La desclasificación de documentos oficiales empieza a demostrar que los OVNIs formaron parte de una maniobra de distracción, destinada a ocultar los nuevos ingenios militares que estaban poniendo en marcha Estados Unidos y la Unión Soviéntica. Al parecer, La Tierra contra los platillos volantes forma parte de esa operación.
El día 24 de junio de 1947, cerca del monte Rainer, el piloto civil Kenneth Arnold se había topado con nueve discos resplandecientes, deslizándose por entre las nubes a una velocidad de 1200 millas por hora.
Esos primeros platillos volantes, publicitados hasta la saciedad por los tabloides –ávidos en cualquier caso de noticias sensacionalistas–, fueron pronto secundados por otros, de tamaño variable y una inaudita capacidad de maniobra, como guiados por una inteligencia brillante, caprichosa... y a veces cruel.
Porque de esta última naturaleza fue el caso sucedido el 7 de enero de 1948, cuando el capitán de escuadrilla Thomas Mantell, piloto de un Mustang P–51, alcanzó los 9.000 metros de altura en persecución de un gigantesco objeto volador y perdió el control de su aparato en el intento, estrellándose en la ilusión de una fantástica cacería.
Oscilaba ya el fenómeno OVNI entre los titulares de portada dominical y el guión cinematográfico cuando, trascendiendo la pasión vibrante en la inmensa mayoría de testigos, el descubridor de Plutón, Clyde Tombaugh, declaró haber observado ocho rectángulos flotantes, con una insólita cualidad de fulgor verde, que no eran sino las escotillas de una gran nave extraterrestre.
El Proyecto Grudge de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas (1949) trató de investigar estos fenómenos, pero fracasó en el empeño... seguramente porque, en el fondo, todo era una operación para encubrir experimentos militares que nada tenían que ver con los extraterrestres.
De hecho, en el mayor de los secretos, la URSS y Estados Unidos experimentaban con naves circulares de despegue vertical.
Sin embargo, el público de La Tierra contra los platillos volantes asistió al estreno convencido de que los OVNIs eran naves del espacio exterior.

El encargado de dar verosimilitud a aquellas astronaves fue un mago de los trucajes, Ray Harryhausen.
Una de las películas menos conocidas por el público actual de aquellas en las que intervino Harryhausen es, seguramente, esta que nos ocupa. Dirigida por Fred F. Sears, debe su guión a Curt Siodmak, quien se inspiró en la novela Flying Suacers From Outer Space de Donald E. Keyhoe.
Protagoniza la película Russell Marvin (Hugh Marlowe), un científico experto en satélites artificiales que en el plazo máximo de dos meses ha de poner en funcionamiento un mecanismo capaz de repeler una invasión extraterrestre.
Los alienígenas le han informado a través de un sistema de ondas sonoras acerca de la destrucción de su planeta y le han desvelado sus intenciones de conquistar la Tierra. Tras múltiples peripecias, un arma ultrasónica será la que proporcione la victoria a los terrestres.
Con la sencillez e ingenuidad previsibles en este tipo de producciones, el rutinario director Fred F. Sears describe los heroicos esfuerzos de militares y científicos americanos para repeler una invasión de platillos volantes que llegará, en el apogeo de su poder destructor, a amenazar el edificio del Capitolio.
Si algo destaca especialmente en esta película –muy representativa de una moda que dio durante la década frutos tan frecuentes como tediosos–, son precisamente los mencionados trucajes de Harryhausen, quien ideó naves y extraterrestres muy fieles a la imaginería puesta en boga por el cómic de la época.
A pesar de sus defectos, The Earth vs. the Flying Saucers desprende un encanto especial, una fresca complicidad con el espectador que hoy en día se echa en falta en cintas que a priori cuentan con unas facilidades de producción mucho más holgadas.
A propósito de esta película, recuerda el especialista Robin Cross una frase inolvidable de su guión: “¡Si ellos aterrizan sobre la capital de nuestra nación sin ser invitados, que no esperen que les recibamos con té y pastas!”.
Director: Fred F. Sears
Producción: Charles H. Schneer, Sam Katzman
Guión: Curt Siodmak, George Worthing Yates, Bernard Gordon
Reparto: Hugh Marlowe, Joan Taylor
Música: Mischa Bakaleinikoff
Fotografía: Fred Jackman Jr.
Montaje: Danny B. Landres
Distribución: Columbia Pictures
Fecha de estreno: 1 de julio de 1956
Duración: 83 min.
Idioma: Inglés
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