vidal y Christopher Fry.
A Vidal se le adjudica el mérito de introducir, entre líneas, un subtexto homosexual. El propio Vidal ha dado detalles en torno a esa interpretación suya de la relación que une a Judá Ben-Hur y a Messala, y que atañe especialmente a este último. Los rumores han engrandecido esta aportación de Vidal, que quizá sea más un proceso de intenciones que una realidad. Quizá sea más sensato atribuir el tono de la trama y las bondades del libreto a un dramaturgo tan experimentado como Fry.
En todo caso, cuando la cinta se estrenó en el Loew's State Theatre de Nueva York el 18 de noviembre de 1959, nadie –o casi nadie– reparó en esa orientación de los protagonistas. De hecho, Ben-Hur se consideró entonces un espectáculo familiar, idóneo para toda clase de públicos y muy respetuoso con las creencias de judíos y cristianos.
Once premios de la Academia convirtieron a esta superproducción en un ejemplo de lo que Hollywood era capaz de hacer para que la audiencia, fascinada por la televisión, regresara a las salas de cine.
El estelar reparto estaba encabezado por Charlton Heston, quien daba vida a Ben-Hur, el comerciante de Jerusalén que se ve enfrentado por el tribuno romano Messala, su amigo de infancia, encarnado por Stephen Boyd. Aunque ahora es difícil imaginar a otro intérprete en el mismo papel, lo cierto es que antes se lo ofrecieron a Burt Lancaster, a Paul Newman y a Rock Hudson.
La trama es bien conocida. La caída accidental de una teja durante la llegada del nuevo gobernador de Judea, convierte a Ben-Hur y a su familia en sospechosos de rebeldía. Ben-Hur es condenado a galeras, y durante una batalla, salva la vida del cónsul Quinto Arrio (Jack Hawkins), quien lo convierte en su ahijado. Posteriormente, el jeque árabe Ilderim (Hugh Griffith) proporciona a Ben-Hur los corceles que le permitirán participar en esa carrera donde se ha de vengar de Messala.
La magistral partitura de Miklós Rózsa, una de las bandas sonoras más escuchadas de todos los tiempos, contribuyó a engrandecer la película con ese poderío épico que la caracteriza. En cualquier caso, más allá de las notas musicales, lo que realmente permitió de Ben-Hur se convirtiera en una producción monumental fue el presupuesto.
Metro-Goldwyn-Mayer pasaba por una crisis, pero en lugar de replegarse, decidió poner quince millones de dólares a disposición de Wyler, que rodó la película en formato de 70 mm. y distribuyendo la acción en trescientos decorados distintos.
Al final, esa confianza se vio recompensada con una recaudación inicial de noventa millones de dólares.
La influencia de la versión de 1925
Cedric Gibbons, cuya maestría se mantuvo durante décadas, había debutado en 1915 en los Estudios Edison para proseguir después su carrera en el departamento de decorados de la Metro-Goldwyn-Mayer hasta 1956. Precisamente en los citados estudios comenzó su colaboración con uno de los técnicos de efectos especiales más brillantes de todos los tiempos: Arnold "Buddy" Gillespie.
Gillespie y Gibbons trabajaron en una de las producciones más notorias de esta época, la mencionada versión de 1925 de Ben-Hur. La historia de los desastres que jalonaron aquella filmación de esta historia habla por sí sola de los riesgos que comportaban algunos de estos rodajes.
Para empezar, las disensiones políticas durante las localizaciones en Italia -tiempos de fascismo- provocaron la falta crónica de electricistas competentes. Durante el rodaje de la carrera de cuádrigas, docenas de caballos y por lo menos un especialista resultaron muertos, y aún se siguen haciendo conjeturas sobre cuántos figurantes se ahogaron durante la batalla naval entre los barcos romanos y los galeones piratas. Fue entonces cuando una denuncia por estafa a la compañía Goldwyn obligó a Louis B. Mayer e Irving Thalberg a regresar a California y terminar Ben-Hur con la ayuda del equipo de efectos especiales de la MGM.
La trágica batalla naval se completó con la ayuda de modelos a escala realizados en un tanque de estudio, en tanto que el sistema de travelling de Frank Williams alcanzaba uno de sus mejores momentos en la secuencia en que se muestra la destrucción del Senado. En realidad, el sistema de Williams se basaba en la unión de decorados pintados a mano, que eran extremadamente útiles en aquellas tomas en que trozos de mampostería caían entre los actores y la cámara.
Aún eran más impresionantes los planos de las miniaturas. Modelos diseñados por Cedric Gibbons y Arnold Gillespie representaban los niveles superiores del Circo Máximo donde se celebraban las carreras de cuádrigas. La pista principal del Circo Máximo fue primero construida en los alrededores de Roma, donde algunos planos fueron rodados por el director escénico Breezy Eason. Cuando la unidad completa se envió de regreso a California, Eason tuvo que esperar cuatro meses hasta que se construyó una nueva pista para él en la esquina entre La Ciénaga y el bulevar Venecia, en las instalaciones de la MGM. Este escenario era gigantesco. Medía casi un kilómetro de largo, aunque estaba construido sólo hasta el nivel de la primera fila de asientos. En los planos generales, las filas superiores del estadio eran representadas por un modelo a escala, que era suspendido frente a la cámara, a la vez que se filmaba a través de un cristal. Gracias a ello se filmaban simultáneamente el modelo y las gradas llenas de público.
Los planos a través del cristal no resultaron como se esperaba, porque Gibbons y Gillespie sólo habían diseñado la miniatura para que fuera rodada con el escenario cuando la cámara hiciera una panorámica, sin necesidad de detalles de movimiento. Para remediarlo, llenaron el estadio con diez mil espectadores de cartón que, unidos mediante un sistema de varillas, se levantaban y saludaban al unísono de los extras de carne y hueso, algunos de los cuales eran, por cierto, celebridades de Hollywood.
Aquella versión muda de Ben-Hur costó cuatro millones de dólares, fue un gran éxito popular y, a pesar de las pérdidas económicas, salvó del desastre el prestigio de sus artífices. Pero sus consecuencias van mucho más allá.
Como señala Christopher Finch, el retorno a los rodajes en estudio se atribuye por regla general sólo a la aparición del sonido, pero una película como Ben-Hur señala también el canto de cisne de las grandes localizaciones exteriores y la prueba palpable de que los efectos especiales resolvían de raíz problemas técnicos y financieros. Ésta sería una de las causas principales de esa vuelta a la filmación en estudio, donde el número de efectos especiales se multiplicaba, y prueba de ello fue el apresuramiento de todas las compañías norteamericanas para crear, a finales de aquella década de los veinte, departamentos de efectos ópticos especiales, de los cuales Cedric Gibbons y Arnold Gillespie habían sido precursores.
Para filmar la versión de 1959, William Wyler contó con un equipo muy experimentado, que aprovechó el legado técnico de la anterior versión.
El encargado de dirigir la segunda unidad en los Estudios Cinecittà, donde se filmó la carrera de cuadrigas fue Andrew Marton, que aprovechó un decorado excepcionalmente grande: el Circo Máximo, ocupado por 15.000 extras.
Aunque el especialista Nosher Powell extendió el rumor de que un compañero había perecido durante el rodaje de una escena, el jefe de especialistas Yakima Canutt confirmó una y otra vez que nadie había salido gravemente herido de esta legendaria producción.
(Publiqué parte de este artículo en mi libro Cinefectos: trucajes y sombras. Una aproximación a los efectos especiales en la Historia del Cine)
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