Misterio en la isla de los monstruos, con un guión escrito por Joaquín Grau, Juan Piquer y Ron Gadman, inspirado en la novela Escuela de robinsones de Julio Verne, es una de las obras más atractivas de la filmografía de Piquer.
Durante los años setenta, se dio en el cine español la circunstancia de que algunos realizadores cuya trayectoria era el contrapunto de la frivolidad, cedieron a criterios comerciales y rodaron alguna cinta de género, siguiendo el patrón marcado por italianos y franceses.
En esta línea, Juan Antonio Bardem, justo es decirlo, realizó un estimable acercamiento al universo de Julio Verne en La isla misteriosa (1972), con Omar Shariff en el papel de Capitán Nemo.
Esta coproducción hispanofrancesa se aleja de la versión realizada por Cy Endfield –no contaba Bardem con una baza como Harryhausen– para buscar su esencia en esa variedad de aventura exótica tan apreciada en la Europa en los sesenta.
Por su parte, Juan Piquer, con películas como Viaje al centro de la Tierra (1977) y Slugs, muerte viscosa (1987), se perfila como el único especialista con que el género cuenta en nuestro país.
Quizá su obra más feliz sea Misterio en la isla de los monstruos (1980). El personaje central, Jeff Morgan (Ian Serra), es el valiente sobrino del potentado William Kolderup (Peter Cushing).
El joven deja a su novia Meg y a su tío en San Francisco y en compañía de un profesor de música, Artelett (David Hatton), se embarca en busca de aventuras. Unas extrañas criaturas atacarán el barco obligando a los amigos a nadar hasta una isla cercana, propiedad del millonario Kolderup ganada en subasta a un tal Taskinar (Terence Stamp).
Las aventuras se suceden en la isla de forma vertiginosa, ataques de bestias prehistóricas y todo tipo de peligros pondrán a prueba el temple de Jeff y Artelett.
El propio Kolderup hace aparición en el último momento y le descubre a su sobrino que todo en la isla es un montaje, una farsa con la que darle una lección.
Como no podía ser de otra manera, el siniestro Taskinar pretenderá en el último momento amargar la victoria a los héroes, pero éste será justamente derrotado.
En palabras de Narcis Ribot, Piquer “ha conseguido lo que se proponía, una cinta sin grandes pretensiones, divertida y entretenida para todos los públicos –normalmente las películas sin pretensiones hechas con oficio, como la que nos ocupa, logran más punch entre los espectadores que no las pretenciosas–. El guión rebosa vitalidad e imaginación, desviandose muchas veces hacia un recomendable humor –canalizado en ocasiones sobre un simpático mono–. En fin, una película recomendable para todos los públicos, que hubiera hecho feliz a Julio Verne”.
Posteriormente, Piquer realiza La grieta (1991), una brillante peripecia submarina que evidencia el oficio y las posibilidades comerciales de este director español.
La aventura se sitúa en la frontera del fondo del océano, cuyas simas han sugerido una moda de películas como Abyss (1989), Profundidad Seis (Deepstar Six, 1989) y Leviathan, el demonio del abismo (Leviathan, 1989).
En La grieta el guión es ágil, los intérpretes actúan con convicción y los efectos especiales están cuidados al máximo, logrando una experiencia insólita en nuestro cine, cuya tradición en el género es más bien escasa.
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