Posee una belleza emocionante, un temperamento fogoso y una ambición renovada con fervor. Es María Guadalupe Villalobos y Vélez, nacida en 1908 en San Luis de Potosí, México.
De cortesía y protocolo todo lo ignora. Como en los melodramas, recibe su educación (¿sentimental?) en un convento de San Antonio, Texas. Por abreviar su nombre, tan evocador, se hace llamar Lupe Vélez, y pronto actúa como bailarina. Pero se sabe ya, y hasta sus amigos lo reconocen, que en esta y otras facetas sigue los pasos de su madre, la actriz Josefina Vélez.
Lupe danza en las noches de México para los que saben de pasión. En su estilo habitual, ansía contratos en el país vecino, y no tarda en aproximarse a los teatros californianos, enamorando de paso a sus propietarios. Por supuesto, no son los únicos en caer rendidos ante su hermosura.
Estamos aún en el alborear de la industria del cine, el medio donde más y mejor se van a estimar los méritos de la mexicana. Sus habilidades en la escena le granjean la voluntad de Hal Roach, uno de los más destacados cineastas del momento.
A partir de 1926, Lupe participa en los cortometrajes cómicos de Roach. Muchas cosas van a ocurrir desde entonces.
En esos días dulces y lejanos, Hollywood es un pequeño continente que alberga todos los paisajes, todas las regiones de la imaginación. La aristocracia local, sensible a los encantos de Vélez, decide halagar a la joven con abundancia de deleites.
Mientras tanto, estimulada por el agasajo, ella oscurece al galán Douglas Fairbanks en The gaucho (1927), un filme de aventuras moderadamente absurdo. Con la etiqueta de belleza latina, Lupe no es discreta ni pudorosa, y desafía con descaro a quienes manejan su carrera.
Los proyectos se le amontonan: rueda La melodía del amor (Lady of the pavements, 1929), de David Wark Griffith, Oriente (Where East is East, 1929), de Tod Browning, y The squaw man (1931), de Cecil B. DeMille.
Tres directores, pensará el lector, que definen una filmografía ilustre. Pues bien: hay otra lista de famosos, una lista inconfesable, donde Lupe anota sus antojos y amoríos.
En apoyo de ese juego, la prensa revela sus líos amorosos con Clark Gable, Al Jolson, Tom Mix y Ernest Hemingway. Tanto trasiego tiene el inconveniente de encasillar a la actriz en papeles de mexicana graciosa, enamoradiza y pícara. Por supuesto, aludo a la serie de comedias titulada Mexican Spitfire (La mexicana escupe-fuego), que rueda para la compañía RKO. Desde The girl from Mexico (1939) hasta Mexican Spitfire’s blessed event (1943), esas ocho películas logran confundir fabulación y realidad, haciendo de Lupe un prototipo étnico, adornado con todos los prejuicios imaginables.
Reiterando la oferta, trabaja en largometrajes destinados al mercado hispanohablante, como Oriente y Occidente (1930), de George Melford, Resurrección (1931), de Edwin Carewe, y Hombres en mi vida (1932), de David Selman. Aunque tardíamente, también recorre un tramo de su carrera en México. Allí es donde interpreta La Zandunga (1937), de Fernando de Fuentes, y Naná (1943), de Celestino Gorostiza. Y aún lleva trazas de mejorar su situación en Hollywood cuando un fracaso sentimental (uno más) va a malograr toda esperanza.
Sin aceptar el desamor de Gary Cooper, busca consuelo en brazos de Johnny Weissmüller, bien conocido por su papel de Tarzán. Llegan a contraer matrimonio, pero la unión fracasa en 1938, y para olvidar su amargura, ella reclama otros amantes. Ya es una mujer en soledad a quien nadie parece tomar en serio. En trances de adversidad, la prensa sensacionalista se convierte en árbitro de su vida.
Lupe ya no soporta los embates más rudos. No acierta a distinguir con quién juega. Por eso, como cumple a una estrella, planea una elegante despedida. Llama a su maquillador y a su peluquero para estar más hermosa que nunca y después, con más sosiego, decora con orquídeas el dormitorio. Tendida sobre su lecho, por puro pasatiempo nada más, alisa las sábanas de seda y, quizá reanudando antiguos sueños, vacía un frasco de narcóticos.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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