A partir de la novela The Body Snatchers (1955), de Jack Finney, editada por entregas en la Colliers Magazine, Don Siegel rodó en 1956 uno de los clásicos incontestables de la ciencia-ficción.
En la década de los cincuenta, la amenaza extraterrestre fue abordada desde los ángulos más peregrinos, conectando directamente con la sensibilidad social del momento. Por ejemplo, difícilmente posible hubiera sido una cinta como La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion Of Body Stealers, 1956) en un contexto ajeno al de la guerra fría y la caza de brujas desatada por el senador McCarthy.
La acción transcurre en Santa Mira, una tranquila población de California. Un niño asegura que su madre ha sido sustituida por una réplica perfecta.
El doctor Miles Bennell (Kevin McCarthy) comprueba que algunos familiares y amigos de los clientes de su consulta sufren extrañas modificaciones en su comportamiento.
Aunque los casos aumentan, las autoridades no se alarman en lo más mínimo. Bennell y Becky Driscoll (Dana Wynter), su prometida, intuyen que algo grave está ocurriendo. Sus temores se confirman al descubrir que se trata de una invasión alienígena que se está apropiando de los cuerpos de sus conciudadanos.
Aunque Jack Finney insistió en que él nunca pretendió escribir una metáfora política, su director Don Siegel reflejó, a través de la ficción, un estremecedor panorama de aquella paranoia colectiva.
En todo caso, tiene su gracia que los responsables de la obra subrayaran años después un hecho revelador: la crítica y los estudiosos se empeñaron en descubrir simbolismos en los que ellos, los creadores de la novela y la película, nunca repararon.
Los comentarios de Finney "acerca de la primera versión fílmica de Los ladrones de cuerpos (extraídos de una carta que me escribió el 24 de diciembre de 1979) –escribe Stephen King–, también me provocaron una sonrisa a mí. Tal y como tan a menudo demuestran Pauline Kael, Penelope Gilliatt y demás críticos de cine seriotes, no hay nada tan carente de sentido del humor como un importante crítico de cine dispuesto a buscar significados ocultos en obras sencillas (...); es como si dichos críticos sintieran la necesidad de demostrar una y otra vez su capacidad intelectual; son como chavales adolescentes que se sienten obligados a demostrar una y otra vez lo machos que son... quizá ante ellos mismos principalmente. (...) Los mismos cineastas se muestran a menudo encantados de participar en esta grotesca orgía crítica, y es por eso por lo que me entraron ganas de echarme a aplaudir cuando Sam Peckinpah le dio la siguiente respuesta lacónica a un crítico que le había preguntado cuál era el motivo real de que hubiera hecho una película tan violenta como Grupo salvaje: «Me gustan los tiroteos». O eso es lo que dicen que respondió y, si no fuera cierto, amigos, debería serlo" (Danza Macabra, Valdemar, 2006).
Interpretaciones aparte, es verdad que, con esta película, Siegel describe con precisión el terror ante lo extraño, identificando lo esencialmente humano con los sentimientos y con esa pasión de la que carecen los invasores.
El suspense crece en puntos de intensidad y llega a hacerse abrumador, en un clima casi onírico, desde el momento en que el protagonista pierde a su prometida, dándose la paradoja final de que el doctor Bennell es el único extraño y quizá siempre lo ha sido, y su horror es descifrar el secreto de la condición solitaria del hombre en un mundo en el que nadie participa de su misma naturaleza.
Al margen de sus interpretaciones sociológicas, la cinta de Siegel mantiene hoy su frescura, desmintiendo la necesidad de nuevas versiones, sobre todo cuando éstas son de inferior calidad. Con todo, esto es inevitable en una industria que de continuo precisa remozar sus mitos.
Así, en 1969 Gerry Levy dirigió The body stealers, y en 1978 Philip Kauffman rodó su particular versión de la novela de Jack Finney, con un reparto no menos original en el que destacaban Donald Sutherland, Leonard Nimoy y un jovencísimo Jeff Goldblum.
El director Abel Ferrara y el guionista Nicholas St. John diseñaron asimismo un remake de este clásico. Ya en el nuevo siglo, Nicole Kidman y Daniel Craig protagonizaron una desafortunada versión del mismo argumento.
Director: Don Siegel
Producción: Walter Wanger, Daniel Mainwaring, Richard Collins
Reparto: Kevin McCarthy, Dana Wynter, King Donovan, Carolyn Jones, Larry Gates
Música: Carmen Dragon
Fotografía: Ellsworth Fredericks
Distribución: Allied Artists Pictures Corporation
Fecha de estreno: 5 de febrero de 1956
Duración: 80 minutos
País productor: Estados Unidos
Idioma: Inglés
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