El 19 de diciembre de 1946, tras quince años sin dirigir, Luis Buñuel inicia en México el rodaje de Gran casino, un melodrama musical ambientado en las explotaciones petrolíferas de Tampico.
El realizador viene de Estados Unidos, donde la maquinaria hollywoodense lo ha ido postergando, unas veces por azar y otras por designio político.
La cosa viene de largo, y tal vez no sea el único resignado del equipo: la protagonista, Libertad Lamarque, dejó Argentina por diferencias con Eva Perón, y su compañero de reparto, Jorge Negrete, soporta recientes fracasos animado por su profesor de hípica.
Todo ese pesimismo hace que don Luis, presintiendo el desastre, proponga un título alternativo para el proyecto: A ver quién canta más.
Hay, bien es verdad, muchas secuencias cantadas en Gran casino, pero sin duda es mérito del director aragonés haber introducido cargas de profundidad en una obra tan convencional. Así, llega incluso a enturbiar una secuencia amorosa de los protagonistas, enfocando la mano de Negrete que remueve con un palo el barro petrolífero.
No parece que la audiencia festejara este y otros alardes, pues la cinta no triunfó.
De todos modos, veamos lo que Buñuel mismo nos dice: «Pese a las dos grandes figuras, la película sólo obtuvo un modesto éxito. Entonces se me castigó. Permanecí dos años y medio sin trabajar, hurgándome la nariz, viendo volar las moscas».
Se ve por lo apuntado que la etapa mexicana de nuestro director adquiere un rasgo quijotesco, pues algo hay en ella de acometida contra los molinos. A este aragonés no le basta con imponer su genio. También carga de frente contra los prejuicios y supera con gallardía cuantas limitaciones le impone la industria. Después de darle muchas vueltas a cada guión, acepta presupuestos miserables y completa las filmaciones en dos o tres semanas.
De ahí que su lenguaje sea tan terso, bien ceñido a la verdad dramática del plano, despojado de cualquier envoltura sentimental. Por lo demás, al Buñuel mexicano no se le puede quitar del pensamiento el talante básico del surrealismo, el juego corrosivo que subvierte los géneros cinematográficos.
En paralelo con un retablo religioso, cada nueva película suya viene a ilustrar esa serie temática que inauguran Un perro andaluz (1929) y La edad de oro (1930), dos producciones donde se adivina una tradición libresca que luego reformulará sin excesivo margen: Sade, Don Juan, Cervantes, Gracián, la picaresca... Y la estética de Goya, cuya influencia no se agota en el gusto del cineasta por el capricho y lo siniestro.
Por lo que a la filmografía toca, podemos resaltar su coherencia. Carlos Fuentes y Octavio Paz, dotados de un indudable olfato cinéfilo, ya se han encargado de ensalzar títulos como Los olvidados (1950), Nazarín (1958) y El ángel exterminador (1962), y los teóricos redescubren el paisaje antropológico de Subida al cielo (1952), La ilusión viaja en tranvía (1953) y Él (1953). Sin embargo, nada más aplicable al caso que la obra con que abríamos esta nota, Gran casino, filme muy desconocido, inseguro y quizá menor, pero cuyo halo surrealista delata la enorme capacidad fabuladora de su autor.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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