La Metro-Goldwyn-Mayer estrenó en 1956 una de las producciones más ambiciosas de la década: Planeta prohibido (Forbidden Planet). Esta vez, el cine de ciencia-ficción se beneficiaba de dos inesperadas aportaciones: el teatro de Shakespeare y el psicoanálisis.
El argumento propuesto por la película se ambienta en el planeta Altair IV, donde vive el doctor Morbius (Walter Pidgeon) vive junto a su bella hija Altaira (Anne Francis) y “Robby”, un fiel sirviente mecánico.
Ellos son los únicos supervivientes de la antigua colonia, cuyos componentes fueron asesinados por una presencia invisible.
Llega entonces a Altair IV una expedición al mando del comandante Adams (Leslie Nielsen) con la misión de investigar el inaudito exterminio. Morbius desarrolla una investigación arqueológica en la que trata de averiguar todo lo posible acerca de los antiguos pobladores del planeta, los Krel.
Durante la noche los tripulantes del crucero estelar tienen ocasión de comprobar el poder de un poderoso adversario, cuya relación con Morbius es más estrecha de lo que en un primer momento podrían pensar.
Durante mucho tiempo Planeta prohibido fue considerada una de las cotas del cine de ciencia-ficción. Sólo tras la llegada de Stanley Kubrick perdió esta película parte de un prestigio, aún más explicable si se tiene en cuenta la mediocridad argumental de la mayoría de las producciones de ciencia-ficción de su tiempo.
Frente a esas cintas de una baratura casi inconcebible, con su catálogo de seres de disparatada morfología en eterna lucha con héroes de un solo gesto, Planeta prohibido contaba con dos bazas incontestables: un guión sólido, lejanamente inspirado en La tempestad de Shakespeare, y un soberbio plantel de especialistas en diseño artístico y efectos visuales.
La otra cara de la moneda la puso su director, Fred McLeod Wilcox, un realizador carente de estilo, buen artesano pero incapaz de audacia alguna.
Lejos de aprovechar las posibilidades de los exuberantes decorados con una realización matizada, McLeod se vio desplazado por los otros miembros del equipo técnico, y a duras penas bordeó ese riesgo connatural al género: el triunfo del lenguaje del efecto visual sobre el propio lenguaje cinematográfico.
Con todo, los aciertos de la película refulgen con tal intensidad que resulta sencillo perdonar la totalidad de los desaciertos.
El guión Cyril Hume explora los diversos niveles de la metáfora del aprendiz de brujo, el sabio que perece víctima de unas potencias imposibles de controlar. Tanto en el nivel puramente ficticio como en el que podríamos denominar simbólico –lectura psicoanalítica incluida–, el personaje del doctor Morbius es, sin duda, el hallazgo más feliz de la película.
Ahora bien, no sólo es literario el mérito de Planeta prohibido. También la fértil imaginación de los Barron a la hora de componer la música y los sonidos que ambientan la atmósfera de Altair–4 y la pericia de Arnold Gillespie y los suyos moviendo los hilos de cada efecto especial logran que esta película sea especialmente memorable.
Del mismo modo, es inevitable recordar en este punto a “Robby”, figura de robot con inteligencia y simpatía, artilugio precursor de una ubérrima escuela de androides de la más variada calaña.
“Robby” protagonizó años más tarde dos episodios de la teleserie de Rod Serling En los límites de la realidad: Uncle Simon (1963), de Don Siegel, y The Brain Center At Whipple's (1964), dirigido por Richard Donner, responsable años después de éxitos como Superman (1978). Asimismo, el simpático robot intervino en un largometraje, The Invisible Boy (1957), junto al actor Richard Eyer, y en un episodio de Colombo (Columbo).
Una de sus últimas apariciones tuvo lugar en Gremlins, de Joe Dante.
"Planeta prohibido –escribe Carlos Nolla–, sin excluirse totalmente de lo que se denomina despectivamente western espacial, ofrece unos valores que sitúan a esta cinta muy por encima del mediocre nivel general que caracteriza la producción de films sf. Estos valores son, por una parte, la idea central de la narración de Alan Adler e Irving Block (adaptada por el guionista Cyril Hume) y que está inspirada en la obra de Shakespeare «The tempest», Y, por otra parte, la ambientación, los efectos especiales y dos factores, el color y la música (o más correctamente en este caso, los sonidos), que son básicos para un film de ciencia-ficción." (Terror Fantastic, nº 8, mayo de 1972)
Director: Fred M. Wilcox
Producción: Nicholas Nayfack
Guión: Cyril Hume, Irving Block, Allen Adler
Reparto: Walter Pidgeon, Leslie Nielsen, Anne Francis
Música: Louis y Bebe Barron
Fotografía: George J. Folsey
Montaje: Ferris Webster
Distribución: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)
Fecha de estreno: 1 de abril de 1956
Duración: 98 minutos
País productor: Estados Unidos
Idioma: Inglés
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