En Hollywood, la crisis de originalidad de la segunda mitad de los ochenta se vio atenuada por savia nueva importada de Europa, con creadores tan atrayentes como Paul Verhoeven.
Robocop (1987), la incursión de Verhoeven en el cine americano, dibuja un futuro en el que los Estados Unidos sufren una ola de crímenes. Una de las ciudades más afectadas es Detroit.
La empresa Productos Omniconsumidor se dispone acabar con el núcleo de Motown para sacar adelante un proyecto urbano llamado Delta City. Mientras tanto, los agentes Murphy (Peter Weller) y Lewis (Nancy Allen) sufren en Motown el ataque de Clarence (Kutwood Smith) y su grupo de asesinos.
Murphy es salvajemente tiroteado y Morton (Miguel Ferrer), el jefe de la Security Concepts utiliza al moribundo policía para iniciar el programa Robocop. Aplicando la tecnología más avanzada, el equipo de Morton convierte a Murphy en un cyborg excepcionalmente dotado para combatir el crimen.
Esta idea se le ocurrió a Edward Neumeier viendo un póster de Blade Runner. Cuando le comentaron el argumento, él pensó que no sería mala idea que el replicante y el agende del orden fueran combinados en un mismo personaje.
La historia del cyborg –ser mitad máquina-mitad ser humano– cuenta con numerosos antecedentes, pero su actual concepción procede de una novela de Martin Caidin, Cyborg, cuyos derechos adquirió la ABC-TV para producir uno de sus mayores éxitos durante los setenta: The Six Million Dollar Man.
Tampoco el cómic desaprovechó el filón del hombre biónico; personajes como Deathlok dan testimonio de cómo el desarrollo de la cibernética al servicio de la medicina influyó en aquella generación de creadores.
Poco más de una década más tarde se puso en marcha un proyecto en el que habrían de recogerse influencias tanto de esa fuente literaria como del cómic (en particular, los productores se fijaron en las historietas de Rom y el Juez Dredd).
Robocop no es sólo una aventura de anticipación –bastante verosímil, por cierto–; también supone una lúcida reflexión sobre las consecuencias a las que puede conducir la perversión de las reglas del capitalismo.
El uso que de las fuerzas de orden público hace esa hipotética oligarquía dominante en el futuro es casi tan estremecedor como la actuación de los propios delincuentes.
El holandés Paul Verhoeven –tan cercano al exceso en títulos anteriores de su filmografía– hace gala de un envidiable vigor tras las cámaras; con su personal concepción de la narrativa cinematográfica sugiere un universo vitalista, intenso, poblado por seres que oscilan entre el fanatismo y la vesania.
Murphy, el protagonista, es un policía soñador y positivo, esforzado en acabar con una maldad que impregna al propio sistema.
Su muerte e involuntaria transformación en máquina serán sólo un paso previo para redescubrir sus sentimientos en estado puro. El policía pasa de un confuso estado eidético, en el que proyecta sus impresiones recientes, a la definitiva autoconciencia.
Robocop conoció varias secuelas: Robocop II, con guión de un joven Frank Miller, definido por esos días como el niño terrible del cómic moderno, y Robocop III (1993), dirigida por Fred Dekker.
Director: Paul Verhoeven
Producción: Jon Davison
Guión: Edward Neumeier, Michael Miner
Reparto: Peter Weller, Nancy Allen, Dan O'Herlihy, Ronny Cox, Kurtwood Smith, Miguel Ferrer
Música: Basil Poledouris
Fotografía: Sol Negrin, Jost Vacano
Montaje: Frank J. Urioste
Distribución: Orion Pictures
Fecha de estreno: 17 de julio de 1987
Duración: 103 minutos
País productor: Estados Unidos
Idioma: Inglés
Secuela: RoboCop 2
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