El director argentino Fernando Ezequiel Solanas ha desarrollado como nadie ese tipo de cine político que a partir de los años sesenta fue ganando prestigio en la clandestinidad hispanoamericana, y aún más en las salas de arte y ensayo europeas.
Si pasamos revista a la filmografía de este realizador, afloran entre fotogramas las contradicciones y fundamentalismos, el arrojo y las ilusiones de aquel periodo histórico que ahora, más sosegadamente, se revisa a contraluz, matizando esa iconografía sagrada de la revolución que tanto arraigó a ambos lados del océano.
Pero narremos con orden la historia. Corre el año 1966, y desde su credo ideológico, Solanas comparte entusiasmo con el escritor Octavio Getino, quien le ayuda a fundar el Grupo Cine Liberación.
Contrariando a las autoridades, este colectivo de nombre tan sonoro es el origen de un conocido tríptico documental: La hora de los hornos: notas y testimonios sobre el neocolonialismo, la violencia y la liberación (1968).
Dicho con brevedad: el lineamiento revolucionario de Solanas dispone el telón contra el que cobran cuerpo las siluetas de su proyecto social. En homenaje a ese plan, dirige junto a Getino dos documentales que responden perfectamente al tono de su época, Perón: actualización política y doctrinaria para la toma del poder (1971) y Perón, la revolución justicialista (1971). Si bien el contorno del peronismo se prolonga en Los hijos de Fierro (1972), la turbulencia política argentina fuerza el exilio del cineasta en Francia, de forma que sus fervores acaban desembocando en añoranzas. Su obra se torna así memorial del destierro, primero musicalmente, en Tangos, el exilio de Gardel (1985), y luego apelando al repertorio de recuerdos personales, en Sur (1987).
Devastada por la barbarie, la sociedad argentina ingresa en la democracia con esperanza. El marco de lectura es otro, y Solanas remodela la insistente retórica de antaño, de ahí que su nuevo filme, El viaje (1992), se aleje de polos muy conflictivos a la hora de narrar la aventura de un joven ciclista en ruta por el continente. Inflexión importante: el cineasta comprometido se convierte en político, e incluso lo eligen diputado nacional. Ello explica un eclipse de cinco años en su quehacer cinematográfico. Por lo demás, ese empeño parlamentario concluye cuando acomete el rodaje de La nube (1998), en donde se reafirma en sus convicciones.
¿Quién mejor capacitado que el realizador para describir un arte a la medida de sus ideales?
A diferencia de lo que sucede con otros cineastas tentados por la letras, en los escritos de Solanas no hay enigmas bibliográficos ni seudónimos. Para comprobarlo, cabe detenerse en el estudio de dos obras por las cuales puede buscarse la resonante ideología del director.
Ciertamente, le viene a la pluma esa memoria política que ya hemos apuntado, ligada siempre a un criterio cinematográfico que alcanza un alto grado de madurez y penetración. Este Solanas ensayista dista mucho de la tibieza, como no puede ser menos en un testigo que decide convertirse en actor del cambio. Por de pronto, en Cine, cultura y descolonización (México D.F., 1979) describe junto a Octavio Getino las pautas del proceso imperialista y su efecto en la actividad fílmica, proponiendo además el programa cultural que debe reaccionar a ese dominio. Se coincida o no con la letra del manifiesto y su lema, este libro proclama una militancia con vibraciones múltiples. En todo caso, y al margen de su influencia real en el público, Solanas reconoce en la cinematografía un método revolucionario elevado a la categoría de arte.
Con esta certidumbre, el realizador reitera su testimonio en La mirada: Reflexiones sobre cine y cultura (Buenos Aires, 1989), donde da cuenta de no pocos objetivos a la hora de rodar.
Innecesario parece ya insistir en la coherencia del director. Cerca ya de acabar este esbozo, vamos a eludir tópicas interpretaciones y viñetas de línea clara. Para reprimir el exceso esquemático, nada mejor que atender la palabra del protagonista. No hace mucho, el crítico José Agustín Mahieu citaba un texto en el que se verifica la hipótesis de trabajo de Solanas. Es interesante consignarlo para verbalizar un proceso que excede al propio cineasta: «Desde hace más de treinta años yo trato de liberar mi lenguaje, de liberar mi conciencia. Liberar mis capacidades y mis métodos, para sumarlos a la construcción de un país más libre. Un país más justo, más hermoso, en el que podamos reconocer y recrear nuestra identidad. Camino por cierto inconcluso y lleno de todos los riesgos».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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