Alfonso S. Suárez, en su documental Voces en imágenes, descubre todos los secretos del mundo del doblaje, una actividad que, al margen de la calidad de los actores que se dedican a ella, siempre genera acaloradas polémicas. A lo largo de las próximas líneas, el escritor Blas Matamoro expone variadas razones en contra de esa forma de traducción.
Aunque las llamadas “salas de arte y ensayo” y buena parte de los programas de filmoteca en televisión, pasan películas en versión original, subtituladas, la norma española sigue siendo la del doblaje. Hay compañías especializadas en el asunto y actores que viven de prestar (y arrebatar) sus voces a otros actores.
En otros tiempos, el doblaje tuvo razones muy puntuales para dominar: la falta de alfabetización, sobre todo en zonas rurales, hacía inviable la exhibición de films con leyendas; a su vez, la censura franquista se valió del doblaje para alterar ciertos momentos de películas que resultaban inconvenientes para los cánones protectores que animan a tan quirúrgica institución.
En este último terreno, los ejemplos pintorescos suman decenas. Los más curiosos resultan ser los “episodios de afonía”: de pronto, los personajes pierden la voz, mueven los labios pero no se los oye.
Al revisarse el doblaje, se añaden voces distintas, por lo cual se llega al inquietante efecto de un actor que altera su voz por unos segundos y luego la recupera. En Grupo de familia en un interior de Luchino Visconti, se quitaba el carácter de hermanos a dos personajes, para evitar que sus relaciones fueran incestuosas. Pero en Mogambo de John Ford, para disimular un adulterio se lo convertía en incesto.
Hasta hace unos años se doblaban hasta las películas hispanoamericanas, por temor a la extrañeza idiomática que podía producir el castellano de México o Argentina.
El doblaje, aparte los pintoresquismos y la facilidad para el espectador de ahorrarse toda la lectura, es, desde el punto de vista de la simbólica cinematográfica, un disparate.
No sólo quita al actor su voz, sino que le quita el idioma y el acento, componentes esenciales de su expresividad.
Un actor no sólo habla en inglés de Oxford, sino que gesticula en inglés de Oxford, que no es el de Austin o el de Jamaica. El juego patético y barroco de un actor ruso no puede sino ser dicho en ruso.
No digamos la actuación de un chino o un japonés, cuyos códigos sonoros son radicalmente distintos de los occidentales. Gran parte de la sugestión o la expresividad de ciertos actores radica en su voz o en su articulación, cuando no en determinadas peculiaridades o aun defectos de dicción.
¿Quién puede sustituir la cavernaria oscuridad de voces como las de Greta Garbo, Charles Boyer o Marlene Dietrich? ¿Quién puede imitar el “descuido” con que frasea Louis Jouvet? ¿Cómo reemplazar la soñolienta abulia y el austero desencanto que trasunta el decir de Humphrey Bogart?
El doblaje hace hablar a un chiquillo del Bronx como a un duque inglés, a un campesino napolitano con el acento de un médico milanés
¿Qué diría un espectador español si oyera hablar con la misma jerga indiferente a un andaluz y a un gallego?
Para colmo de males, los actores que se dedican al doblaje suman unas pocas voces. Al tiempo de ver films doblados, se les reconoce el timbre y la dicción, que suelen ser, todo hay que decirlo, cuidadísimos.
Resulta así que todos los actores del mundo y de la historia del cine tienen las mismas veinte voces y hablan todos un castellano más o menos neutro y aséptico, con las consecuencias previsibles: monotonía, pérdida de matices, encierro idiomático. Un poco, los ideales culturales del franquismo: la provincia hermética, soberbia e ignorante.
Es evidente que el cine sonoro exige, para su total percepción, una cultura poliglota. Pero, en su defecto, hay que optar por los films doblados o subtitulados.
Ambas variantes son servidumbres, algo se pierde en cualquiera de los casos. Pero así como no resulta legítimo alterar el sistema de color de una película, o su calidad de banda sonora, es mutilador e impertinente practicar esta cirugía plástica que sustituye una parte decisiva en la realidad simbólica del cine. Esta alteración por efecto del doblaje llega, a veces, a provocar interferencias en la percepción.
En Ensayo de orquesta de Fellini un director alemán conduce una orquesta en que los músicos son de distintas regiones italianas y se los identifica por su acento.
El drama del cuento se esfuma cuando estos acentos se unifican. Los esclavos negros de las películas norteamericanas suelen ser doblados por actores cubanos, como si en el mundo de habla castellana todos los cubanos fueran negros y esclavos (fantasía racista que halagaría a mucha gente).
Se llega al disparate extremo de que los mismos actores españoles -hay excepciones, como Fernando Rey- cuando filman fuera de España, suelen ser doblados, si la copia que llega a su patria viene en otro idioma que el nativo. En este aspecto, como en tantos otros, España es llevada, por las buenas o las peores, hacia un mundo lleno de gente distinta, de culturas diversas, hasta de lenguas variadas.
Copyright de la fotografía de Voces en imágenes © Verité de Cinematografía. Cortesía de Alfonso S. Suárez. Reservados todos los derechos.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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