Con sombras recogidas del mejor expresionismo, James Whale adapta al cine en 1931 la pesadilla imaginada por la joven escritora Mary Shelley: Frankenstein.
Robert Florey había pretendido dirigir el proyecto, pero finalmente su trabajo fue desechado por la Universal a pesar de tener ya escrito el guión y haber rodado dos bobinas de prueba.
Algunos autores como Brian Taves afirman que la influencia de Florey se hace evidente en el acabado final de la película de Whale. Al margen de controversias, lo cierto es que ciertos elementos del diseño artístico de ambos proyectos son muy similares.
El argumento de Frankenstein es de sobra conocido. El doctor Herbert Von Frankenstein (Colin Clive) está obsesionado con la idea de obtener vida artificial a través de la electricidad. Con la ayuda de su ayudante Fritz (Dwight Frye), roba cadáveres del cementerio local para procurarse las distintas partes de la fisonomía de su creación. Finalmente, una tormenta le proporciona la fuerza vital que ha de animar a su Monstruo (Boris Karloff), un ser de enormes proporciones. Lo que aún desconoce el científico es que, por un error de su asistente, la criatura no posee en su cráneo el cerebro de un sabio, sino el de un criminal recientemente ejecutado.
En pleno corazón del proceso creador de vida artificial, Frankenstein nos sitúa ante uno de los elementos más habituales en este prodigioso camino, la aparición de la electricidad como testigo de la vida.
Los antecedentes reales conocidos por los guionistas Garrett Fort y Francis Edward Faragoh, son tan sugerentes como el propio Frankenstein: coetáneo y esforzado rival de Alejandro Volta –inventor de la pila, el electróforo y el electrómetro–, el médico y físico italiano Luis Galvani descubrió en 1790 el galvanismo o, lo que es lo mismo, la propiedad de la corriente eléctrica de provocar contracciones en músculos y nervios de animales, vivos o muertos. De aquí a la pesadilla romántica de Mary Shelley sólo media un paso, dado desde el horror más sutil.
La estética del film debe mucho a John Phipps Fulton. Fulton vino al mundo en 1902 en Beatrice, un pueblo del estado de Nebraska. Tras conseguir un brillante expediente en la Escuela Politécnica local, el joven John pasó a trabajar como revisor en la Compañía Edison de California del Sur, ocupación que mantuvo hasta 1923, año en que obtuvo un puesto en la Universal como ayudante de operador.
En 1925 Frank Williams le contrató como jefe técnico para su empresa óptica, y dos años más tarde volvía al mundo del cine, ejerciendo como cámara en la compañía Henry King's Inspiration Pictures, empresa para la que trucó visualmente The Michigan Kid (1928), su primera obra en este campo.
Asociado a Charlie Baker, fundó en 1931 el departamento de efectos especiales de la Universal, e inauguró su labor con el clásico que nos ocupa, Frankenstein, a las órdenes de Whale.
La sencilla visión estética que de esta tragedia tuvieron Whale, Fulton y los otros profesionales que en su preparación intervinieron recuerda en sus propósitos aquella otra que, más de una década después, habría de inspirar a Jean Cocteau y Henri Alekan durante el rodaje de La Bella y la Bestia (La Belle et la Bête, 1945). Nos referimos a una forma depurada pero no efectista de concebir lo visual, a tal punto que los trucajes de Fulton surcan la película con naturalidad, sin notarse casi, bien alejados de los excesos pirotécnicos de posteriores versiones del mito.
Una particularidad poco destacada por aquellos que la han estudiado es la ligazón de esta película con el teatro Grand Guignol. De esta suerte, si el primer director elegido para conducir la película, Robert Florey, había organizado hacia 1917 una gira en la que se representaban obras de dicho estilo, su sucesor al frente del proyecto, James Whale, había intervenido en las obras Grand Guignol Again y A Man with Red Hair, ambas estrenadas en Londres en 1928.
Por cierto, en un segmento de la primera de ellas titulado After Death y escrito por René Berton, Whale aparecía en escena interpretando a un guillotinado resucitado por un científico mediante la electricidad.
A la vista de dichos precedentes, es imaginable la índole gótica de las sugerencias que el cineasta hizo a Fulton para diseñar los efectos de fotografía.
El papel del monstruo le fue ofrecido a Bela Lugosi, que lo rechazó porque no tenía ni una sola línea de diálogo. Whale, aconsejado por David Lewis, que había visto a Karloff en una película de gángsters titulada The Criminal Code, le ofreció el papel durante una comida en los estudios de la Universal.
"Boris Karloff –escribe Antonio Camín–, experto en poesía inglesa, buen conocedor de "la literatura infantil, amante de la jardinería, cuyas máximas aspiraciones eran interpretar a Shakespeare en teatro y encarnar personajes humanos en cine, vio desvanecerse estos propósitos cuando, en 1931, James Whale le ofreció el papel del monstruo creado por el doctor Frankenstein en la película que iba a realizar sobre la novela de la escritora inglesa Mary Wollstonecraft Shelley. (...) De no haber sido por esta circunstancia es muy probable que el nombre de Boris Karloff no hubiera trascendido más allá del amplio, pero poco conocido, mundillo de los actores de segunda fila en el que se había movido desde los inicios de su carrera cinematográfica en 1916. Es a partir del momento de la realización de Frankenstein cuando se produce la identificación actor-personaje que preside toda la vida artística de Boris Karloff, ya que a pesar de haber interpretado toda clase de personajes (...) siempre se le ha identificado con el monstruo de Frankenstein, personaje que, paradójicamente, sólo ha interpretado en tres películas entre las, aproximadamente, ciento cincuenta de que se compone su filmografía." (Terror Fantastic, nº 1, octubre de 1971)
El encargado de caracterizar a Boris Karloff como la Criatura fue Jack Pierce. El maquillador tuvo que consultar libros de anatomía. La idea de Pierce era que el doctor Frankenstein debía abrir el cráneo de la criatura para introducir en ella un cerebro, y por ello diseñó una cabeza cuadrada, surcada por cicatrices.
Los famosos tornillos que completan la caracterización marcaron el cuello del actor durante años. Para darle una tonalidad adecuada a su piel, se empleó una pintura de maquillaje verdoso. Nada menos que cuatro horas diarias duraba este proceso.
"Frankenstein fue la cuarta realización de Whale –escribe Francisco Montaner– y la película que le impulsó de un modo definitivo a lograr una proyección a nivel internacional de sus obras. El Frankenstein de Whale, con todos sus defectos y todas sus virtudes (muy poco de lo primero y mucho de lo segundo) es el Frankenstein por antonomasia. Su línea argumental es de sobra conocida para que sea narrada de nuevo. No obstante, permítaseme que, por enésima vez, salga a relucir la famosa secuencia del encuentro del «monstruo» con la niña a la orilla del lago, por considerarla como una de las escenas culminantes de toda la historia del cine fantástico" (Terror Fantastic, nº 2, noviembre de 1971).
Director: James Whale
Producción: Carl Laemmle, Jr.
Guión: Basada en la novela de Mary Shelley y en la adaptación teatral de Peggy Webling. Versión de John L. Balderston. Guión de Francis Edward Faragoh, Garrett Fort, Robert Florey y John Russell
Reparto: Colin Clive, Mae Clarke, John Boles, Boris Karloff
Música: Bernhard Kaun
Fotografía: Arthur Edeson
Montaje: Clarence Kolster, Maurice Pivar
Distribución: Universal Pictures
Fecha de estreno: 21 de noviembre de 1931
Duración: 71 minutos
País productor: Estados Unidos
Idioma: Inglés
Presupuesto: 291,000 dólares
Secuela: Bride of Frankenstein (1935)
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