
A pesar de la censura que ello le ha supuesto por parte de algunos críticos, Baz Luhrman ha sido el primer occidental en traducir al gusto anglosajón las convenciones de Bollywood, o mejor dicho, del cine musical hecho en Bombay.
Partidario de cierto funambulismo narrativo, este director australiano diseñó el guión y la apariencia de Moulin Rouge (2001) haciendo suyo el estilo exuberante, artificioso, sin duda kitsch, característico en las producciones que suelen rodarse en la capital india. Vale la pena también el señalar que uno de los mejores números del film, “Hindi Sad Diamonds”, es interpretado por Nicole Kidman junto a Alka Yagnik, cantante famosa por prestar su voz a no pocas estrellas de dicha industria.
Desde luego, este gesto de Luhrman se explica por varias razones, y en primer lugar porque el director quiere darnos en síntesis la modalidad predominante en la cinematografía más prolífica del mundo.
De los más de ochocientos títulos anuales que produce el cine indio, en torno a doscientos cincuenta son musicales en lengua hindí, de uso común en Bollywood. Por otro lado, la fidelidad de veintitrés millones de espectadores diarios, capaces de ver hasta ocho veces la misma película, y un dinámico mercado internacional, que va desde Polinesia hasta Suráfrica, acreditan que nos hallamos ante un coloso financiero.
En conjunto, lo que distingue el lenguaje de sus creaciones es el curioso programa referido por el guionista Ashok Banker. A saber: una joven pareja protagonista en liza con el peor de los villanos, al menos seis canciones ejecutadas en playback, cambios de vestuario cada cinco minutos y un feliz desentendimiento con la mayoría de las convenciones narrativas. Por decirlo de otro modo: un cóctel explosivo que sólo tiene su equivalencia en los musicales norteamericanos de los años treinta y curenta.
Mediante una rápida cadencia, en las tres horas que suele durar cada película hay acción, drama, humor, baile, algún embrollo folletinesco y, por supuesto, alusiones a los estereotipos épicos que tiempo atrás consolidaron modalidades teatrales como el Ramleela y el Rasleela.
Al final, bien poco importan los géneros cuando un largometraje de terror como Dhund (2003), de Shyam Ramsay, incluye canciones pop que lo mismo se prestarían a una comedia romántica. El caso es que el público se divierta, y no hay duda de que estas películas logran ese objetivo.
Aunque la denominación Bollywood –el Hollywood de Bombay– ganó popularidad a partir de los años 70 gracias a la BBC, sus antecedentes se remontan a 1931, año de estreno de la primera película sonora de factura local: Alam Ara. Partiendo de una opereta de Joseph David, la cinta superó las barreras lingüísticas del país y popularizó el musical hindí, en cuya elite figuran autores como Bimal Roy y Raj Kapoor.
Sin llegar a los extremos de Indra Sabha (1932), cuya banda sonora comprendía setenta canciones, fue Sholay (1975), de Ramesh Sippy, el largometraje que mejor asumió estos códigos para darles un nuevo brío.
En lo sucesivo, el star system quedó aún más robustecido, hasta el extremo de que un galán como Aamir Khan logró producir por cuenta propia la mejor película de su repertorio: Lagaan (2001), de Ashutosh Gowarikar. (Por cierto, si no lo han visto, les recomiendo ese largometraje. Se trata de una cinta vibrante, romántica, graciosa, tiene momentos de acción muy bien desarrollados, y encima se ambienta durante el dominio colonial de los casacas rojas... ¿Qué más se puede pedir?).
Pero me estoy desviando del tema, y aún me falta por mencionar un detalle económico. Más allá del frenesí y del caos organizativo –no es raro que los equipos rueden varias películas a un tiempo, muchas veces sin un guión definitivo–, lo cierto es que el cine indio crea en torno a 2,3 millones de empleos directos.
Crece la inversión y desde hace bastante tiempo (para ser exactos, desde 1998), el Gobierno fomenta los préstamos bancarios, para de ese modo erradicar la presencia de las mafias en un sector de total solvencia, que ya considera estratégico.
En cuanto a los contenidos, no hay grandes novedades ni nadie las espera. Acaso el mayor reproche se dirija al hecho de que Bollywood permanece al margen del circuito de exhibición euroamericano, sólo tanteado por cineastas que no apelan a la fórmula, como Mira Nair y Shekhar Kapur.
Para terminar, les sugiero que no se dejen guiar por ciertos fragmentos más bien risibles que circulan por You Tube y otras páginas similares. Hablo de piezas descacharrantes, al estilo "Superman canta junto a Spiderwoman". Yo mismo me divierto con esas extravagancias, pero créanme, eso sería tanto como juzgar todo, absolutamente todo el cine norteamericano a partir de unos cuantos subproductos de serie Z.
Así pues, si quieren iniciarse en ese planeta cinematográfico, ahí va esta doble recomendación: la encantadora Bodas y prejuicios (2004), de la angloindia Gurinder Chadha, y la previamente citada Lagaan. Acérquense a estas dos películas sin suspicacias, y lo pasaran en grande. Se lo digo por experiencia.
Publiqué la primera versión de este artículo en las páginas del diario ABC
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