En la ciencia-ficción de bajo presupuesto sólo establece los límites la paciencia del espectador. Absolutamente todo es posible, incluso un alienígena con forma de tomate o, en el caso que nos ocupa, un marciano con espíritu de gelatina.
Y es que el protagonista de La masa devoradora (The Blob, 1958), de Irvin S. Yeaworth Jr., es uno de los extraterrestres más desagradables –y viscosos– que este subgénero ha dado a la historia del cine.
Vean qué argumento más simpático. Mientras contempla el cielo estrellado desde su automóvil, una pareja ve caer un meteorito procedente del espacio exterior. Poco después, uno de los habitantes de la zona es atacado por un ser alienígena, sin forma definida, que aumenta de volumen a medida que devora nuevas víctimas.
Cuando la masa viscosa desata el terror entre los ciudadanos, ningún lugar es seguro; el ser ataca igualmente a paseantes aislados que a los espectadores de un cine. Finalmente, tras varios intentos fallidos, la peligrosa criatura es destruida.
El responsable de The Blob, Irvin Yeaworth, estaba especializado en la realización de cortometrajes educativos y religiosos. Yeaworth llevó a término la película en Valley Forge, Pennsylvania, pidiendo ayuda a conocidos y amigos.
Sin duda alguna, La masa devoradora es una de las más populares producciones de bajo presupuesto que se realizaron a lo largo de los años cincuenta. Llegó a tal punto su éxito que originó dos curiosas secuelas: una de tono decididamente paródico, Beware! The Blob (1972), dirigida por Larry Hargman, y otra, El terror no tiene forma (1988), que apunta una interesante reactualización de la historia inicial con la ayuda de las modernas técnicas en materia de efectos especiales.
Películas del estilo de La masa devoradora influyeron de forma decisiva en cineastas como John Landis o Fred Dekker, tributarios de la vertiente más simpática de la serie B. Ver a un casi adolescente Steve McQueen en lucha con su gelatinoso enemigo alienígena quizá pudo estremecer en 1958; hoy provoca una sonrisa cómplice, y también nos reconcilia con un género que supo salvar las dificultades económicas con fuertes dosis de imaginación.
Felizmente, esta película se ha convertido con el tiempo en todo un símbolo de un particular estilo de ver y hacer cine, desterrado durante años a una distribución limitada a salas de programa doble y auto-cines.
Con unos guiones nacidos de la más aleatoria combinación de elementos argumentales, la desmesurada producción de serie B, tan propia de los años cincuenta, aún nos depara continuas sorpresas.
Les propongo dos títulos idóneos para ser vistos junto a La masa devoradora en la misma velada.
En I Married a Monster from Outer Space (1958), Gene Fowler Jr. nos demostraba lo terrible que podía resultar para la atractiva Gloria Talbott descubrir que el cuerpo su marido estaba habitado por un ente alienígena.
Segunda sugerencia: The Alligator People (1959), una rareza en la que Roy del Ruth brindaba la ocasión de comprobar cómo una inyección de “esencia de caimán” puede transformar a un hombre en cocodrilo.
Director: Irvin Yeaworth
Producción: Jack H. Harris
Guión: Irving H. Millgate, Kay Linaker, Theodore Simonson
Reparto: Steve McQueen, Aneta Corsaut, Earl Rowe, Olin Howland
Música: Ralph Carmichael
Fotografía: Thomas E. Spalding
Distribución: Paramount Pictures
Fecha de estreno: 12 de septiembre de 1958
Duración: 86 min.
Idioma: Inglés
Secuela: Beware! The Blob
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