Toda una generación de jóvenes aprovechó la tormenta contracultural de los setenta para propagar sus particulares –y no siempre afortunados– mensajes a través del cine. Una de las cintas más interesantes de este carácter es Estrella negra (Dark Star, 1974), una caótica aventura al filo del absurdo.
Cuatro astronautas cuya misión es destruir potenciales supernovas con armas nucleares surcan el espacio del siglo XXII en una astronave muy particular. Su propósito consiste en bombardear planetas inestables, que pongan en riesgo una futura colonización.
Integran la tripulación el teniente Doolittle, aficionado al surf, el sargento Pinback, el elusivo Talby, y el comandante Powell, que ya ha fallecido y se mantiene criogenizado.
El tiempo y el aburrimiento han hecho mella en estos tripulantes; su sentido de la moral casi ha desaparecido y su disciplina es inexistente. Así, hay quien prefiere hablar de béisbol que de la misión y –lo que es más grave– una de las bombas parlantes quiere cumplir su explosivo cometido dentro o fuera de la nave...
Semejante trama bien merece una justificación. Después de realizar el cortometraje La resurrección de Bronco Billy (1970), John Carpenter, todavía estudiante en la Universidad de California del Sur, trabó amistad con el técnico en efectos especiales Dan O'Bannon –el futuro creador de Alien– y decidió filmar con su ayuda una adaptación de una novela de Alan Dean Foster como ejercicio de fin de curso.
Fue entonces cuando el productor Jack H. Harris, responsable del lanzamiento comercial de películas tan singulares como Schlock, del entonces debutante John Landis, o Beware! the Blob, de Larry Hagman, se interesó por la película.
Llegó dinero de Canadá para aumentar el metraje en 35 minutos y los derechos pasaron de Harris a Bryanston, el distribuidor de La matanza de Texas (1974), que, como perseguido por un maleficio, se arruinó al poco de iniciar la explotación comercial de la película.
La errática distribución de Estrella negra no impidió que se consolidase como obra de culto, ilustrativa de un momento singular de la historia de Estados Unidos.
Por encima del disparate, el humor de la película de Carpenter es ácido y, si se quiere, incluso melancólico, indicio éste de una dinámica nacional no precisamente feliz que muchos jóvenes trataron de renovar, equivocados o no, en San Francisco.
Otras películas vienene a ilustrar el sentimiento de la época. Inscrita en una categoría más convencional, la novela Soy leyenda, de Richard Matheson, inspiró el desquiciado guión de la película El último hombre vivo (The Last Man on Earth, 1971), dirigida por Boris Sagal, con Charlton Heston, Anthony Zerbe y Rosalind Cash como protagonistas. El argumento apunta la posibilidad de una epidemia contagiosa que convierte a los humanos en una especie de vampiros albinos de estabilidad mental bastante dudosa.
Si en la citada película un sólo hombre se enfrenta a una población extraña, en The Man who Fell on Earth (1976) se plantea la posibilidad contraria. Un ser llega a la Tierra y, pese a su aparente normalidad física, su condición extraterrena no tardará en manifestarse.
La película, dirigida por Nicolas Roeg a partir de un guión de Paul Mayersburg basado en la novela de Walter Tevis, iba a ser protagonizada por Peter O'Toole, pero fue finalmente David Bowie el encargado de encarnar al personaje central de esta atípica fábula.
Director: John Carpenter
Producción: John Carpenter
Guión: John Carpenter, Dan O'Bannon
Reparto: Dan O'Bannon, Brian Narelle, Cal Kuniholm, Dre Pahich
Música: John Carpenter
Fotografía: Douglas Knapp
Montaje: Dan O'Bannon
Distribución: Jack H. Harris Enterprises Inc.
Fecha de estreno: 14 de abril de 1974
Duración: 83 minutos
País productor: Estados Unidos
Idioma: Inglés













































































