George Pal se lanzó de nuevo, durante 1953, a producir ciencia-ficción, y lo hizo resuelto a llegar más lejos que nadie en cuanto a espectacularidad y medios se refiere.
Así, convenció a la Paramount para que financiara la adaptación cinematográfica del mayor éxito literario de H.G. Wells, La guerra de los mundos (The War of the Worlds), y el resultado fue un largometraje sorprendente, que comienza cuando un extraño meteoro cae en una pequeña comunidad de California.
El doctor Clayton Forrester (Gene Barry), el pastor Matthew Collins (Lewis Martin) y la bella Sylvia Van Buren (Ann Robinson) investigan la zona. Súbitamente el meteoro cobra vida y una de las primeras víctimas del alienígena será Collins.
Pronto llegarán más extraterrestres, e iniciarán una violenta invasión que apenas sí podrá ser contenida por la fuerza militar. A la postre, serán los gérmenes de la Tierra los que acaben con la vida de los invasores.
Desde que H.G. Wells escribió La guerra de los mundos en 1898, las versiones y pastiches realizados a partir de su obra han alcanzado una altísima cifra. Seguramente la razón sea bien simple: La guerra de los mundos es uno de los clásicos por excelencia de la ciencia-ficción, un título sin el cual el género difícilmente sería como es en la actualidad.
Wells obtuvo con este libro su consagración definitiva como padre de la fantaciencia. A este respecto, Thomas D. Clareson recoge en su antología Mundos creados (A Spectrum of Worlds, 1972) la opinión de dos reputados autores: Robert Silvelberg, quien señala que “en un lapso de 20 años Wells concibió y exploró sistemáticamente cada uno de los temas fundamentales de la ciencia-ficción de hoy, pues es quien estableció la regla de tema y la técnica que siguen la mayoría de los autores contemporáneos”, y Arthur C. Clarke, que no duda en afirmar que “Wells marcó el territorio que desde entonces han explorado dos generaciones de escritores de ciencia-ficción”.
Por supuesto, esta influencia del autor británico no se limitó al plano literario de la fantaciencia; su aporte al cine de ciencia-ficción es de una sobresaliente importancia.
Sin el éxito popular de La guerra de los mundos no podría comprenderse que, tres años más tarde de su edición, un astrónomo tan serio como Percival Lowell tratase de demostrar desde su observatorio de Mars Hill (Arizona) que Marte estaba poblado por una refinada civilización. Y sin las audaces teorías de Lowell, difícilmente Edgar Rice Burroughs hubiera escrito su saga marciana, base temática de tantas y tantas películas.
Otra de las razones por las cuales La guerra de los mundos será recordada es la versión radiofónica con la que, durante el desapacible 30 de octubre de 1938, Orson Welles –veintidós perversos años– y sus muchachos del Mercury Theatre aterrorizaron a los norteamericanos minuto a minuto, convenciendo a toda una sociedad de la realidad de una violenta invasión alienígena.
La película producida por Pal y dirigida por Byron Haskin es el colofón, la versión definitiva de la creación wellsiana, que hace honor a su origen con una fluidez indiscutible.
Las brillantes interpretaciones, las miniaturas y maquetas de Marcel Delgado, los efectos especiales de Gordon Jennings y su equipo, junto a la excelente partitura de Leith Stevens componen un todo cuya estética parece extraída de alguna ilustración de Frank. R. Paul.
De la incontestable modernidad de este clásico da fe el hecho de que fuera revisitado en los años ochenta con el señuelo de una nueva banda sonora.
Haskin fue propulsor de numerosos proyectos que conformaron las señas de identidad de la ciencia-ficción a lo largo de más de dos décadas. Nacido en Oregón en 1899, debutó profesionalmente como caricaturista del San Francisco News y, ya en el campo estrictamente cinematográfico, como ayudante de cámara junto a Louis J. Selznick.
Tras vivir durante unos años en el Reino Unido, regresó a su país, ingresando en 1932 en el departamento de efectos especiales de la Warner Bros.
En su trayectoria como director, siempre se rodeó de los mejores especialistas en la materia.
Entre las películas cuyos efectos especiales se deben a Haskin destacan La vida privada de Elizabeth y Essex (The Private Lives of Elizabeth y Essex, 1939), Camino de Santa Fe (Santa Fe Trail, 1940), El Halcón del Mar (The Sea Hawk, 1940) y Misión en Moscú (Mission to Moscow, 1943), dirigidas todas ellas por Michael Curtiz. Su última película como técnico es Air Force (1944), cinta bélica de Howard Hawks.
Hombres como Haskin propiciaron un paulatino protagonismo del efecto visual en las producciones como arma con que superar a la competencia televisiva.
Director: Byron Haskin
Producción: George Pal.
Guión: Barré Lyndon.
Narrador: Sir Cedric Hardwicke
Reparto: Gene Barry, Ann Robinson
Música: Leith Stevens
Fotografía: George Barnes
Montaje: Everett Douglas
Distribución: Paramount Pictures
Fecha de estreno: 26 de agosto de 1953
Duración: 85 minutos
País productor: Estados Unidos
Idioma: Inglés
283 días atrás
1801 días atrás
350 días atrás
376 días atrás
421 días atrás
2624 días atrás
1558 días atrás
475 días atrás
575 días atrás
580 días atrás
580 días atrás
580 días atrás
580 días atrás













































































