Es muy interesante la ilustración que Norman Jewison propone para el siglo XXI en Rollerball (1975). No en vano, el argumento reposa en la idea de un futuro en el que adquiere importancia un pasatiempo bastante perverso.
Según se plantea en la película, el mundo del año 2018 está separado en distintos estratos controlados por compañías.
Para evitar el descontento de la población, las compañías han ideado un juego llamado rollerball, una extraña mezcla de carrera de patinadores, hockey y competición de motocicletas.
No existen reglas rígidas y se permite incluso el asesinato de los oponentes.
Un veterano de este deporte, Jonathan E. (James Caan), recibe una suculenta oferta: el Área Ejecutiva le proporcionará todo cuanto desee si acepta retirarse. No interesa que el juego cree estrellas; su verdadero fin es demostrar que todos los hombres son intercambiables.
Cuando Jonathan rechaza la proposición, los ejecutivos deciden endurecer las reglas del juego para acabar con él.
El núcleo argumental de Rollerball no está tan alejado de la realidad como sería deseable. La violencia de la guerra es sustituida por otro tipo de agresividad –en apariencia lúdica–, esta vez normatizada y convertida en juego.
El cuento Roller Ball Murder, que William Harrison escribe años atrás en Esquire, y en el cual se inspira la película, se acerca a un neo–deporte que sublima lo peor del fútbol americano y el hockey sobre hielo: el rollerball.
Aunque la función de este tipo de espectáculos es liberar la violencia reprimida por los espectadores durante el tiempo que dura el encuentro, la gran paradoja es que, lejos de funcionar como un mecanismo desinhibitorio de la agresividad, estimulan aún en mayor grado la adrenalina del público.
La sociedad que tan certeramente retrata Jewison en su película ha alcanzado un grado de bienestar absoluto porque el Sistema ha decidido intervenir en todos y cada uno de los elementos que integran su estructura.
El rollerball no deja de ser un nudo más en esa red cosificadora que acaba por anular toda tendencia diferenciadora, toda reivindicación individualista. Allá donde llega el orden impuesto por las Compañías, es encarcelada la imaginación y asfixiado el personalismo.
El director declaró a este respecto que Rollerball pretende ser “una especie de advertencia sobre el rumbo que puede tomar la vida en general, dada la progresiva importancia que van cobrando las multinacionales, más grandes y poderosas que las propias naciones”.
Ayudado por la excelente labor de Harrison en el guión y gracias a los méritos de los técnicos –a destacar la habilidad del director de fotografía, Douglas Slocombe– y de un formidable cuadro de actores, Jewison alcanza con Rollerball el loable propósito de aunar reflexión y brillante espectáculo.
Director: Norman Jewison
Producción: Hal B. Wallis, Norman Jewison, Patrick Palmer
Guión: William Harrison
Reparto: James Caan, John Houseman, Maud Adams, John Beck, Moses Gunn
Música: André Previn, Dmitri Shostakovich, Johann Sebastian Bach, Pyotr Ilyich Tchaikovsky
Fotografía: Douglas Slocombe
Montaje: Antony Gibbs
Distribución: United Artists
Fecha de estreno: 25 de junio de 1975
Duración: 129 min.
País productor: Estados Unidos
Idioma: Inglés
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