Antes de poner el acento en la filmografía del argentino Leopoldo Torre Nilsson, hay que insistir en un detalle familiar que nos explica su vocación.
La anécdota es elocuente: cuando el futuro director acude por primera vez a los Estudios Filmadores Argentinos (EFA), lo hace junto a su padre, el cineasta Leopoldo Torre Ríos.
En efecto, ya desde el mismo comienzo de su carrera, comparte con su progenitor las tareas en el plató, primero como ayudante de dirección y luego afrontando conjuntamente la tarea de realizar una película: El crimen de Oribe (1950).
A decir verdad, su verdadero estreno tras el objetivo es un cortometraje experimental, El muro (1947), con los signos más evidentes de vanguardia que en la época se dan.
En 1956 estrena Graciela, adaptación cinematográfica de la novela Nada, escrita por Carmen Laforet. La vena literaria que marca los comienzos del director se transforma pronto en un elemento constante, pues Torre Nilsson contrae matrimonio con la narradora Beatriz Guido, su guionista más fiel. Fruto de esa colaboración es el filme La casa del ángel (1957), galardonado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
Este trabajo sobre la burguesía argentina corresponde muy bien a los rasgos que habrán de caracterizar sus obras más personales: la mezcla de rencor y deseo, las incertezas de la existencia, los síntomas neuróticos, el reconocimiento de la crisis familiar y la omnipresencia de una sexualidad reprimida.
Como colaboradora cercana de su esposo, Beatriz Guido da libre curso a ese rumor de la conciencia que describe los movimientos furtivos de la sociedad bonaerense. Recordemos a este propósito libretos como Fin de fiesta (1960), La mano en la trampa (1961), La terraza (1963), El ojo de la cerradura (1964) y La chica del lunes (1966). Siendo la finalidad de estas obras sondear la intimidad, resalta, en contraste, el largometraje Martín Fierro (1968), nueva incursión del cineasta en la tarea de traducir lo literario al cine. Veamos lo que el mismo Torre Nilsson dice a este propósito en una entrevista con Emir Rodríguez Monegal:
"Sobre José Hernández no había la influencia del cinematógrafo como la hay, sin duda, sobre Carlos Fuentes y sobre casi toda la novelística contemporánea. Como es bien sabido, el cinematógrafo ha gravitado y sigue gravitando mucho sobre la literatura contemporánea. Ahora me parece lógico que, al mismo tiempo, el cine reciba como herencia el resultado de la gravitación que ha tenido sobre los escritores".
En este diálogo entre dos formas de relato tan separadas entre sí, el director traduce cada pieza literaria en guiones bien dramatizados, fieles a la letra original, pero también a su estilo. El esquema puede extenderse a la elección de los títulos adaptados. De hecho, su transferencia al cinematógrafo debe ser considerada una empresa de riesgo. Y así, tratando de efectuar la lectura más oportuna, Torre Nilsson acomete en el curso final de su carrera nuevas proyecciones de Roberto Arlt (Los siete locos, 1973), Manuel Puig (Boquitas pintadas, 1974) y Bioy Casares (La guerra del cerdo, 1975). En todos los casos y más allá del virtuosismo, la adaptación se inscribe en un esquema operacional que reconoce la textura inconclusa de lo literario.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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