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Mar05222012

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Teoría e historia del doblaje - Consolidación del doblaje

Índice de Artículos
Teoría e historia del doblaje
Interpretación y sincronización
El doblaje, ¿un arte?
Impostación, lectura y respiración
El actor de doblaje como intérprete
El proceso de doblaje
Modalidades del doblaje
Orígenes del doblaje
Consolidación del doblaje
Todas las páginas

Consolidación del doblaje

Los comienzos del doblaje en el continente fueron guiados por la industria americana en los años veinte. Fue en París donde se coordinaron los primeros doblajes en castellano. Con ello se apagó para siempre la voz del explicador, que a decir verdad ya había comenzado a ahogarse en los años diez. ¿Las razones? Una mayor presencia de los rótulos debida al paulatino aumento del nivel cultural del espectador.

En los años treinta se instalaron los primeros estudios de doblaje en España: T.R.E.C.E (1932) en Barcelona y Fono España (1933) en Madrid. Al igual que sucedió con el paso del cine mudo al sonoro, las primeras realizaciones de estos estudios fueron objeto de polémica. Así, desde la prensa especializada se defendió la versión original, denostando las nuevas voces “engoladas” y “postizas”.

En contraste, otro sector de la prensa, y sobre todo del público, fue aceptando el doblaje de buen grado.

De todas formas, estos primeros ensayos no consiguieron una calidad técnica que les asegurase un futuro prometedor. En los años cuarenta, algunos estudios consideraban el doblaje como una actividad secundaria. Uno de los principales problemas de los estudios era, precisamente, el hallazgo de voces, no sólo bonitas o agradables, sino que pudieran matizar, y sobre todo, supieran interpretar. Los intérpretes del radioteatro y las radionovelas se convirtieron en aspirantes idóneos.

Durante esa década, el actor o actriz de doblaje trabajaba con un método que hoy está prácticamente desterrado. El ensayo era la pieza clave para el doblaje de una escena. Me refiero a un ensayo que conducía a la memorización total de los diálogos, respetando las pausas y mirando únicamente a la pantalla. La razón era técnica: las tomas de sonido se registraban en material fotográfico. Por consiguiente, un fallo en un take era sumamente costoso en términos económicos. Hasta el año 1952, fecha en que se impuso el sonido magnético, el posible error fue una auténtica pesadilla para los dobladores.

Aunque los años cincuenta son considerados la época dorada de nuestro doblaje, a fines de los años cuarenta el doblaje español ya estaba en su máximo esplendor.

¿Quién no recuerda Lo que el viento se llevó (1939)? ¿ A quién no le viene a la cabeza esa voz tan característica de Clark Gable? La voz en castellano pertenecía a Rafael Luis Calvo. Junto con José María Ovies (la voz de Groucho Marx, James Mason y Spencer Tracy) y Elsa Fábregas (Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó) crearon lo que se ha denominado el estilo Metro.

El nombre surgió por los propios intereses de la Metro Goldwyn Mayer. Su política de acción consistió en la creación de estudios de doblaje en las principales ciudades europeas, estableciéndose en Madrid en el año 1933.

Sus cuidados doblajes, su técnica tan depurada, y sobre todo, la alta calidad en la elección de voces, hicieron de sus estudios un referente en el panorama del doblaje nacional, con un elenco que cautivaba al gran público al mismo tiempo que a las productoras y distribuidoras.

La Metro llevó a cabo la misma operación en otros países hispanohablantes. Los primeros dobladores mexicanos recibieron formación técnica en Nueva York, dentro de un equipo encabezado por Carlos Montalbán, el hermano del actor Ricardo Montalbán. Luz que agoniza (Gas Light, 1944) fue la primera cinta doblada en México. Los excelentes actores involucrados en esa labor fueron Blanca Estela Pavón, Guillermo Portillo Acosta y Víctor Alcocer.

El asentamiento del doblaje español en los años cincuenta, aparte de familiarizarnos con un conjunto de voces y de dotar de una mayor calidad artística a cada película, trajo consigo un fenómeno singular. Me refiero a los “redoblajes”, es decir al nuevo doblaje con las voces consolidadas, de películas que anteriormente ya habían sido adaptadas.

La aparición del “redoblaje”, que ahora se practica con mucho menor acierto, trajo en su época muchos temas al debate: la simple mejora del sonido, la existencia de deteriorados doblajes antiguos, la venta de los derechos e incluso la censura cinematográfica.

El régimen franquista debía supervisar los mensajes que se podían hallar en las películas, y era lógico que un “redoblaje” viniese acompañado de censura ideológica. Por otro lado, era un vehículo extraordinario para el impulso del idioma español dentro de nuestras propias fronteras.

El siguiente boom en la historia de nuestro doblaje debemos buscarlo en los años setenta, cuando la proliferación de series en la televisión y el fenómeno del telefilm hicieron florecer nuevos estudios.

Barcelona ostentó en esta década la capitalidad del doblaje español. Allí se dio un fenómeno que afectó a Madrid en menor medida: la existencia de voces en exclusiva para determinados estudios.

La técnica que se empleaba ya no era la memorística. Se institucionalizó lo que se conoce como “doblaje por ritmo”. Es decir, la sincronización a la par que la lectura. Este hecho propició una mayor rapidez en el trabajo. Pero eso acarreó que, en determinadas ocasiones, la cantidad primase sobre la calidad.

El problema fue a peor en los años ochenta, con la explosión del video y el nacimiento de las nuevas cadenas televisivas. No creo estar muy equivocada si califico a este momento como “la era de la industrialización del doblaje”.

La crisis estalló en los años noventa por la conjunción de diversos factores. Por un lado, la competencia salvaje entre empresas fue mala desde el punto de vista artístico e industrial. Por otro lado, las reposiciones se emitieron en la pequeña pantalla y se distribuyeron en los videoclubs sin la necesidad de volver a ser dobladas. La propia programación televisiva agravó la crisis con el éxito de formatos que no requerían la presencia de dobladores.

No puedo predecir el futuro del doblaje. Se trata de un sector que cuenta en España con grandes profesionales, pero eso no impedirá los altibajos. Creo también que el cine doblado está fuertemente enraizado entre el público español, por mucho que aumente la demanda de versiones originales.

Ante un porvenir tan abierto, no me queda otra cosa que elogiar a los dobladores y a los profesores de doblaje, empeñados en un quehacer que, como todo en el cine, tiene esa doble faceta industrial y artística.

Espero, asimismo, que estas líneas animen a los lectores a profundizar en la materia. Con ese fin, les recomiendo un libro de Cristián Caballero, Cómo educar la voz hablada y cantada, y los principales estudios de Alejandro Ávila: La historia del doblaje cinematográfico, El doblaje y La censura del doblaje cinematográfico.

Copyright del texto © Nuria Álvarez Macías. Reservados todos los derechos.
Copyright de las fotografías del documental "Voces en imágenes" © Verité de Cinematografía. Cortesía de Alfonso S. Suárez. Reservados todos los derechos.



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