En el índice de realizadores peruanos el nombre de Lombardi siempre aparece subrayado.
Dentro de los márgenes del cine iberoamericano, se trata de un director exitoso. Valga como atenuante el hecho de que además tiene talento, y mucho. Pensemos que su filmografía se nutre de arquetipos nacionales, de voces oídas, de la apretada substancia que otorga la identidad. Y, venturosamente, ello no impide que cruce fronteras para alcanzar difusión internacional, siempre dentro de las vicisitudes a las que obliga el capital compartido. En esa dimensión de lo productivo, México y Francia financian Sin compasión (1994), España y Alemania Bajo la piel (1996), y por aquí podríamos continuar sin caer nunca del otro lado, pues Lombardi refracta su paisaje pero no abandona esa realidad temporal y terrenal que le pertenece.
Así transcurre su carrera: en la raíz de su expresión aparece Perú, sin la combinatoria de elementos que suele deparar una coproducción, por más cautelosa que sea. Sirva de ejemplo su largometraje No se lo digas a nadie (1997), inspirado en la novela homónima de Jaime Bayly: rindiéndose al color, los actores españoles del reparto actúan con acento limeño o son doblados por intérpretes locales, con una voz hecha a la medida del relato. ¿Quién sería capaz de quejarse?
Para mejor entender la tenacidad de sus maneras, vale la pena echar un vistazo a la biografía del artista, envenenado desde joven por la imagen. Si bien es natural de Tacna, su sombra se agranda en Lima, en cuya universidad se aficiona tanto al cine que no duda en viajar hasta Argentina, para recibir las enseñanzas de Fernando Birri en su heterodoxa escuela de documentalistas. Es allí donde comprende que los personajes que reclaman su atención llevan tiempo humillados, no están preparados para el éxito ni se obstinan en perseguirlo. En todo caso, se limitan a bajar la mirada cuando no resisten más.
En 1969 entra en Perú con un excelente currículo. Otra vez vuelve a ensayar proyectos y mientras tanto, escribe críticas en El Correo y Hablemos de cine. Redescubrir el tono de su juicio carece hoy de importancia, pues a lo largo de los años nada cambia tanto como el análisis cinematográfico. Quien lo dude, puede acudir a las hemerotecas y así registrar contradicciones. En cambio, sí ha de interesar otro detalle: un cambio legislativo favorece la formación de nuevas compañías productoras, lo cual sirve a Lombardi para fundar Inca Films. No es casual que con su sello lance al mercado varias obras de cine y televisión, respondiendo a esa cualidad que el público espera.
¿Será verdad que el mercado es voraz? Deseoso de aclarar la cuestión, el realizador se arma de valentía y tiñe de política su cine, para así llamar la atención de quienes pueden cambiar voluntades. Sin caer en la comercialidad ni abaratar el mensaje, Lombardi coloca entre los perseguidos el caballo de cartón del retratista. Con Muerte al amanecer (1976) se aproxima a un condenado cuyo juicio fue arbitrario; en La ciudad y los perros (1985) reproduce las miserias del acuartelamiento militar descrito en la novela de Vargas Llosa; y a través de La boca del lobo (1988) logra airear en voz alta los temores del campesinado, víctima de un infame asedio guerrero.
Poco más hay que ampliar para urdir su antología. En la forma en que se verifica la perturbación de Lombardi, la piedad cae de parte de aquellos que buscan una salida. ¿Ejemplos? Baste con señalar un título, Caídos del cielo (1989). Para habitar ese relato, los personajes rondan el patetismo: dos ancianos que todo lo venden para adquirir su mausoleo; un locutor que idea programas de ayuda mientras desoye sus propios dictados y pierde el ánimo; y una mendiga ciega que se abre aún más a la ruina cuando le regalan un puerco. Fragmentos, en suma, de una totalidad sombría, ya instalada en el dolor.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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