Como narrador cinematográfico, Ripstein cuida su caligrafía.
Calculando cada emoción, lo extremoso de sus argumentos viene siempre atenuado por un ejercicio de cámara funcional, lleno de sensatez expresiva, diseñado pura y simplemente para guiar la mirada del espectador a través de un territorio sin desplazamientos barrocos. Así de sencillo.
A fuerza de resumir estas cualidades, de entre sus declaraciones recientes nos quedamos con aquella que define Hombre con guitarra, su película sobre el cantautor cubano Silvio Rodríguez. «Lo que yo filmé —dice Ripstein— no es un documental en el sentido estricto. No es un documental que retrate la realidad, sino un documental sobre la irrealidad».
Quizá el lector, perplejo, relea el testimonio con extrañeza, y al terminar de hacerlo vuelva a pensar en las frases hechas que tanto abundan en las conferencias de prensa y en las promociones cinematográficas. Mas no es el caso. Todo eso y aún más cuece en la olla de este mexicano genial, para quien filmar es «el reflejo de un reflejo, un juego de espejos, un juego de miradas, de complicidades y, sobre todo, de símbolos». Lo singular del caso —visto desde ese horizonte irreal que destacábamos— es que gran parte de su cine alberga ejemplos de amor ilusorio, casi fantasmagórico.
Son los suyos melodramas febriles, como un sueño de cuaresma. Al fin y al cabo, es posible que sólo desde la ensoñación podamos calibrar ciertos personajes y prototipos que habitan su filmografía: la mujer que nunca tuvo suerte con los hombres, la familia que se muere a chorros en los claros de la ciudad y, agravando el daño, la legítima rareza de quien asesina y, al tiempo, sabe bien cómo enamorar. En suma, bucea Ripstein en los hondones del espíritu para medir el peso agobiador de las víctimas.
Y así, repasando este muestrario, vamos a considerarle, al igual que a su maestro Buñuel, un entomólogo que observa las pasiones humanas como quien ve la seducción de una mantis religiosa. (Ya saben, ese animal que ruega a Dios mientras ejercita el más destructivo de los afectos.)
Como queda dicho, hay bastante de Buñuel en el planteo ripsteiniano. Parece importante reseñar de entrada que, casi con pantalón corto, el mexicano participó en el rodaje de El ángel exterminador (1962). Para no cansar al lector, citaremos nada más que un saludo del discípulo a su tutor aragonés: El evangelio de las maravillas (1997), aquel filme con el cual Ripstein prolongaba la ironía iconoclasta de don Luis. Dejando esa puerta abierta, cabe añadir que el director se ha identificado desde sus inicios con el oscuro objeto y describe cada vez mejor un mundo que empieza a resquebrajarse, quizá también por culpa del amor, pues no hay cataclismo más surrealista y entreverado de irrealidades.
De un tiempo a esta parte, el proyecto artístico de Ripstein es reiteradamente premiado.
Claro que películas como El lugar sin límites (1977), Principio y fin (1993), La reina de la noche (1994) y Profundo carmesí (1996) no son ajenas a ese triunfo. La Concha de Oro del Festival de San Sebastián (1993), el Premio Nacional de las Ciencias y Artes de México (1997) y la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (2000) escalonan un agradecimiento ritual que, mirado en su conjunto, parece entronizar desde las instituciones a un creador que ya fue homenajeado por el público de medio mundo. Ideas penetrantes, empuje, sentimiento y generosidad caracterizan a este cineasta de lo irreal, si admitimos la definición que abría nuestro escrito.
Como se comprenderá, no añadiremos la funebridad, por más que algunos críticos hayan destacado tanto episodio macabro en su cinematografía. Por cierto: del humor con el que se toma Ripstein esa lindeza tenemos un testimonio de buen sentido: «La verdad es que siempre me recuerdan la cantidad de muertos que dicen que aparecen en mis filmes. Pero con todos los de mi carrera, no lleno ni una habitación comparado con los que destroza Schwarzenegger en cada una de sus películas». ¿O acaso alguien lo dudaba?
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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