En torno a la nómina de transterrados que robustecieron el cine mexicano, la bibliografía es muy generosa con el infaltable Buñuel, pero se muestra algo más cicatera cuando menciona a los personajes que figuran en otras páginas del catálogo.
Como referencia, viene al caso evocar, entre otros, a Julio Alejandro, Luis Alcoriza, Miguel Morayta, Carlos Velo, Eduardo Ugarte, Jaime Salvador, Paulino Masip, Antonio Momplet y Max Aub.
Muy especial atención merece este último, no ya por la oportunidad de su centenario, sino por el interés de algunas de las producciones en las que intervino.
Vaya por delante que el repertorio fílmico de Aub admite muy distintos asedios, según se privilegie la abundancia y diversidad de sus guiones, o se pondere esa fórmula literaria que le fue peculiar, y donde responde a los influjos recibidos a lo largo de una agitada trayectoria cinematográfica. Sobre este último vínculo, “Campo francés” (1942), cuarta entrega de “El laberinto mágico”, le permite fundar una técnica mixta de novela y guión, muy al gusto posmoderno, que nos anuncia mediante el siguiente epígrafe: “Puestos a hacer de la novela gozo de los ojos, como hoy quieren algunos, hártense aquí, viendo lo escrito, que no hay otro modo de leer lo que sigue”.
Es fácil comprender que el novelista encadene los pasajes de obras como la citada mediante una imaginaria moviola. Al hacerlo, desliza una connotación biográfica, pues las razones por las que Aub fragua este modelo narrativo se remontan al rodaje de Sierra de Teruel (1938-1939), aquella épica producción que traducía en imágenes “L’Espoir” (1937), la novela de André Malraux.
Teniendo en cuenta las dificultades del rodaje, sometido a los vaivenes de la tragedia española, la película puede interpretarse con un prestigio suplementario. Como bien señala Olivier Todd, ésta supuso un doble milagro: “se rodó mientras los leales a la República perdían la guerra, y la impuntualidad, el eterno mañana, multiplicó las incertidumbres de la producción”. El guión lo completó Malraux con la ayuda de Boris Peskine, Denis Marion y Louis Page, ex ayudante de Cocteau.
También Aub figura en la terna de escritores, pues fue traductor y dialoguista de la versión definitiva. Como primer adjunto del director, adquirió otros compromisos, y así los describía en septiembre de 1967: “hice muchas otras cosas, desgañitarme entre otras, dormir poco y, para descansar, discutir con Hemingway, por la noche en el Hotel Majestic, al acabar de poner a punto el trabajo del día siguiente”. Además de condensar cierto ideal republicano, cuidando de hacerlo sin pérdida de lirismo, la película tuvo siempre su espacio en las sucesivas identidades del narrador español. “Cinematográficamente solitaria –aclara–, Sierra de Teruel viene a ser la expresión del fin de un mundo que habíamos soñado con cierta esperanza, quién sabe si cierta”.
De aquí se parte hacia consecuencias más dramáticas: el abandono de su perdida España, el paso por campos de concentración en Francia y Argelia y el destierro en México, junto a otros ilustres derrotados. Nadie ignora el generoso acogimiento que favoreció a la diáspora republicana en ultramar, pero quizá no huelgue recordar que la cinematografía local dio respuesta a las necesidades económicas y creativas de muchos de aquellos exiliados. Por esta vía, la carrera de nuestro autor –extranjero en el mundo– es harto significativa.
Con ideas recogidas de “La vida conyugal”, drama en tres actos que Aub finalizó en 1942, Julio Bracho rodó Distinto amanecer (1943), un filme urbano y febril. Ese mismo año, en colaboración con Eduardo Ugarte, el escritor hilvanó los diálogos de El globo de Cantoya (1943), de Gilberto Martínez Solares, y de La monja alférez (1944), de Emilio Gómez Muriel.
En lo sucesivo, la filmografía aubiana creció a un ritmo tan caudaloso como versátil. Vale la pena retener que adaptó a Stefan Zweig en Amok (1944), de Antonio Momplet, y que escribió La viuda celosa (1945), versión de “La viuda valenciana”, de Lope de Vega, puesta en imágenes por Fernando Cortés. No deslucen este escrutinio guiones como los de Sinfonía de una vida (1946), de Celestino Gorostiza, El charro y la dama (1949), de Fernando Cortés, y La desconocida (1954), de Chano Urueta.
Sin desmerecer otros títulos en los que intervino, ninguno de sus estudiosos prescindirá de Los olvidados (1950), cuyo libreto creó junto a Luis Buñuel, Luis Alcoriza, Juan Larrea y Pedro de Urdimalas. Nadie con más derecho a figurar en ese equipo que Aub, cuyo aprecio por Buñuel sugiere que halló en éste la memoria –el tiempo perdido– de toda una generación. Según se sabe, el narrador dejó inconclusa una obra, “Buñuel: novela”, proyectada a la manera del libro de Louis Aragon “Henri Matisse, roman” (1971).
Complementan su homenaje al cineasta un artículo –“Largo pie para una fotografía de Luis Buñuel por las calles de México” (Ínsula, núms. 320-321, julio-agosto de 1973)– y el testimonio oral, igualmente emotivo, registrado por Arturo Ripstein en su mediometraje El náufrago de la calle Providencia (1971). En la vejez, un poco a media voz, Buñuel también substanció esa camaradería, incluso al describir su capítulo final: “Me digo a veces que una muerte repentina es admirable, como la de mi amigo Max Aub, que murió de pronto mientras jugaba a las cartas” (“Mi último suspiro”, Plaza & Janés, pág. 249).
Treinta años nos separan de dicho fallecimiento. Durante ese tiempo, Aub ha perdurado en el cine gracias a tres producciones: Alfonso Ungría rodó Soldados (1978) a partir de la novela “Las buenas intenciones” (1954), Llorenç Soler inició en 2002 un filme biográfico, y el cuento “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco” (1960) inspiró el largometraje La virgen de la lujuria (2002), donde Arturo Ripstein aprovecha no pocas obsesiones del español. Por cierto que el director mexicano recrea algo más que la fantasía imaginera de aquellos refugiados –“enquistados en sus glorias multiplicadas por los espejos fronteros de sus recuerdos”, según leemos en el relato original–. Con todas las cautelas del caso, esta obra de Ripstein, muy afín al repertorio de Aub, también nos depara las abstracciones melancólicas del exilio, y por añadidura, el relleno pasajero de una identidad evanescente, corregida por los impulsos del mito.
Bibliografía
-- Alonso, Cecilio (ed.): Actas del Congreso Internacional “Max Aub y el laberinto español”. Ayuntamiento de Valencia, 1996. Entre los estudios que compila este volumen, cabe subrayar “La novela con embudo: el cine en la narrativa de Max Aub” (vol. 2, págs. 735-744), de Juan Ruiz Escalona, y “Cine y novela, una relación conflictiva: el caso de Max Aub” (vol. 2, págs. 725-733), obra de Samuel Amell.
-- Aub, Max: Campo francés. El laberinto mágico IV. Alfaguara, Madrid, 1979.
-- Aub, Max: Conversaciones con Buñuel seguidas de 45 entrevistas con familiares, amigos y colaboradores del cineasta aragonés. Prólogo y edición de Federico Álvarez, Aguilar, Madrid, 1985. El escritor completó alrededor de cinco mil hojas en torno al proyecto que tituló Buñuel: novela. Al morir Aub, su tarea quedó inconclusa y Federico Álvarez procuró dar forma a todo ese archivo. Si bien los herederos disponen de un material que probablemente sextuplica lo reunido en la edición, lo cierto es que ésta significó un aporte substancial para cinéfilos e investigadores.
-- Aub, Max: Sierra de Teruel (guión de Malraux). México D.F., Era, Serie Mayor, 1968. En su tercer número, la revista Archivos de la Filmoteca (Valencia, septiembre-noviembre de 1989) presentó la edición definitiva de dicho libreto. Olivier Todd también lo maneja con provecho en André Malraux. Una vida (Tusquets, 2002).
-- Gubern, Román: “Max Aub en el cine”, Ínsula, julio-agosto de 1973, págs. 320-321.
Filmografía
Sierra de Teruel (1938-1939), de André Malraux
Distinto amanecer (1943), de Julio Bracho
La monja alférez (1944), de Emilio Gómez Muriel
Amok (1944), de Antonio Momplet
Los olvidados (1950), de Luis Buñuel
La virgen de la lujuria (2002), de Arturo Ripstein
Publiqué previamente este artículo en las páginas del diario ABC
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