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Mar05222012

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"La noche del demonio" (Jacques Tourneur, 1957)

La noche del demonio

Este clásico del cine fantástico, dirigido por Jacques Tourneur en 1957, es una de las mejores películas de temática demoníaca de todos los tiempos. Pese a ser un film respetado, nunca ha llegado a ser tan famoso como El Exorcista o La Profecía, aunque no tenga nada que envidiar a estos clásicos.

Reflexionando sobre ello, nunca queda claro si esta película se adelantó a su tiempo o, directamente, es única.

En 1957 el terror paranormal no estaba de moda, aunque ese mismo año la productora británica Hammer comenzara su exitosa andadura gótica con La maldición de Frankenstein, de Terence Fisher. El cine americano había cambiado los terrores de ultratumba por coloridas amenazas extraterrestres y mutaciones radiactivas, así que estrenar una cinta en blanco y negro, no ya sobre vampiros u hombres lobo, sino sobre magia negra y demonios –algo escasamente popular hasta finales de los 60– no era algo razonable.

El director franco-estadounidense Jacques Tourneur era lo que se consideraba por entonces "un artesano": un realizador de films de estudio de todo género.

Curiosamente, la mayor parte de los realizadores "artesanos" de entonces exhibían muchísimo más talento que gran parte de los "autores" de hoy en día, y Tourneur es el responsable de obras maestras del cine de aventuras (El halcón y la flecha, La mujer pirata), el western (Wichita), el policíaco (Retorno al pasado) y el fantástico, con dramas paranormales producidos por Val Lewton tan célebres como Yo anduve con un zombi o La mujer pantera.

Maestro de la sugerencia y poseedor de un asombroso talento visual al que no afectaba el presupuesto que tuviera la película, fuera cual fuera, Tourneur era el director perfecto para adaptar a otro genio del terror sin estruendos, el británico M.R. James.

Célebre por sus historias post-góticas de fantasmas, Montague Rhodes James (1862–1936) es uno de los autores con más influencia en el género de terror contemporáneo, siendo considerado como una fuente de inspiración por el mismísimo H.P. Lovecraft.

James introdujo el cuento espectral en un contexto creíble, cotidiano y exento de furias poéticas, con protagonistas generalmente eruditos y racionales –arquitectos, arqueólogos, etc.– que, en sus investigaciones, se encuentran de golpe con fenómenos y entidades sobrenaturales.

Tourneur ya había mostrado un dominio absoluto del equilibrio entre la realidad y la fantasía en anteriores films, pero en La noche del demonio (Night of the Demon / Curse of the Demon) logró crear una muy peculiar atmósfera mágica que domina toda la película, adaptando magistralmente el relato de James La maldición de las runas (Casting the Runes, 1911; publicado en España por la editorial Valdemar en el recopilatorio del autor titulado Corazones Perdidos).

El film se adscribe a la fórmula "escéptico se enfrenta a lo irracional", un tipo de historia que ha generado no pocas películas interesantes –y reivindicables– como En la boca del miedo (John Carpenter, 1995) o Mothman: la última profecía (Mark Pellington, 2002).

Como protagonista, nadie mejor que el sobrio y magnífico Dana Andrews, un intérprete que sabía como pocos expresar simultáneamente fortaleza y vulnerabilidad sin esfuerzo aparente.

El argumento de La noche del demonio es sencillo: el Dr. William Holden (Dana Andrews) es un psiquiatra que acude a Londres a una convención sobre el fenómeno del ocultismo. Al llegar, recibe la noticia de que uno de sus más estimados colegas, el profesor Harrington, ha muerto en un extraño accidente, y todo parece relacionado con un célebre brujo llamado Karswell (Niall MacGinnis), quien estaba enemistado con Harrington a causa de unos artículos en los que el científico le acusaba de fraude.

Holden y la hija de Harrington (Peggy Cummings) investigan la muerte, pese a las advertencias de Karswell, quien acaba por maldecir a Holden con unas runas mágicas a través de las cuales le condena al ataque de una criatura del abismo en pocos días.

La película respira un peculiar fatalismo calmado, ya que el escéptico –y algo arrogante– protagonista cree que todo el tema de las maldiciones son pamplinas, pese a que los extraños sucesos que vive y las palabras de sus amigos y socios indiquen lo contrario.

No hay excesos histéricos por su parte y ni siquiera por parte de Karswell, un villano educadísimo y no especialmente odioso.

Karswell vive en una magnífica mansión con su adorable madre, y recurre a los poderes de las sombras para conseguir éxito y riquezas, pero no es un sádico amante del mal. Trata de persuadir a sus enemigos antes de recurrir a medidas extremas, si bien su ego es algo vulnerable y no lleva muy bien que le falten al respeto.

Al carácter –falsamente– calmado de la película hay que añadirle un peculiar tono mágico, que transmite la sensación de que hay algo oculto en las imágenes, y todo sin necesidad que recurrir a fotogramas subliminales como en El Exorcista.

¿Cómo lo logró Tourneur? No está claro. Quizá a través de lo estilizado de sus imágenes, o acaso el director echó mano de algún tipo de hechizo, quién sabe.

En esa peculiar magia del film influye la idea expuesta en el guión de que los demonios son algo universal y anterior al cristianismo, y el acercamiento que la película hace a distintas facetas de lo oculto: los temores de unos inquietantes campesinos supersticiosos de la Inglaterra profunda, una clásica sesión de espiritismo, una excursión a los megalitos de Stonehenge, la presencia de grimorios, demonios familiares, la explicación esotérica de algunos tradicionales juegos infantiles, música demoníaca multiétnica...

La noche del demonio no es un film que tenga demasiado en cuenta el cristianismo, sino que apela a poderes más antiguos, y de hecho, la solución al problema del protagonista no pasa por agua bendita o rituales católicos, sino por la utilización de la misma magia negra que ha causado el embrollo.

A pesar de que en el largometraje no escasea la actividad paranormal e incluso los sobresaltos –esta película es una de las primeras en recurrir a los sustos del cine de terror contemporáneo, y todavía es efectiva en ese aspecto–, Jacques Tourneur siempre intenta mantener la narración en el terreno de lo ambiguo, y por ello siempre renegó de la imposición que le hicieron los productores, consistente en mostrar en pantalla al demonio ejecutor de la maldición.

Siempre ha habido un debate sobre si la aparición de esta criatura es realmente tan dañina. Quien esto escribe hubiera preferido que el monstruo no apareciera –originalmente se mostraban únicamente cosas como huellas de un ser invisible o nubes ectoplásmicas–, ya que la inseguridad acerca de la naturaleza de estos fenómenos extraños –¿magia, casualidad, paranoia?– acentuaría el misterio y la inquietud de la historia.

En todo caso, el monstruo no aparece demasiado tiempo en pantalla, y tanto su diseño como su ejecución son magníficas teniendo en cuenta la época en la que se realizó la película, además de su modesto presupuesto.

Se trata de un demonio cornudo, de estilo medieval, cuya mirada maligna resulta genuinamente amenazante. Para su creación se utilizó una marioneta bastante más compleja y expresiva de lo que solía verse en el cine de entonces.

Pese a no tratarse de un film de terror extremadamente popular, la influencia de La noche del demonio puede rastrearse en películas posteriores como The Ring (Hideo Nakata, 1998) o, especialmente, Arrástrame al Infierno, una divertidísima adaptación no oficial de la película de Tourneur realizada por el energético y talentoso Sam Raimi en 2009.

Copyright del texto © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

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