En 1932 el cine ofreció una versión fascinante de una de las novelas más populares de H.G. Wells: La isla de las almas perdidas (Island of Lost Souls, 1933), dirigida para la Paramount por Erle C. Kenton.
Se trata de una cinta de tono exótico en la que la fábula del sabio loco recibe un tratamiento sugestivo, abriendose paso entre la desarmante ingenuidad de la mayoría de títulos que integran esta etapa.
Las primeras imágenes de La isla de las almas perdidas nos sitúan en el mar abierto. Cuando se dirige a Apia para casarse, Edward Parker (Richard Arlen), víctima de un naufragio, es recogido por un inquietante buque que porta jaulas en cuyo interior se debaten fieras salvajes.
Arriban a una isla y Parker se ve obligado a aceptar la invitación que le formulan sus dos únicos habitantes, el doctor Moreau (Charles Laughton) y Montgomery (Arthur Hohl), su colaborador.
El joven no tarda en sentirse prisionero en un territorio habitado por los frutos de los experimentos de Moreau; seres que un día fueron animales y que ahora gozan de aspecto humano.
Mientras tanto, Ruth (Leyla Hyams), la prometida de Parker, embarca con rumbo a la isla, deseosa de estar a su lado, desconocedora del horror que la aguarda.
Cómo se hizo
En un principio, mientras la revista The Blue Book Magazine publicaba su novela When Worlds Collide, el escritor Philip Wylie escribió en unión de Waldemar Young la adaptación de la novela La isla del Doctor Moreau de Herbert George Wells por encargo de la Paramount.
Las posibilidades cinematográficas de la novela eran evidentes, y el equipo formado por Wylie y Young logró sacar el máximo partido al texto original, siendo la versión fílmica tan inquietante como su precedente literario.
Sin embargo, a pesar del cuidadoso empeño de los guionistas, el escritor británico se sintió defraudado y, para variar, mostró su descontento al poco de concluir el rodaje.
La capacidad fascinadora de este largometraje es atribuible no sólo a su belleza plástica, sino a la correcta elección de los intérpretes. Junto a la magnífica creación de Charles Laughton, destacan en papeles secundarios personajes como Bela Lugosi, cubierto de vello en el papel del Recitador de la Ley.
Cabe destacar, asimismo, el lúgubre paisaje que se dibuja en la isla, poblada por unos peculiares humanos que más parecen las doloridas ilustraciones de un manual de Teratología.
Se trata un submundo de infinitas posibilidades regido por un demiurgo de las criptociencias, el doctor Moreau; un Pigmalión, un impostor convencido de su divinidad que está condenado de antemano a morir a manos de su propia creación.
Esta moraleja final, por otra parte habitual en el género, se repetirá hasta el infinito en títulos posteriores.
"Obeso, y a pesar de ello elegante –escribe Carlos Nolla–, cruel y despiadado, el doctor Moreau está directamente emparentado con otros clásicos del fantástico. Con el malvado conde Zaroff, también elegante y aristocrático, dueño y señor de una isla donde a su voluntad dirige el dramático juego de la vida y la muerte. Y con el doctor Frankenstein, cuyos experimentos, como los del doctor Moreau, chocan contra los principios de una sociedad que, por ello, les expulsará de su seno, condenándoles a un destierro en el que, enloquecidos, proseguirán sus estudios y experimentos. (...) En contra de la costumbre de la época, el film fue rodado en exteriores naturales, concretamente en Isla Catalina, en la costa de California. Con ello Kenton contaría con uno de los factores más importantes para poder reconstituir el exotismo de ese mundo aparte que constituye La isla de las almas perdidas (...) El film de Kenton constituye, pues, una apasionante cinta que podríamos calificar de ciencia-ficción fantástica dentro de la tipología mitológica del científico loco, que según la muy interesante tesis de Michel Lados no es otra cosa que la versión modernízada del mito de la bruja, urna versión en la que las misteriosas ceremonias de los sabbats y aquelarres celebrados en el claro del bosque han sido sustituidos por el ceremonial de las operaciones y los experimentos realizados en sombríos laboratorios, pero que conserva el mismo espíritu del personaje dotado de poderes o conocimientos superiores que utilizará con fines dañinos para la comunidad que le rodea." (Terror Fantastic, nº 19, abril de 1973)
Director: Erle C. Kenton
Guión: Philip Wylie, Waldemar Young
Reparto: Charles Laughton, Bela Lugosi, Richard Arlen, Leila Hyams, Kathleen Burke
Música: Arthur Johnston, Sigmund Krumgold
Fotografía: Karl Struss
Distribución: Paramount Pictures
Fecha de estreno: 12 de enero de 1933
Duración: 71 min.
País productor: Estados Unidos
Idioma: Inglés
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