Aparte de películas e historietas, «Cantinflas» ha producido un modo peculiar de articular el lenguaje.
El inmortal personaje habla de manera descompuesta, sin respetar las convenciones ni las reglas que ordenan el diálogo. Su estilo es único, lleno de color, vuelto hacia la expresividad más que hacia la gramática. Bajo esa inspiración puramente especulativa, improvisa un léxico rico, desconcertante, encontrando su manera en la articulación imprevisible de los contenidos.
Ninguna escena es tan divertida en sus películas como aquélla en que pierde toda esperanza de rematar una frase con coherencia. Para acotar esta variedad y flexibilidad, citaré unas líneas de María Moliner y su Diccionario de uso del español.
cantinflear (de «Cantinflas», famoso personaje del cine mejicano) 1 (Méj.) intr. «Hablar de forma incongruente y sin decir nada». 2 (Méj.) «Actuar de forma disparatada».
En esta línea, la operación humorística de «Cantinflas» se basa en la desenvoltura.
En no menor medida que los mejores cómicos del absurdo, formula un despilfarro impronunciable de palabras, una ruptura radical de los protocolos del idioma. Esa gozosa franqueza revela que no tendrá miedo de ser lo que es: un tipo bondadoso, sentimental, tierno y dicharachero, representante de una humanidad despojada que confía en los principios morales.
En plena consonancia con la circunstancia sociopolítica mexicana, el actor Mario Moreno Reyes (1913-1993) reproduce en su personaje una serie de episodios y cualidades que también figuran en su biografía.
Es la suya una familia de varios hermanos, modesta en lo económico, muy próxima a los núcleos de pobreza que rodean Ciudad de México. La incertidumbre con que ve su futuro y el de sus amigos acaba diluyéndose con sentido del humor, y ese talento para la sonrisa va a ser, irónicamente, el medio que ha de llevar a Mario hasta la riqueza.
Como actor en las carpas y teatros de revista, vuelve a tocar el nudo de la miseria al dar vida a un pícaro y alborotado vagabundo, eco fiel de su barriada.
En el escenario, comienza tematizando la vida del arrabal, para terminar definiendo una peculiar forma de ver el mundo, no exenta de matices polémicos.
Cuando busca determinar su personaje —ese «pelado» de bigote escaso y pobre vestimenta—, la industria de la publicidad y el cine festejan su idea, apropiándose de la criatura. «Cantinflas» será, en adelante, un dibujo animado carnal, cada vez más estilizado y reiterativo.
Ahí está el detalle (1940), de Juan Bustillo Oro, es su primer éxito internacional. Encarna a Picaporte, el criado de Phileas Fogg en la superproducción La vuelta al mundo en 80 días (Around the world in 80 days, 1956), de Michael Anderson, y luego regresa a México para filmar, a las órdenes de Miguel M. Delgado, comedias tan populares como El bolero de Raquel (1956) y Sube y baja (1958).
Todo ello lleva a Mario Moreno a reforzar los rasgos distintivos del cantinflismo en una serie de películas que, con menor frescura, le sirve para traducir el horizonte esperanzado de una serie de gremios. Así, en plena consonancia con el modelo, estrena filmes como El padrecito (1964), El señor doctor (1965), El profe (1970), El patrullero 777 (1977) y El basurero (1981).
Desde el punto de vista crítico, la saga es de interés decreciente, si bien es cierto que, a otro nivel, el actor hace valer en ella su rostro humano, su modelo de justicia social. No en vano, este ciclo ha contribuido a convertirlo en un emblema mexicano, famoso además en todo el mundo hispanohablante.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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