En otro tiempo fueron desertores con los bolsillos llenos de polvo... Tipos duros, lo bastante audaces como para no perder el control en una persecución. Motoristas hechos a la intemperie y la soledad, con sobrecarga de adrenalina y su parcela de gloria en bares y clubes nocturnos.
Hoy son incapaces de obrar espontáneamente, pero desde que su mito hipnotizó a Hollywood, ya no lo elude casi nadie. Ghost Rider (2007), de Mark Steven Johnson, es la penúltima versión de la leyenda.
Aunque cuentan que la primera Harley rodó en 1903, prefiero creer que la condujo Chris Mitchum en El gran Jake (1971), un tardío western de John Wayne. A decir verdad, la máquina de Walter Davidson y Bill Harley venía a nutrir la mitología estadounidense con nuevas dosis de bravura. Al menos, así lo entendió la fraternidad de los Hell’s Angels. Por íntimas analogías, la fundaron con el nombre de una película bélica, Ángeles del Infierno (1930), de Howard Hughes. El rótulo venía a cuento, pues la banda reunió a veteranos de la 11ª División Aerotransportada, deseosos de olvidar el decoro militar. En 1947 demostraron su barbarie en Hollister y la revista Life divulgó, a toda plana, aquellas ganas de complicarse la existencia. Casi como una reflexión sobre el cambio social de la posguerra, Laszlo Benedek narró el mismo suceso en ¡Salvaje! (1954), donde Marlon Brando deslumbraba a un séquito de endurecidos gañanes.

En 1961, Harley-Davidson acordó con una firma italiana su ingreso en el mercado europeo. Pero aunque el gusto por las motos yanquis se prescribe en cintas como Un italiano en América (1967), de Alberto Sordi, lo cierto es que aquéllas no pudieron desplazar a las scooters en el imaginario continental. Así, quien frecuente a Dino Risi y a Bolognini, obtendrá la evidencia de que la Vespa fue el primer transporte de la Italia plebeya. En el ilustre caso de William Wyler, ese hábito le sirvió para mejorar una escena de Vacaciones en Roma (1953). Díganme, ¿dónde se había visto antes a una princesa probando la felicidad sobre dos ruedas? El rito cuenta, y subirse a una Vespa aún tiene alcances insospechados, según dejó entrever Nanni Moretti en su Caro diario (1994).
Los nómadas americanos, incluso caídos en la cuneta, siempre han antepuesto su épica rural a ese galanteo de índole urbana. Con talento para la teatralidad, el líder de los Ángeles del Infierno, Ralph “Sonny” Barger, dispuso los tatuajes, arreos y demás claves de esta secta moldeada por las biker movies. Ya lo ven: a Barger le hubiera gustado que sus lugartenientes imitasen los gestos de Peter Fonda en The Wild Angels (1966), de Roger Corman. Quizá por ello convenció a los de su horda para que actuaran junto a Jack Nicholson en Hell’s Angels on Wheels (1967). En adelante, nunca pudo zafarse de esa “angustia de las influencias” que describe Harold Bloom.
A todo esto, y mientras languidecía la moda iniciada por Corman, Nicholson aceptó colaborar con Fonda y Dennis Hopper en Easy Rider (1969), llenando las lagunas que iba dejando el nihilismo de Barger con aportes de la contracultura hippie. Sabia cautela, pues los Ángeles, gobernados por fantoches y traficantes, perdieron un año después su prestigio romántico gracias a otra película, Gimme Shelter (1970). Seguramente recuerdan la escena: un seguidor de los Rolling Stones era acuchillado por los moteros durante el Festival de Altamont. Tiempo después, Barger respiró por la herida. “Para nuestro grupo, es parte de lo cotidiano –masculló–. En fin: alguien te dispara, y tú lo apuñalas”. A partir de este entrecomillado, el panorama se codifica solo, y podemos imputarle una ideología feroz, revelada en Mad Max (1979) y felizmente proscrita en Diarios de motocicleta (2004).
Con tantas idas y venidas, los viejos motoristas salieron de las páginas de sucesos para encallar en una maleable mitología. Cuando en 1977 los punks del grupo Suicide invocaban al motorcycle hero, ya no pensaban en Brando sino en los tebeos de Ghost Rider. Un abuso de confianza, propio de adolescentes que transfiguran aquello de lo que se apoderan. Nada tiene de extraño, pues, que Schwarzenegger, con velada sorna, le birlase su vehículo a un motero en Terminator II (1992). Bien mirado, tampoco sorprende que sean valquirias y amazonas quienes hoy armen barullo en la mediana. Y sin embargo, resulta difícil creer que el motorismo androcéntrico –verbigracia: Steve McQueen sobre su Triumph en La gran evasión (1963)– no enuncie hoy más que nostalgia. Parte del problema, sin duda, es que justamente fueron hombres –llenos de agradecido fetichismo– quienes imaginaron a Carrie-Anne Moss pilotando una Ducati en The Matrix Reloaded (2003).
(Publiqué previamente este artículo en el diario ABC)
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