
Dispersos en el tiempo, los largometrajes del bonaerense Aristarain no se constituyen como trama unívoca.
Es más, elude su creador ese determinismo temático que suele desembocar en la más pura y simple rutina.
En ese derrotero, cualquier empeño clasificatorio ha de dirigirse hacia su estilo narrativo, bajo cuya superficie irrumpen las esencias, ritmos y protocolos del cine clásico hollywoodense; estrategias que Aristarain atrapa en su telaraña personal para luego enriquecerlas con una profundidad de mirada que, por costumbre, identificamos con el cine europeo. Una mixtura que no ha de asombrar, pues nuestro cineasta fue ayudante de dirección de artistas tan particulares como Gordon Fleming, Melvin Frank y Mario Camus, variados tanto en disposición como en expresión.
De ahí que, al madurar con esa tutela su autonomía imaginativa, el realizador muestre desde sus comienzos un oficio que, ya bajo una perspectiva crítica, se ve contaminado por presencias muy distantes, como Sam Peckinpah, Jean-Pierre Melville, Don Siegel y Howard Hawks.
Películas de su primera etapa, como el policiaco La parte del león (1978) ilustran esta doble pertenencia. Lo mismo cabe decir sobre Tiempo de revancha (1981), una producción que se ambienta en un yacimiento minero para articular esa denuncia social que tiñe parte de la filmografía de Aristarain.
Por cierto que su protagonista, Federico Luppi, es también el actor principal de Últimos días de la víctima (1982), otro ejemplo de cine bajo la influencia de la medianoche: cine negro que nadie ignora, de solemnidad inquietante, con pasiones bruscamente excitadas y efectos de sombra que el guión proyecta sobre los personajes.
Quizá esta vez el director siente la necesidad de ajustar cuentas con sus clásicos (se da por sabido que es un cinéfilo), y por eso se acerca al capítulo de los géneros. Con todo, un par de galardones, el Premio de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina y el Premio a la mejor película en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, sirven para ajustar la lente de los especialistas, quienes definen a Aristarain como el director argentino más internacional.
Hasta esa fecha, la adhesión de Adolfo al cine policiaco tiene su hora de éxito en las salas de cine. Pero mediante un encargo español —la serie Pepe Carvalho— el argentino rompe un nuevo precinto —el televisivo— para poner su habilidad al servicio de Manuel Vázquez Montalbán y su detective literario. Todavía muy cerca de Últimos días de la víctima, este Carvalho de los ochenta expresa de forma aún más agria ciertas concepciones del realizador. Perdiendo el aliento, hay en ambos trabajos un sombrío conjunto de personajes que huyen en la misma dirección, hasta que sus ojos se habitúan a la negrura. Pese al extendido lugar común, predomina en ellos la idea de un desorden mundanal que deben esquivar, so pena de ser domeñados por el desconsuelo.
En contraste, al artista le ha interesado mostrarnos en sus últimas producciones el alma esperanzada. Esto es: la utopía breve y vitalista de Un lugar en el mundo (1992), esa película con el sabor de las lecturas prohibidas, por todo cuanto tiene de agitación, fiel a la letra libertaria.
Y sin agotar el desarrollo, añadimos aquí la divertida peripecia de La ley de la frontera (1995), y con más realce, la sutileza amorosa, largo tiempo madurada, que prueba Martín (Hache) (1997). En definitiva, esquemas del sentimiento y, como ejercicio crucial, la confrontación con el espejo. ¿No será éste el genuino desafío del cine?
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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