
Ésta es la historia de un artista, Antonio López, que trata de pintar, durante la época de maduración de sus frutos, un árbol un membrillero que hace tiempo plantó en el jardín de la casa que ahora le sirve de estudio.
A lo largo de su vida, casi como una necesidad, el pintor ha trabajado sobre el mismo tema en muchas ocasiones. Cada año, con la llegada del otoño, esa necesidad se renueva. Lo que el artista no ha hecho nunca en su pintura del árbol es introducir entre sus hojas los rayos del sol.
"Las vistas de Madrid –escribe Guillermo Solana en el catálogo de la muestra organizada en el Museo Thyssen-Bornemisza– son obras de larga y compleja elaboración. En los temas que no requieren luz natural, el pintor es dueño del tiempo y puede trabajar a cualquier hora. Pero la pintura al aire libre depende absolutamente de la luz natural, que varía constantemente, y a la que hay que sorprender en el momento preciso. Para captar una cierta luz, el pintor tiene que trabajar a cierta hora, durante cierto tiempo cada día y durante sólo unas semanas al año, porque la luz cambia y con ella el paisaje. En este empeño, la discontinuidad del trabajo no es un accidente sino un hecho habitual (…) En 1961, llegarán los primeros membrilleros pintados al óleo, donde la materia pictórica es como la carne de la fruta: madura, opulenta, generosa. En estas pinturas, el artista parece seducido por todas las sensaciones: la vista, el tacto, el aroma, el gusto...Y por algo que está más allá de esas sensaciones, porque Antonio ha hablado de los sentimientos casi religiosos que inspira en él la cercanía del árbol frutal. Se diría que el árbol constituye para él algo así como el reverso y acaso el antídoto de la ciudad. Ahí fuera está Madrid, el membrillero aquí dentro. Frente a los vastos paisajes urbanos, con su mar de casas, la intimidad del pequeño huerto doméstico. En contraste con la visión aérea y lejana, esta visión cercana, táctil, que palpa los contornos de las ramas, las hojas y las frutas. Si la ciudad es el macrocosmos, el huerto el microcosmos. Dos infinitos: uno de extensión y el otro de concentración".
Desde el estilo que le es propio un estilo que parte de la exactitud esa tentativa posee una gran dificultad, se revela, según las circunstancias, casi como una imposibilidad. En esta ocasión decide afrontarla. Pero lo hace como es habitual en él, con una tensión razonable, sin perseguir siquiera el acabado del cuadro, sin otro afán que permanecer unas semanas junto al frágil y generoso árbol.
La película da cuenta de esta experiencia y, a la vez, de todo aquello (el paso de los días, la rutina cotidiana de personas y cosas...) que gravitan sobre esa casa y ese jardín. Un espacio y un tiempo otoño de 1990 donde el artista trabaja y los frutos del árbol llegan al momento de su máximo esplendor.
"A lo largo del verano de 1990, en Madrid –escribe Víctor Erice–, acompañé a Antonio López en algunas de sus horas de trabajo dedicadas a la pintura al óleo de tres paisajes urbanos. En determinado momento, con mi cámara de vídeo, comencé a grabar imágenes y sonidos, especie de notas sobre la labor del artista, que constituían una referencia sobre la evolución de la luz y el color en los distintos escenarios elegidos. Poco a poco, fui ampliando el campo de mi experiencia. Tomando como guía los motivos presentes en algunas obras anteriores de Antonio, de muy parecidas características, cuyo conjunto componía una especie de “suite” urbana, acudí en solitario a los lugares de la acción; es decir, me situé con la cámara en el mismo punto y a la misma hora en que el pintor lo había hecho con su caballete tiempo atrás. De esta manera, en relación al tema, quise sentir algo de lo que la otra persona pudo en su día experimentar mientras trabajaba, empezando por lo más inmediato: el calor, el ajetreo continuo de los transeúntes a su alrededor, el tráfico intenso, etc… Simultáneamente, sirviéndome de unas copias, intenté ajustar todo lo posible mi visión a la del pintor. En esta tentativa, el ojo de la cámara impuso sus límites, evidenciando unas diferencias (por ejemplo, en el formato del encuadre, la profundidad de campo y el color) que revelaban, de una forma muy sencilla, algunos de los rasgos generales, específicos, de ambos medios de expresión".
Cuando el invierno empieza a anunciar su llegada, los membrillos maduros, al caer de las ramas, ponen punto final a la labor del pintor, iniciando en tierra el proceso de su descomposición. Es entonces cuando, en la noche, el pintor nos cuenta un sueño.
"En una pintura –le dice Antonio López a Michael Brenson, crítico de arte del New York Times–, lo primero que hay que decidir es su tamaño, el tamaño del cuadro, que surge en principio por el propio tema. A partir de ahí siempre empiezo a pintar directamente, de modo que el cuadro, en su primer momento, es su propio boceto. Nunca he hecho bocetos, ni siquiera cuando no he tenido claro lo que quería pintar. En el cincuenta y uno empecé pintando una mujer cogiendo el tranvía y, en sucesivas transformaciones, acabó siendo dos mujeres sentadas en una habitación. Ahora eso no puede ocurrir porque parto de un motivo preciso. Aun así, surgen cambios en la elección de la luz, en la escala de los tamaños, de los elementos que componen la escena, que puedo desplazar hacia arriba o hacia abajo, a izquierda o derecha. Con frecuencia tengo que alargar por algún lado el lienzo o la tabla. Todo eso lo voy viendo al ir pintando, poniendo la materia, las formas expresadas por el dibujo, la luz y el color, todo a la vez, de manera general y simple al comienzo, e incorporando elementos según la pintura avanza y lo permite. Voy muy rápido al plantear el cuadro, al hacer una aproximación a aquello que tengo delante. A partir de ahí ya no se sabe, la labor de convertir aquello en una pintura es interminable, eso no sabes cuándo va a ocurrir"
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