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Mar05222012

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"El mundo perdido" ("The Lost World", 1925)

ElmundoperdidoPoco después de la polémica aparición de El origen de las especies (1859) de Darwin, una legión de científicos se dedicó a la fantasía biológica con un arrebato que hubiera hecho enrojecer a Ray Harryhausen.

Los ejemplos no escasean: el criptozoólogo Frank Buckland (1826–1880), que llenó los cuatro volúmenes de su Curiosities of Natural History de gigantes, sirenas, peces parlantes y serpientes marinas; o Philip Henry Gosse (1810–1888) que pretendía la existencia de auténticos unicornios en África y colonias de antropoides en Sudamérica.

Los descubrimientos –esta vez reales– de un mamut enterrado en los hielos de la Siberia Oriental (1900) y de un okapi vivo en el Congo Belga (1901), no lograron sino caldear aún más los ánimos.

No deben extrañar figuras de principios de siglo como la del capitán Leicester Stevens anunciando durante una conferencia de prensa en la estación londinense de Waterloo su intención de viajar al África Central a cazar dinosaurios o la de H.H. Prichard decidido a capturar un megaterio en la Patagonia.

Evidentemente, Conan Doyle tenía una segura fuente de inspiración para escribir su novela El mundo perdido (1912), que tan diversos y gratificantes productos cinematográficos originó. De hecho, el propio escritor dejó claro que su peripecia se basaba en las aventuras reales de Percy Fawcett, el gran explorador del Amazonas.

La moda de los seres prehistoricos pronto saltó de la novela y la criptozoología al celuloide.

En esta corriente neorromántica se inscribía el cineasta D.W. Griffith, quien, seducido por la novela Antes de Adán, de Jack London, rodó dos películas en las que narraba las desventuras del hombre primitivo en un poco probable período en el que su existencia era continuamente amenazada por enormes dinosaurios.

Ambas cintas –Man's Genesis (1912) y Brute Force (1913)– son una encantadora expresión del nacimiento de la humanidad, bien ceñida a los tópicos popularizados por el empuje visionario de ilustradores y novelistas.

Cómo se hizo El mundo perdido

En 1925, la novela de Conan Doyle fue adaptada el cine. Hablar de El mundo perdido (The Lost World) es hablar de un subgénero que nace; significa la génesis de seres como King Kong o Godzilla y el definitivo romance con el cine de creadores como Ray Harryhausen.

Supone además la gloria de un genio de los trucajes, Willis O'Brien, quien, auxiliado por Marcel Delgado, logró convencer a los espectadores de la realidad de los dinosaurios que pueblan la cinta.

Willis Harold O'Brien, nacido en Oakland (California) en 1886 y muerto en Los Angeles en 1962, tuvo una vida tan agitada como apasionante. A los once años, escapó de su casa y desempeñó toda clase de oficios, desde vaquero hasta asistente de un catedrático en una excavación de fósiles en Crater Lake, pasando por boxeador, dibujante y escultor.

Su afición por el cine fue temprana. Ya en su adolescencia animaba marionetas, aunque sin adivinar la clara vinculación que poseían con su posterior carrera cinematográfica. Hacia 1915 ya fabricaba en miniatura boxeadores y dinosaurios. Un año después realizó un decorado en miniatura con arena y ramas, y junto a un amigo fotógrafo decidió rodar una película cuya duración alcanzaba escasamente el minuto y medio. En ella, O'Brien hizo uso del sistema de animación stop-motion.

La idea atrajo a Wober, un empresario que le dio más dinero para poder prolongar la duración de la cinta.

El cortometraje resultante, Dinosaur and the Missing Link, presentaba la animación de bestias prehistóricas como un brontosaurio y un pterodáctilo. O'Brien empleó goma para hacer los modelos, un material más útil que la arcilla a la hora de simular piel o el movimiento de los músculos porque las luces no la secaban y quebraban. Asimismo, sustituyó la madera de los armazones por alambre, fijando todos los elementos del decorado con adhesivo para evitar errores de continuidad.

El joven animador vendió la película a Edison, y tal fue su éxito al ser estrenada que provocó la inmediata realización de una secuela, The Dinosaur and the Baboon. Ese mismo año, O'Brien vendía a Edison otro cortometraje, The Birth of a Flivver, también de tema prehistórico y con un brontosaurio como absoluto protagonista.

Un año después, era contratado por Edison y emprendía la realización de una serie de tres cintas: RFD 10.000 BC, Prehistoric Poultry y Curious Pets of Our Ancestors, todas ellas de asunto prehistórico y con un claro tono humorístico.

En 1918, el dueño de una firma cinematográfica de Chicago, Watterson R. Rothacker, contrató a O'Brien al tiempo que compraba los derechos de la novela de Arthur Conan Doyle, El mundo perdido, para producir una cinta que supone la confirmación de O'Brien como cineasta y su perfeccionamiento del sistema stop-motion.

El deseo del productor era realizar una gran superproducción, y para ello se llegó a un acuerdo económico con la First National Pictures de Burbank. El director elegido fue Harry Hoyt, cineasta que años después estaría implicado en el proyecto de rodaje de King Kong.

En El mundo perdido, el profesor Challenger (Wallace Beery) dirige una expedición cuyo fin es explorar una meseta sudamericana donde todavía los dinosaurios perviven luego de su supuesta extinción millones de años atrás.

Tras muchas aventuras entre las que destacan una erupción volcánica y el enfrentamiento con un poderoso humanoide, el equipo del profesor Challenger consigue capturar un brontosaurio que es transladado a Londres para su exhibición.

No obstante, el reptil logra escapar de su encierro y, después de arrasar varias edificaciones, se lanza desde el Puente de Londres para seguir la corriente del Támesis hacia el mar.

O'Brien se encargó de los diseños, confiando la elaboración de los monstruos prehistóricos que aparecían en la película al joven estudiante de Bellas Artes Marcel Delgado, que contaba por aquel entonces tan sólo diecinueve años.

Delgado reprodujo los seres prehistóricos en cuidadas maquetas móviles de una altura que giraba alrededor de los cincuenta centímetros. Pese a la maestría de su ayudante, O'Brien pronto emprendió también la tarea de construcción de criaturas. Para ello, fabricaba armazones de acero recubiertos con láminas de goma -habituales en las prótesis dentales- y esponja de tonos rojizos con la que modelaba los cuerpos, dentro de los cuales introducía válvulas de aire para crear la sensación de que las bestias respiraban.

Para que se viera a los monstruos sangrar, algunos incluso contenían bolsitas con jarabe de chocolate.

Los dinosaurios aún viven

En la película aparecen desde brontosaurios hasta estegosaurios, pasando por tiranosaurios, tricerátops y todo tipo de bestias de la Era Secundaria.

Hay varias secuencias muy logradas. La primera es aquella en la que aparece un pterodáctilo volando, efecto que O'Brien logró colgando el muñeco de hebras de alambre de piano que movía milímetro a milímetro.

Otra es aquella en la que un alosaurio despeña a un brontosaurio, que cae a un lago. El detalle de que tras el saurio rodaran varias rocas fue logrado a la perfección.

Por último, destaca la estampida final de las bestias cuando un volcán entra en erupción. En esta ocasión, O'Brien empleó un decorado de veinticinco por cincuenta metros, que sirvió para filmar una toma infrecuente en el cine de la época.

Ya en El mundo perdido se combinaron actores reales con decorados en miniatura con gran detalle usando el sistema de retroproyección, aunque O'Brien no lo emplearía con perfección hasta King Kong.

En 1960, tras el éxito logrado con The Animal World, Irwin Allen trató de hacer una nueva versión de El mundo perdido, pero renunció al stop-motion y empleó animales caracterizados en lugar de muñecos articulados.

Antes de finalizar su trabajo en El mundo perdido, O'Brien ya trabajaba en otra película donde aportó una animación muy similar a la anteriormente citada: fue Ghost of Slumber Mountain (1919), una obra de transición como otras que realizó hasta su definitiva incorporación a la plantilla de técnicos de la productora RKO.

En 1931, O'Brien se había embarcado en un nuevo rodaje, Creation, del que llevaba ya rodadas varias secuencias sobre dinosaurios cuando Selznick se hizo cargo de la productora RKO y paralizó la producción.

O'Brien llevaba trabajando medio año en la película, pero no le importó este drástico cambio de planes, ya que gracias a ello comenzó su colaboración con Merian C. Cooper, que desembocaría en el rodaje de King Kong.

A propósito de El mundo perdido se cuenta una anécdota que da una idea del interés que despertó entre sus espectadores. Conan Doyle, discípulo aventajado del movimiento espírita, congregó a un grupo de escépticos –Houdini entre ellos– a fin de convencerles de la realidad de los seres del éter. En medio de la penumbra de la sala de reunión, el bueno de Sir Arthur ofreció una proyección simulada de la película provocando el pavor entre sus invitados.

Más de una voz habló entonces de la capacidad del escritor para tentar presencias de tiempos remotos.

Descubierto el truco, sólo queda la perfección del trabajo realizado por O'Brien y el encanto de una obra magistral.

Director: Harry Hoyt

Producción: Jamie White, Earl Hudson

Guión: Sir Arthur Conan Doyle (novela), Marion Fairfax (guión)

Reparto: Bessie Love, Lewis Stone, Wallace Beery, Lloyd Hughes, Alma Bennett

Fotografía: Arthur Edeson

Montaje: George McGuire

Distribución: First National Pictures

Fecha de estreno: 2 de febrero de 1925

Duración: 106 min. (original), 55 min. (versión en Kodascope 16 mm.), 64 min. (edición de 1991), 100 min. (edición de 1998), 93 min. (edición de 2000)

País productor: Estados Unidos

Idioma: Muda

Intertítulos en inglés


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