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Centenario de Anna Magnani

Anna Magnani

Cien años se cumplen desde el nacimiento de Anna Magnani, la inolvidable estrella de La rosa tatuada y Mamma Roma. Hacia el final de su vida, intervino en el telefilm La sciantosa (1970), de Alfredo Giannetti, donde encarna a Flora Bertuccelli, una cantante venida a menos que actúa para las tropas italianas durante la Gran Guerra. Cargada de adrenalina, la actriz elaboró su personaje con una intensidad poco frecuente, esforzándose a cualquier precio por lograr un objetivo: componer su parte con ternura retrospectiva. No en vano, durante la filmación, dejó traslucir una mal disimulada añoranza por esos papeles a los que, tiempo atrás, otorgó el resplandor de lo auténtico.

 En La sciantosa, el linaje de Magnani se desveló en sus principales registros. La mamma quedó aquí caracterizada de una forma imposible de mejorar –sus hijos adoptivos son esos soldados para quienes canta O surdato 'namurato–. El turbio destino de la Bertucelli, sumada a su convicción de que el porvenir no está sujeto con remaches, facilitó a la actriz una nueva ocasión de componer otra de sus heroínas trágicas. Y a pesar de que alguien pueda quejarse del exceso de la oferta, Magnani añadió a la mezcla un humor colorista, socarrón; por ejemplo, cada vez que Flora ocupa el camerino e insulta a su asistente con una fluidez volcánica.

Ya se sabe que, si hablamos de psicoanálisis, la ficción a veces da buenos resultados. Por eso La sciantosa me parece una de las versiones más redondas de lo que Magnani llevaba dentro. A falta de diván, la cinta de Giannetti nos sirve de diagnóstico.

El talento de la italiana es uno de los más legendarios y, con mucho, el más difícil de analizar. Su influencia fue indeleble. En una cultura enfangada por los clichés, lo más socorrido es depurar su estilo con palabras como intensidad o desgarro. Este impresionismo prevalece en bastantes notas de prensa, en las que se concibe su filmografía como un todo unitario, donde la lógica impera. Después de todo, la Magnani creó un arquetipo. Y eso conlleva estas servidumbres.

Sostenido por una penetración psicológica electrizante, el repertorio de la actriz es inmenso, e incluye lecturas de lo más variado. Pocos opinarían que ese dramatismo de buena ley era perfectamente inexplicable para ella. “Verá –le confesó a un periodista–, un actor, una actriz… es algo muy complejo de definir”.

A quienes la identifican con la sombra enlutada del neorrealismo, les divertirá saber que ella entendía su oficio por medio de sentimientos como el egoísmo, el egocentrismo, el exhibicionismo y ese algo más que forma parte del embrujo. ¿Le animaba lo primero o lo último? Nunca lo sabremos.

La fuerza que luce su papel de la Sora Pina en Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini, tiene un gran peso en el imaginario italiano. Pero quizá la intensidad de Pina –esa mártir conmovedora, inspirada en Teresa Gullace– resulte más asequible si observamos el auténtico rostro de Magnani: criada por una madre soltera que no supo quererla, curtida en el cabaret y el teatro ambulante, y llena de amor por su hijo enfermo, Luca, fruto de un amor extramatrimonial con el actor Massimo Serato. Y es que, como dio a entender Renoir en La carroza de oro (1953), resulta de lo más tentador franquear los límites indiscretos que se elevan entre realidad y representación.

“Su personalidad era genuina”. Lo dijo Francesco Rossi, y probablemente esas palabras definan mejor la mecánica de su existencia. No importa si nos fijamos en su etapa final, cuando Fellini la persiguió en Roma (1972), poco antes de que se la llevara un cáncer de pancreas, o en sus años de esplendor, cuando todos la adoraban: desde Tennessee Williams –“Nunca vi mujer tan hermosa”, llegó a decir– hasta el público de las barriadas marginales, que daba por buena la idea de que ese mito pertenecía al pueblo.

Todo lo cual está muy bien. Y sin embargo, remite a otro cliché. Abreviando: el mundo interpretativo en el que se mueve Magnani conlleva amargura, y ésta, a menudo, es muy buena para la creatividad. Por eso, a un nivel muy primario, identificamos intuitivamente a la actriz con una madre coraje o con una amante defraudada por la suerte. En definitiva, con alguien que se desangra por dentro.

Claro que uno se cuestiona si ella, cuando coquetea o se parte de risa en las entrevistas, quiere hacernos pensar que está de broma… pero no lo está. De nuevo habrá que preguntarse: ¿por qué no prescindir del aderezo mítico? ¿Por qué empeñarnos en que la biografía corrobore la leyenda?

En este sentido, les animo a ver un documental que fue estrenado entre nosotros en 1981: Yo soy Anna Magnani, de la realizadora belga Chris Vermorcken. La cinta incluye suficientes testimonios de la actriz como para arrinconar las solemnidades y disfrutar con su tierno humor.

He aludido sin orden a los estereotipos de los que ella se apropió. Pero aún me queda lo más importante. En busca de la auténtica felicidad, esta romana encontró su destino en el teatro, actuando junto al cómico Totò.

De ahí en adelante, Anna Magnani –sin convenciones ni encasillamientos– mostró una imponente ductilidad en el escenario. “Siento un cierto temor de afrontar el reto –declaró antes de un estreno–. Pero volver al teatro supone retornar a mis orígenes, y ser libre”. (Aspirantes a actores, por favor, tomen nota).

Nadie va a descubrir a estas alturas que ganó la inmortalidad gracias al cine. Por eso eligió sus papeles sin improvisación. Sin prisas. ¿Razones? Sólo nos dio una (la que mejor describe su lugar en el mundo): “Saber que, al mismo tiempo, hay veinte millones de personas observándome, juzgándome… La verdad, es un poco traumatizante. Pero a la vista del resultado, la sensación es muy bella”.

Esta es una versión expandida de un artículo que publiqué en el diario ABC en marzo de 2008.


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